—¿Cómo está Sarah?
Se revuelve en su asiento y gira su rostro amenazador hacia mí.
—Mejor de lo que estaba.
Me hundo en mi sitio. No tengo nada que decir a eso, así que cierro la boca. Saco el sándwich y
dejo que John conduzca el resto del camino en silencio.
Suspiro en voz alta cuando se detiene junto al bordillo.
—¿Qué pasa, muchacha?
Cojo mi bolso y me apresuro a salir del coche para no intentar convencer a John de que me lleve
a La Mansión.
—Ha llegado la hora de poner al tanto a mi jefe sobre cierto cliente danés.
—Vaya —dice lentamente—. Buena suerte.
Estoy a punto de sacarle la lengua al muy sarcástico. ¿«Buena suerte»?
—Muchas gracias, John —respondo con el mismo tono.
Cierro la puerta de golpe y oigo cómo el sonido de su risa grave de barítono se atenúa cuando la
puerta se interpone entre nosotros.
Respiro profundamente para ganar confianza y entro en la oficina. Nunca he tenido miedo de ir a
trabajar, pero ahora sí.
El chillido de Tom es lo primero que oigo:
—¡Ay, Dios mío! ¡Paula!
Y después a Victoria:
—¡Vaya! ¡Tienes un bronceado real!
Entonces veo a Sal, alegre de nuevo.
—Paula, tienes buen aspecto.
Después me acerco a mi mesa y me quedo de piedra. Globos... por todas partes. Con bebés
dibujados. Incluso hay un paquete de pañales sobre la mesa y una guía sobre cómo ser madre. Pero lo
peor de todo, y tengo que cogerlos y levantarlos para comprobar que mis ojos no me engañan, son un
par de vaqueros gigantes de preñada que hay dispuestos sobre mi silla, o, mejor dicho, cubriendo la
silla por completo. Por si mi mañana no hubiera sido lo bastante deprimente después de comprobar
que el vestido no me cabía y de que Pedro no me hubiera despertado, ahora tienen que recordarme que
voy a ponerme como una ballena. Se lo ha contado a todo el mundo. Lo voy a matar.
—¡Lo sabía! —Tom se sienta corriendo en mi mesa—. Sabía que estabas embarazada. Pero
¿mellizos? ¡Madre mía, qué emocionante! ¿Le pondrás a alguno mi nombre?
Dejo a un lado la ropa de embarazada y me dejo caer en la silla. No llevo aquí ni dos minutos y
ya no puedo más. El doble de bebés significa el doble de emoción, el doble de peso acumulado y el
doble de ansiedad.
—No, Tom.
Lanza un grito ahogado de decepción.
—¿Qué tiene de malo Tom?
—Nada. —Me encojo de hombros—. Pero no pienso llamar así a ninguno de mis hijos.
Resopla disgustado y se marcha con fuertes pisadas sin darme la enhorabuena siquiera.
—Enhorabuena, Paula. —Sally se agacha y me da un abrazo. Sabía que podía contar con ella—.
¿Café?—
Por favor. Con tres de azúcar. —Le devuelvo el abrazo y me encuentro con sus tremendas tetas
en la cara desde mi posición sentada—. ¿Qué tal todo?
—De maravilla —contesta, y se aleja danzando hacia la cocina. Al momento llego a la
conclusión de que su vida amorosa vuelve a ir estupendamente.
—¿Y Patrick? —pregunto a nadie en concreto, porque no hay nadie rondando mi mesa infestada
de artículos de bebés.
Tom está enfurruñado al otro lado de la oficina, ignorándome descaradamente, y Victoria está en
Babia, mirándome.
—¿Hola? —Sacudo la mano delante de ella.
—¡Ay, perdona! Me estaba preguntando cómo se llamará ese tipo de bronceado.
—¿Qué?
—Tu bronceado. Yo creo que es bronce intenso. —Anota algo en un papel y sé que ha escrito
«bronce intenso»—. Así que vas a ser madre, ¿eh?
Me pongo a la defensiva al instante.
—Sí. —Mi respuesta breve y mordaz hace que levante la cabeza del papel. Se recoge los largos
rizos rubios, los deja caer por detrás del hombro y me sonríe. Si es una sonrisa falsa, lo disimula muy
bien.
—Enhorabuena, Paula.
—Gracias —sonrío falsamente, y a mí sí que se me nota—. Y gracias por todo esto —añado
señalando los globos que se elevan sobre mi cabeza.
—Ah, eso fue cosa de Tom. —Vuelve a centrarse en su ordenador.
—¡Gracias, Tom! —Le lanzo un lápiz y le doy en un lado de la cabeza. Le mueve ligeramente las
gafas y protesta, indignado—. ¡Lo siento! —Aprieto los labios para no reírme.
—¡Esto es mobbing! —chilla, y ya no consigo aguantarlo más. Empiezo a descojonarme en la
silla.
Sally me deja el café delante con cara extrañada, se vuelve para ver de qué me río y empieza a
reírse también ella.
—¿Dónde está Patrick, Sal? —pregunto al no obtener respuesta por parte de Victoria.
—Llegará a mediodía —responde—. No ha venido mucho últimamente.
—¿No?
Sacude la cabeza pero no me dice nada más y vuelve a ocuparse de la pila de facturas que tiene en
su archivo.
—Paula —empieza Tom, colocándose bien sus gafas a la moda—. Tienes que llamar a Ruth. No ha
parado de llamar preguntando por ti.
Mi risa se apaga rápidamente. Me había olvidado de mi admiradora.
—¿Qué dijo? —pregunto como si tal cosa mientras busco mi móvil en el bolso. Entonces me doy
cuenta de que todavía no lo he encendido. Lleva desconectado desde el jueves por la mañana, cuando
Pedro me lo requisó.
—No mucho. —Se coloca su corbata aguamarina—. Todos los proyectos van bien. Acudí a tu cita
con ella el jueves, pero no le hizo mucha gracia verme a mí.
Me hundo en la silla con un mohín cuando veo que mi teléfono cobra vida en mi mano y empieza
a alertarme de decenas de llamadas perdidas, mensajes de texto y correos electrónicos. Establezco
prioridades y respondo al mensaje de bienvenida a casa de Kate y al mensaje de mi madre pidiéndome
que la llamara cuando hubiésemos llegado, y después cuento las llamadas perdidas de Ruth. Son once.
No obstante, a pesar del bombardeo de llamadas de mi clienta lesbiana, son las dos llamadas perdidas
de Mikael las que hacen que mi corazón empiece a acelerarse. No puedo seguir posponiendo esto y,
por primera vez, me siento y me esfuerzo en pensar quién podría haberme drogado y haber intentado
sacarme de la carretera. Y luego está lo de las flores marchitas. Eran de una mujer, no lo dudo ni por
un momento, lo que me lleva a la misma conclusión: Mikael no pudo ser. Es un hombre de negocios, y
bastante respetado. Pero ¿qué hay de lo que grabaron las cámaras de seguridad del bar? Tal vez los
incidentes no estén conectados. Yo apuesto a que fue Coral, o tal vez Sarah. Aunque las flores llegaron
después de que Sarah se disculpara. Y lo del coche también fue después. ¿Acaso sigue con sus
jueguecitos? Dejo el móvil en la mesa. Me duele el cerebro. Jugueteo con el teléfono mientras pienso
en mi siguiente movimiento. No me lleva mucho. Cojo el móvil de nuevo y llamo a Mikael. Creo que
ni siquiera llega a sonar el tono cuando oigo su voz suave con un ligero acento respondiendo al otro
lado de la línea:
—Paula, me alegra tener noticias tuyas.
—No lo dudo —respondo secamente—. ¿Has arreglado ya lo de tu divorcio? —Voy directa a la
yugular y, a juzgar por el silencio que sigue a mi pregunta, mi estrategia ha funcionado.
—Sí —responde con cautela.
—Qué bien. ¿Qué puedo hacer por ti, Mikael? —Estoy sorprendida de mi propia seguridad.
Podría estar tratando con un auténtico pirado, y le estoy hablando sin ningún respeto, ni como cliente
ni como pirado en potencia.
Ríe ligeramente.
—Ya va siendo hora de que nos veamos, ¿no te parece?
—No, no me lo parece —respondo bruscamente—. Me temo que nuestra relación laboral ha
terminado, señor Van Der Haus.
—¿Y eso por qué?
Su pregunta me coge por sorpresa, pero pronto reacciono.
—Dijiste que era muy interesante que llevara alrededor de un mes saliendo con pedro. —No
pienso amilanarme.
—Sí, pero ahora estás casada y esperas mellizos de él. Estoy desolado,Paula.
Esta vez no me recompongo tan de prisa. ¿Cómo lo sabe? Ni siquiera sé si habla en serio o si está
siendo sarcástico. Estoy confusa.
—Señor Van Der Haus...
Me aseguro de mantener la voz baja, oteando la oficina constantemente. Éste no es el momento ni
el lugar, pero ahora que he empezado no pienso terminar esta conversación hasta que le haya dicho lo
que le tengo que decir. Me levanto, aparto los globos de un manotazo, me dirijo a la sala de
conferencias y cierro la puerta al entrar.
—¿Todo esto es por lo de Pedro y tu esposa? —Oigo que su respiración se detiene, lo que no hace
sino aumentar mi confianza—. Porque ya estoy al tanto, de modo que estás perdiendo el tiempo.
—Vaya, ¿el señor Alfonso te lo ha confesado?
—Tu ex mujer se presentó en casa de Pedro, Mikael. Siento mucho lo que sucedió, pero no sé qué
pretendes conseguir con esto. —No lo siento en absoluto, pero tal vez, sólo tal vez, pueda hacerlo
entrar en razón.
Se echa a reír y se me ponen los pelos de punta.
—Paula, mi ex mujer me importa un carajo. Es una zorra a la que sólo le interesa el dinero.
Únicamente me preocupo por tu bienestar. Pedro Alfonso no te conviene.
Me estremezco al oír con qué dureza se refiere a su mujer y me apoyo en el borde de la mesa de
conferencias.
—¿Y tú sí? —balbuceo, y me reprendo mentalmente al instante por mostrar vacilación. ¿Se
preocupa por mi bienestar?
—Sí, yo sí —responde con franqueza—. Yo no me dedicaré a entretener a otras mujeres a tus
espaldas, Paula.
Casi se me cae el teléfono al suelo. ¿También sabe eso?
—Sea como sea —digo intentando desesperadamente recuperar mi tono firme—, creo que han
pasado demasiadas cosas entre nosotros como para que podamos seguir trabajando juntos.
—¿Han pasado demasiadas cosas? —pregunta—. ¿Y sabes lo que hizo cuando te dejó?
—Sí —mascullo, preguntándome cómo coño lo sabe él. No se lo he contado a nadie—. Mi
relación con Pedro no te incumbe, Mikael. Sé lo que hizo. —Me mata decirlo—. Hablaré con Patrick y
me retiraré del proyecto de la Torre Vida. Puedes quedarte con mis diseños para que otra persona los
lleve a cabo.
Cuelgo sin darle tiempo a replicar y suspiro aliviada. No sé por qué siento como si me hubiera
quitado un peso de encima. Todavía tengo que decírselo a Patrick, y escuchar a Mikael durante los
últimos minutos no ha hecho sino generarme más preguntas. No sé si pondría la mano en el fuego por
él, pero no creo que fuera capaz de llegar al extremo de drogarme para violarme ni de intentar sacarme
de la carretera; no si lo que quiere es apartarme de Pedro para que esté con él. ¿De qué iba a servirle
muerta? Me río en voz alta al pensar en ello. Alguien ha intentado matarme. Qué locura.
Mi teléfono empieza a vibrar. Miro la pantalla y ésta me indica que mi día sólo acaba de
empezar. Sin embargo, lidiar con Ruth Quinn en estos momentos ya no se me hace tan cuesta arriba.
—Hola, Ruth.
—¡Paula! —Parece sorprendida—. No me dijiste que ibas a estar fuera.
—Fue algo improvisado en el último minuto, Ruth. ¿Va todo bien?
—Sí, estupendamente, es sólo que he cambiado de idea con respecto a los armarios de la cocina.
¿Podemos quedar para hablarlo?
—Claro. —Reprimo un suspiro—. Pero tengo un montón de papeleo entre manos, ¿podemos
quedar mañana?
—¿A las doce? —propone. Me sorprende gratamente que no exija que sea hoy.
—Estupendo, te veo entonces, Ruth.
Cuelgo y hago todo lo posible por no poner mala cara. Me cuesta menos de lo que pensaba. Lo
cierto es que mis dos últimas conversaciones no me han afectado lo más mínimo. Me siento fuerte.
Me estoy enfrentando a mis problemas en lugar de dejar que me consuman.
Regreso a mi escritorio y me paso el resto del martes quitándome papeleo de encima.
Las seis en punto llegan bastante rápido, y soy la última en irme de la oficina. Patrick no ha
venido al trabajo como tenía previsto, aunque ha llamado para asegurarme que vendrá mañana.
Hablaré con él entonces, pero estoy decepcionada. Siento la necesidad de deshacerme de esta carga
mental a la mayor brevedad posible.
Me meto directamente en el gran Range Rover negro sin resoplar, vacilar ni protestar.
—Hola, John.
—Muchacha. —Se funde con el tráfico—. ¿Qué tal el día?
—Constructivo. ¿Y el tuyo?
—Magnífico —dice con su característica voz ronca.
Tengo la sensación de que está siendo algo cínico.
—¿Adónde vamos? —Me dejo caer sobre mi asiento y espero que me responda que al Lusso,
aunque no las tengo todas conmigo. Pedro me habría recogido él mismo si fuésemos a ir a casa.
—A La Mansión, muchacha. ¿Cómo ha ido con tu jefe? —Desvía la mirada cubierta por las gafas
de sol en mi dirección con un aire de curiosidad.
—No ha ido. Hoy no ha venido.
—El chalado de tu marido se va a poner contento —replica echándose a reír.
Sonrío con pesar. Sé que no le hará ninguna gracia, pero no puedo hablar con Patrick si no está
presente. Yo no tengo la culpa de que no haya venido. Al menos podré decirle que he hablado con
Mikael. Así verá que tenía intención de hacerlo, porque es verdad.
Salgo del coche corriendo en cuanto John detiene el motor. Subo los escalones a toda prisa y me
abro paso a través de las puertas.
—¡Ha dicho que lo esperes en el bar, muchacha! —me grita el grandullón, pero finjo no oírlo.
No voy a esperarlo en el bar. Después de tenerlo sólo para mí estos tres días, mi primer día de
regreso al trabajo se me ha hecho eterno. Subo la escalera corriendo, me dirijo a la parte trasera de La
Mansión y atravieso el salón de verano antes de que John pueda atraparme. Algunos de los socios
están aquí reunidos como de costumbre, pero no me detengo para evaluar sus reacciones ante mi
presencia.
Entro a toda velocidad en el despacho de Pedro, sin llamar y sin pararme a pensar que tal vez esté
en medio de una reunión de negocios. Me he llevado unas cuantas sorpresas cuando he hecho esto
antes.Y esta vez no es diferente.
GRACIAS POR LEER! ♥
No podés dejarnos así Jesy!!!! Me agarra el ataque de ansiedad, x favor subí el siguiente.
ResponderEliminarBuenisimo,segui subiendo!!!
ResponderEliminarmuy buenos cap, nos dejas con la intriga de como sigue eso es maldad jajaja besos espero el siguiente
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