Me tiemblan las piernas y me tambaleo hacia adelante; el corazón se me detiene. No obstante, mi
dramática aparición y mi grito ahogado de sorpresa no parecen inmutarla. Continúa con la mirada
abstraída, y ni siquiera me mira. Está como hechizada, y de no ser por las recientes palabras y las
reacciones de Pedro y de John respecto a esa mujer, pensaría que no sólo está colada por mí, sino que
está obsesionada de un modo enfermizo.
Mi cerebro tarda mucho tiempo en asimilar que debería salir corriendo, pero cuando empiezo a
retroceder lentamente, ella me mira. Parece consumida, no la mujer alegre y fresca de ojos brillantes a
la que estoy acostumbrada. Han pasado sólo unas horas desde que me reuní con ella, pero es como si
hubiesen pasado años.
—No te molestes —dice en un tono frío y cargado de odio. Entonces descarto todos mis
pensamientos acerca de que esa mujer pudiese estar colada por mí. Ahora sé, sin ninguna duda, que lo
más probable es que me deteste—. El ascensor no funcionará, y Charlie te detendrá en la escalera.
Por muy perpleja que esté, entiendo esas palabras perfectamente. Y entonces recuerdo a Charlie
vestido con el traje... y la grabación de las cámaras de seguridad del bar de la noche en que me
drogaron. Incluso consigo formularme la lógica pregunta de cómo coño ha conseguido entrar en el
ático y, especialmente, en el despacho de Pedro.
Me muestra un puñado de llaves.
—Él me lo puso demasiado fácil. —Las tira sobre la mesa de Pedro y mis ojos las siguen hasta
que caen y dejan de moverse. No las reconozco, pero no soy tan idiota como para preguntarme para
qué son—. La estupidez de tu marido y la desesperada necesidad de mi amante por complacerme me
han hecho esto casi aburrido. —Se vuelve de nuevo hacia la pared. La pared de Paula—. Creo que está
un poquito obsesionado contigo.
Me quedo en el sitio, barajando mis opciones. No tengo ninguna. No hay escapatoria, y nadie
vendrá a rescatarme. Con el nuevo conserje haciendo guardia, estoy del todo indefensa.
Se acerca a la pared y toca con la punta del dedo una parte escrita por Pedro.
—¿«Mi corazón empezó a latir de nuevo»? —Se echa a reír. Es una risa fría y siniestra que no
hace sino aumentar mi ya intensa ansiedad—. Pedro Alfonso, el detestable capullo que usaba a las
mujeres como objetos está enamorado, casado, y ahora espera mellizos. Qué ideal.
Sé que dice esto último con sarcasmo. Se trata de otra antigua amante despechada, pero ésta a un
nivel completamente diferente. Lo odia. Y, por extensión, a mí también. Esas palabras, junto con la
manera en que acaba de volverse para mirar mi vientre, me indican que también odia a las criaturas
que llevo en mi seno. Mi miedo acaba de alcanzar niveles desorbitados, y no me cabe ninguna duda de
que tanto yo como mis hijos corremos un grave peligro.
Veo que ella se mueve, pero no me doy cuenta de que yo también lo hago. Aunque no lo
suficientemente de prisa, porque la tengo delante de mí en cuestión de segundos, y ahora me acaricia
la barriga con aire pensativo.
Después retira la mano y me propina un puñetazo. Grito y mi cuerpo se dobla para protegerse. Me
cubro el vientre con los brazos en un intento de resguardar a mis pequeños. Ella también está gritando,
y me saca de los pelos del despacho de Pedro al inmenso espacio diáfano del ático.
—¡Deberías haberlo dejado! —chilla tirándome al suelo y pegándome patadas.
El dolor se apodera de mi cuerpo y las lágrimas comienzan a brotar de mis ojos. Si lograra
superar el dolor y la sorpresa, creo que podría reunir fuerzas para hallar mi ira. Está intentando matar
a nuestros hijos.
—¿Qué tiene ese cerdo inmoral que te tiene tan enganchada, zorra patética? —Me levanta de un
tirón y empieza a abofetearme, pero ni todo el dolor del mundo hará que aparte los brazos de mi
vientre. Nada lo hará. Ni siquiera la necesidad que siento de devolverle los golpes. Incluso llevo
todavía el teléfono en la mano, aunque no voy a arriesgarme a proporcionarle acceso a mi barriga.
Mi cerebro sobrecargado intenta guiarme con urgencia, darme alguna instrucción, pero en lo
único que puedo pensar es en aceptar su enajenación y en rezar para que los tres salgamos sanos y
salvos de ésta. Si alguna vez he pensado que estaba en el infierno, me equivocaba. Éste es el nivel más
bajo del inframundo.
Me propina un puñetazo en el antebrazo con un furioso grito frenético y mi cuerpo se dobla
gritando de miedo y de dolor. No voy a salir de ésta. Estoy muy lejos de estar muerta, pero a través de
mi visión borrosa, su mirada me dice que no se detendrá hasta que lo esté. Está loca. Completamente
trastornada. ¿Qué coño le hizo a esta mujer?
La puerta de entrada se abre de repente y al instante desaparece de delante de mí. Me esfuerzo
por volverme, agarrándome todavía el vientre y llorando de dolor. La veo desaparecer por la cocina y
entonces ante mis ojos húmedos aparece Pedro. Todo su cuerpo se agita violentamente. Ha subido por
la escalera, y tiene el puño visiblemente hinchado. Inspecciona mi cuerpo con ojos frenéticos. Tiene la
frente empapada en sudor, y su rostro es una mezcla de puro terror y de auténtica cólera. Le lleva unos
instantes recuperarse y veo que no sabe si atenderme o ir tras la loca que ha asaltado nuestra casa. No
puedo hablar, pero le grito mentalmente que haga lo segundo. Un sollozo ahogado escapa de mi boca,
haciéndolo temblar más todavía y correr a toda prisa hacia la cocina. Mis pies se ponen en marcha en
un acto reflejo y lo sigo sin saber si hago bien o mal. Ahora todos mis temores se centran en él.
Me detengo súbitamente al ver a Pedro en medio de la estancia, y al instante ubico a Ruth al otro
lado de la isleta. Formamos un triángulo perfecto. Todos respiramos agitadamente y nos lanzamos
miradas, pero ella es la única que lleva un cuchillo en las manos. Dejo caer el teléfono y éste arma un
estrépito al golpear el suelo, pero no consigue distraer su atención. El enorme cuchillo resplandece
mientras lo gira casualmente. Apunta en mi dirección, pero la imagen de la afilada hoja de metal no
sólo alimenta mi miedo, sino que también hace que mis ojos se dirijan horrorizados al abdomen de
Pedro.
—Dios mío —susurro en un tono tan bajo que sé que nadie me ha oído.
Dijo que había sido en un accidente de tráfico. Eso fue lo que dijo. Busco en mi cerebro
intentando recordar las palabras exactas pero no las encuentro porque no están ahí. Lo que sí que está
es la silenciosa conclusión a la que yo misma llegué. Me equivoqué tremendamente al suponer
aquello, aunque dudo mucho que me hubiera contado la auténtica razón, la razón que está de pie ante
nosotros en estos momentos, jugando amenazadoramente con un cuchillo, y sé que está dispuesta a
usarlo. Creo que jamás podría enfrentarme a nada más aterrador. Ahora los cuatro corremos peligro.
—Me alegro de verte, Pedro —espeta mientras equilibra la postura separando un poco más los
pies.
Se está preparando para atacar.
—Pues yo a ti no —jadea él—. ¿Qué haces aquí?
Ella sonríe fríamente.
—Me contentaba con dejar que te revolcaras en la miseria, que consumieras tu vida intentando
llenar el vacío que tú mismo creaste con tus estúpidas aventuras, pero has cometido el error de
enamorarte. No puedo permitir que disfrutes de la felicidad cuando tú destruiste la mía.
—He pagado con creces mis errores, Lauren. —El nombre con el que se dirige a Ruth hace que
aparte la vista de inmediato de la hoja brillante y la dirija al rostro sudoroso de Pedro. ¿Lauren?—. Me
merezco esto. —Es casi un ruego, y al oírlo se me parte el alma.
Está intentando convencerse a sí mismo de que me merece, y el hecho de que esté buscando la
aprobación de esa chiflada hace que me olvide por un instante del tremendo dolor de barriga y de lo
mucho que me escuece la cara. La ira me corroe.
—No, no te lo mereces. Tú me arrebataste la felicidad, y yo voy a arrebatarte la tuya. —Sacude el
cuchillo en mi dirección y Pedro se revuelve, nervioso. Me mira un instante con sus pesarosos ojos
verdes y luego vuelve a centrarse en Ruth, o Lauren, o como se llame.
—Yo no te arrebaté la felicidad.
—¡Sí lo hiciste! —chilla ella—. ¡Te casaste conmigo y luego me abandonaste!
Dejo escapar un grito ahogado y miro a Pedro. Se está mordiendo el labio y su mirada oscila
constantemente entre mi persona y... ¿su ex mujer? ¿Estuvo casado? Siento que me ahogo y mi mente
empieza a dar vueltas intentando asimilar sin éxito lo que acabo de oír.
Ruth me mira y al instante cambia su expresión furiosa y empieza a sonreír.
—¿No lo sabías? Vaya, menuda sorpresa. Puede que eso explique entonces por qué insistías en
seguir a su lado.
Su petulancia, unida a la desesperación de Pedro, me deja del todo paralizada.
—Nada puede separarnos —digo.
Mis palabras atraviesan el aire y le borran la sonrisa de la cara, pero también hacen que Pedro se
ponga más tenso todavía. Mantengo su mirada cautelosa y ésta me dice que no debería haber dicho
eso. Empiezo a sacudir la cabeza suavemente y mi labio inferior comienza a temblar. La sensación de
mi palma acariciándome la barriga me resulta reconfortante, pero la expresión dibujada en el rostro de
mi marido, no. Aparta los ojos de los míos, los centra en mi vientre y una oleada de desesperación
recorre lentamente su semblante.
—Lo siento muchísimo —susurra—. Debería habértelo contado.
Desde luego se ha dejado la peor de las sorpresas para el final, pero no me importa. Lo digo en
serio. Nada podrá separarnos.
—Da igual —le aseguro, pero veo que el derrotismo se está apoderando de él.
—Da igual —espeta Ruth, y nuestra atención vuelve a centrarse de nuevo en el cuchillo que está
blandiendo la zorra psicópata que ha irrumpido en nuestras vidas—. No sabe nada, ¿verdad?
Espero que esté equivocada. Espero que Pedro asienta y le diga que lo sé todo: lo de La Mansión,
lo de la bebida, y ahora lo de ella..., todo. No obstante, empieza a negar con la cabeza, lo que
cuadruplica mi inseguridad.
—¿No sabe lo de nuestra hija? —La habitación comienza a dar vueltas, y Pedro hace ademán de
moverse—. ¡Quieto! —chilla Ruth al tiempo que sacude el cuchillo en su dirección.
—Paula... —Necesita desesperadamente llegar hasta mí. Sé que me estoy tambaleando en el sitio
mientras trato de asimilar toda esta información, y lo está matando hallarse retenido, aunque no sea
físicamente. Sabe que no puede moverse porque entonces ella vendrá a por mí. ¿Tiene una hija? Mi
vida está terminando aquí y ahora. Ésta es la gota que colma el vaso de todas las sorpresas de este
hombre. Está intentando compensar su falta de implicación en su vida.
—Sí, nos casamos y me abandonó estando preñada —espeta ella.
—Me obligaron a casarme contigo porque estabas embarazada. No te quería, y lo sabes.
Teníamos diecisiete años, Lauren. Nos acostamos una vez —dice con voz rota e insegura, como si
estuviera intentando convencerse a sí mismo de que hizo lo correcto.
—¡No culpes a tus padres de tu decisión! —exclama, furibunda de nuevo, mientras agita las
manos de manera incontrolada.
—Estaba tratando de enmendar mis errores. Estaba intentando hacerlos felices.
La cocina sigue dando vueltas a gran velocidad mientras trato de encajar lo que estoy oyendo. No
entiendo nada, y menos ahora, en esta situación tan peligrosa. Sin embargo, a través de mi confusión y
mi estado de alarma, soy consciente de la importancia de mantenerme a salvo. Tengo que salir de
aquí. Empiezo a retroceder con la esperanza de que su atención y su ira sigan centradas en Pedro
mientras trato de huir. Sé que su intención es acabar conmigo, no con él. Quiere castigarlo, y pretende
hacerlo obligándolo a vivir sin mí. Lo tiene todo planeado, y yo también.
—¡No te muevas! —chilla, y me detengo sobre mis pasos—. Ni se te OCURRA intentar
marcharte porque le clavaré este cuchillo antes de que consigas llegar a la puerta. —Esa amenaza
frustra mi plan por completo. La sola idea de que le haga daño a Pedro me resulta insoportable, incluso
a pesar de esa nueva revelación—. Todavía no has oído la mejor parte, así que te agradecería que te
quedaras para escucharme.
—Lauren... —le advierte Pedro entre dientes.
Ella se ríe con una carcajada ladina cargada de satisfacción.
—¿Qué pasa? ¿No quieres que le cuente a tu joven esposa preñada que mataste a nuestra hija?
pedro actúa rápidamente y nada conseguirá detenerlo, y sé que es porque estoy a punto de caerme
de bruces al suelo. Mi mundo acaba de estallar en mil pedazos junto con mi mente sobrecargada, pero
advierto que ella también se mueve. Veo cómo el cuchillo se acerca hacia mí a gran velocidad con
absoluta determinación, y también observo que Pedro se interpone entre mi cuerpo y el filo. Consigue
impedir mi caída antes de tirar a Ruth al suelo y de propinarle un puñetazo en toda la cara con un
rugido furioso. Ella se ríe. La zorra psicópata simplemente se ríe, provocándolo todavía más,
incitándolo con su risa histérica.
—¡Yo no maté a nuestra hija! —grita, y vuelve a golpearla. El sonido de su puño contra su
expresión de regodeo me provoca escalofríos.
—¡Claro que sí! La sentenciaste a muerte en el momento en que se subió a ese coche.
—¡No fue culpa mía! —Está encima de ella, intentando controlar el movimiento frenético de sus
manos.
—Carmichael jamás debería haberse llevado a nuestra hija. ¡Deberías haber sido tú quien se
quedara con ella! ¡Me pasé cinco años en una celda acolchada! ¡Me he pasado veinte años deseando no
haber dejado que la vieras! ¡Me dejaste sola, y después mataste lo único que me quedaba de ti! ¡Jamás
permitiré que la sustituyas! ¡Nadie más tendrá una parte de ti!
Pedro ruge, le propina otro puñetazo y la deja inconsciente en el acto. Intento sentarme a duras
penas mientras observo cómo su cuerpo entero se convulsiona de agotamiento y de furia. He oído y
comprendido cada una de las palabras que se han lanzado el uno al otro y estoy pasmada, pero más
triste que otra cosa. Cada instante de auténtica locura que he soportado desde que conocí a este
hombre acaba de justificarse. Toda su sobreprotección, su preocupación excesiva, su comportamiento
neurótico acaban de cobrar sentido. No cree merecer la felicidad, y ha estado protegiéndome. Pero ha
estado protegiéndome de sí mismo y de su oscuro pasado. No era él quien acompañaba a Carmichael
en aquel coche. Era su hija. Toda la gente a la que ha amado en esta vida ha muerto de una manera
trágica, y se siente responsable de cada una de esas muertes. Se me parte el alma.
—Nada nos separará —sollozo intentando levantarme, pero no consigo pasar de las rodillas. Él
creía que esto acabaría con nosotros, pero no lo hará. Me siento aliviada. De hecho, ahora por fin todo
tiene sentido.
Pedro levanta el corpachón del suelo y vuelve sus verdes ojos pesarosos y atormentados hacia mí.
—Lo siento muchísimo. —Le tiembla la barbilla y empieza a avanzar en mi dirección.
—No importa —le aseguro—. Nada importa. —Extiendo los brazos hacia él, desesperada por
hacer que sienta que lo acepto y que no me importa su pasado, por muy impactante y oscuro que sea.
Una sensación de serenidad recorre el espacio que nos separa, como una especie de silenciosa
comprensión mutua, mientras espero a que llegue junto a mí.
Comienzo a impacientarme. Está tardando demasiado, y parece avanzar más despacio a cada paso
que da, hasta que se postra sobre una rodilla lanzando un grito ahogado y agarrándose el estómago con
un siseo. Mis ojos confundidos buscan alguna pista en su rostro de qué es lo que sucede, pero entonces
se retira la chaqueta y veo su camisa empapada de sangre, con el cuchillo clavado en su costado.
—¡NOOOOO! —grito, y me levanto inmediatamente para correr a su lado. Mis manos planean
alrededor del mango del cuchillo sin saber qué hacer—. ¡Joder, Pedro! —Se deja caer de espaldas,
ahogándose, palpándose con las palmas la herida alrededor del filo—. ¡Dios mío, no, no, no, no, no!
¡No, por favor!
Me postro de rodillas. Todo el dolor de mi estómago y mi rostro se desplaza y se concentra en mi
pecho. Me cuesta respirar. Le coloco la cabeza sobre mi regazo y le acaricio la cara frenéticamente.
Sus párpados se vuelven pesados.
—¡No cierres los ojos,Pedro! —grito, desesperada—. Cariño, no cierres los ojos. Mírame.
Se obliga a abrirlos con gran esfuerzo. Está jadeando, intentando decir algo, pero lo hago callar.
Pego mis labios a su frente y empiezo a llorar, histérica.
—Paula...
—Chsss.
En un instante de racionalidad, empiezo a rebuscar en el bolsillo interior de su chaqueta y pronto
encuentro su móvil. Necesito tres intentos hasta que logro marcar el número correcto de urgencias, y
entonces empiezo a gritar por el teléfono. Grito la dirección y le suplico a la mujer que está al otro
lado que se dé prisa. Ella intenta tranquilizarme y darme instrucciones, pero no la oigo. Cuelgo el
teléfono, demasiado preocupada por el tono pálido de Pedro. Está gris, su cuerpo está completamente
laxo y sus labios resecos están separados, resollando débilmente. Sin embargo, su respiración
entrecortada no eclipsa el silencio sobrecogedor que nos rodea.
—¡pedro, abre los ojos! —grito—. ¡No te atrevas a dejarme! ¡Me enfadaré mucho si me dejas!
—No puedo... —Su cuerpo da una sacudida y sus ojos se cierran.
—¡Pedro!
Los abre de nuevo e intenta levantar el brazo en vano, pero se rinde y lo deja caer de nuevo sobre
el suelo. No soporto el sonido de su respiración laboriosa, de modo que cojo su teléfono y llamo a mi
móvil. Angel empieza a sonar a pocos metros de distancia. Comienzo a mecerlo, incapaz de controlar
el llanto. Cada vez que mi teléfono se para, vuelvo a llamar, repitiendo una y otra vez el sonido de su
canción para amortiguar el de sus ásperos resuellos. Sus ojos me miran pero no me ven. Están vacíos.
Busco algo en ellos, pero no hay nada.
—Inseparables —balbucea. Sus párpados empiezan a volverse pesados hasta que pierde la batalla
de mantenerlos abiertos.
—Pedro, por favor. Abre los ojos. —Intento desesperadamente abrírselos—. ¡ÁBRELOS! —le
grito, pero estoy rogando en vano.
Lo estoy perdiendo.
Y lo sé porque mi propio corazón está dejando de latir también.
GRACIAS POR LEER!!!
SE QUE ES TRISTE PERO BUENO, NO ME MATEN POR FAVOR! =(
Jesyyyyyyyyyy ¡¡ me queres matarrrrrr ¡¡ por dios SUBI mas capítulos .. no voy a poder dormir
ResponderEliminarme quede muda que no sea este el final por favor
ResponderEliminarnooo que triste!!! subí más!!!
ResponderEliminarMirá Jesy: si hoy me internan con un ataque al corazón, vos sos la única culpable. Hasta taquicardia me dio con las últimas 2 palabras del cap 246 y todo el cap 247. Decime x favor que no termina así la historia.
ResponderEliminar