Me levanta de la silla antes de que mi cerebro tenga tiempo de asimilar el último número de la
cuenta atrás y de repente me encuentro en el suelo, con las muñecas sujetas a ambos lados de la cabeza
y a Pedro a horcajadas sobre mi cintura. Se hace el silencio en el restaurante y a mí se me salen los
ojos de las órbitas. Podría oírse el vuelo de una mosca. Miro a Pedro, a quien parece importarle un
pimiento dónde nos encontramos. Me ha tumbado en el suelo de un restaurante. ¿A qué coño está
jugando? No me atrevo a apartar los ojos de él. Siento cómo un millón de pares de ojos observan el
espectáculo que acaba de montar. Me muero de vergüenza.
—Pedro, suéltame.
Podría esperar cualquier cosa de él, pero ¿esto? Esto sobrepasa todos los límites. Joder, ¿y si
alguien intentara apartarlo de mí?
—Te lo advertí, nena —dice con expresión divertida mientras yo permanezco simplemente
horrorizada—. Donde sea y cuando sea.
—Vale, muy bien. —Me retuerzo—. Ya me ha quedado claro.
—Pues yo creo que no —dice como si tal cosa poniéndose cómodo con la cara suspendida sobre
la mía—. Te quiero.
Deseo que se me trague la tierra. Una cosa es que empiece a comerme la boca en una calle llena
de gente a plena luz del día, pero retenerme en el suelo de un restaurante lleno es una locura.
—Ya lo sé. Suéltame.
—No.
Joder, ni siquiera oigo el chirrido metálico de los cubiertos, lo que me indica que todo el mundo
ha dejado de comer.
—Por favor —ruego en voz baja.
—Dime que me quieres.
—Te quiero —mascullo entre dientes.
—Dímelo de verdad,Paula. —No va a ceder, no hasta que obedezca su orden estúpida e irracional
para su satisfacción.
—Te quiero —digo con más suavidad, pero sigue sonando molesto.
Me mira con recelo, pero ¿qué espera? Me siento tremendamente aliviada cuando se aparta y me
ayuda a levantarme mientras él permanece de rodillas delante de mí. Me tomo mi tiempo para
colocarme bien la ropa y el pelo, cualquier cosa con tal de no enfrentarme a las masas de comensales
que, sin duda, estarán mirándonos con la boca abierta. Después de pasar mucho más tiempo del
necesario arreglándome, me decido a mirar a mi alrededor y deseo de nuevo que me parta un rayo al
instante o que se me trague un agujero negro. Siento la tentación de salir corriendo, pero entonces me
doy cuenta de que Pedro sigue de rodillas delante de mí.
—Levántate —le susurro con los dientes apretados, a pesar de que es evidente que todo el mundo
va a oírme. El restaurante sigue estando en absoluto silencio.
Empieza a caminar sobre las rodillas hasta que está delante de mis piernas, y entonces desliza las
manos alrededor de mi culo y me mira con ojos de cachorrito.
—Paula Alfonso, mi chica desafiante y preciosa. —Mi rostro está alcanzando tonalidades de rojo
desconocidas—. Me haces el hombre más feliz del planeta. Te has casado conmigo, y ahora me
bendices con mellizos. —Traslada la mano de mi trasero a mi vientre y me lo acaricia en círculos
como adorándolo antes de darle un beso en el centro. Los espectadores empiezan a suspirar—. No
tienes ni puñetera idea de cuánto te quiero. Vas a ser una madre increíble para mis hijos. —No puedo
hacer nada más que mirarlo mientras hace su declaración pública dejándonos en ridículo. Oigo más
suspiros. Empieza a besarme por todo el cuerpo hasta que llega a mi cuello—. No intentes evitar que
te ame. Me entristece.
—¿Te entristece o te enloquece? —pregunto en voz baja.
Levanta la cabeza de mi cuello y me recoge el pelo. Lo suelta por mi espalda y me agarra las
mejillas con las manos.
—Me entristece —reafirma—. Bésame, mujer.
No quiero seguir pasando esta vergüenza, así que me rindo y le concedo lo que quiere. Es la
manera más rápida de salir de esta situación. Pero entonces todo el mundo empieza a aplaudir, y al
instante Pedro abandona mis labios, empieza a saludar inclinándose y vuelve a sentarme en mi silla.
¿Vamos a quedarnos?
—La amo —dice encogiéndose de hombros, como si eso explicara por qué acaba de tirarme al
suelo para exigirme que le declare mi amor y de anunciar ante un montón de extraños que estamos
esperando mellizos.
—¡Mellizos!
Doy un brinco ante el grito de emoción en un mal inglés del camarero, que agita una botella de
champán delante de nosotros. Me sabe fatal. Es muy amable por su parte, pero ninguno de los dos
vamos a bebérnoslo.
—Gracias. —Le sonrío, y rezo para que no se espere para ver cómo brindamos y bebemos—.
Muy amable.
Debe de haber escuchado mis oraciones o de haber visto mi cara de apuro, porque se aleja y me
deja observando el entorno. La gente ha vuelto a ocuparse de su cena, algunos nos miran con afecto de
vez en cuando, pero parece que ya hemos dejado de ser el centro de atención. La mujer de antes, sin
embargo, sigue mirando. La observo con el ceño fruncido, pero Pedro me distrae cuando apoya las
manos sobre mi rodilla. Me vuelvo y veo su cara de traviesa satisfacción. Sí, ha dejado su postura bien
clara, y ante muchos testigos.
—No puedo creer que hayas hecho eso.
—¿Por qué? —Aparta las copas de champán de delante de nosotros.
Me dispongo a explicárselo, pero entonces siento que alguien me mira de nuevo, y sé quién es.
Me vuelvo despacio y la sorprendo otra vez. Está a varias mesas de distancia y hay mucha gente entre
nosotros, pero un pequeño espacio entre la multitud me permite verla perfectamente, y está claro que
ella también me ve a mí, porque no para de cotillear.
—¿Conoces a esa mujer? —pregunto sin apartar la mirada de ella, a pesar de que ha vuelto a
centrarse en su comida.
—¿A qué mujer? —Pedro se inclina sobre mí para seguir la dirección de mi mirada.
—A esa de ahí, la que lleva el cárdigan azul claro. —Estoy a punto de señalar, pero cuando me
doy cuenta vuelvo a bajar la mano—. ¿La ves?
Pasa una eternidad, o eso me parece a mí, y todavía no me ha contestado. Me vuelvo y veo que su
rostro bronceado empieza a perder color y a adoptar una expresión de estupefacción.
—¿Qué pasa? —Le pongo como por instinto la mano en la frente para tomarle la temperatura, y
en cuanto lo toco noto que está helado—. ¿Pedro? —Tiene la mirada perdida, como si se hallara en un
completo trance. Estoy preocupada—. Pedro, ¿qué pasa?
Sacude la cabeza como si acabara de recibir un golpe y me mira con ojos atormentados. Sé que
mi marido está intentando hacer como si no pasara nada, pero fracasa estrepitosamente. Está pasando
algo horrible.
—Nos vamos. —Al ponerse de pie tira un vaso, lo que atrae de nuevo la atención de la gente.
Arroja un puñado de billetes sobre la mesa, me obliga a levantar mi culo perplejo de la silla y me
dirige afuera del restaurante.
Camina a gran velocidad hacia el coche, prácticamente arrastrándome consigo.
—¿Qué coño te pasa? —insisto, pero sé que es en vano. Se ha cerrado por completo.
Abre la puerta del DBS, lo observo y empieza a guiarme hacia el interior pero no me responde.
No me mira, ni me hace ningún gesto ni me da ninguna explicación. Sin embargo, siento que su
hombro se tensa y empieza a jadear. Tiene la mirada perdida por detrás de mí, aunque sigue
instándome a meterme en el coche.
—¿Pedro?
La voz desconocida llama mi atención, y aparto la vista de mi atribulado marido para ver a quién
pertenece. Es esa mujer. La miro confundida y siento cómo él me agarra con más fuerza. También
puedo oír su respiración. Estoy totalmente confundida, pero la reconozco, y miro de arriba abajo a esa
extraña que se ha pasado la mayor parte del tiempo observándome en la terraza, u observando a mi
hombre, o a los dos. No estoy segura, pero cuanto más la miro, más claro se vuelve todo.
Pedro intenta posicionarme para meterme en el coche pero yo le aparto las manos. Estoy
demasiado intrigada.
—Paula, nena, nos vamos. —No me grita ni me da órdenes a pesar de mi resistencia, y me entran
ganas de llorar.
—Pedro, hijo. —La mujer se acerca y mis temores se confirman.
—No tienes derecho a llamarme así —responde él tajantemente—. Paula, entra en el coche.
Obedezco. Ésa era toda la confirmación que necesitaba. No necesito oír nada más, ni tampoco
explicaciones. Es la madre de Pedro. Me vuelvo en el asiento y veo cómo rodea el vehículo por detrás
para dirigirse a la puerta del conductor, y me entra el pánico al ver que su madre corre para detenerlo.
Veo cómo le pone una mano en el brazo y él se la sacude. Oigo cómo ella le ruega que le dé una
oportunidad para hablar, y veo cómo pega el cuerpo contra la puerta del conductor para impedirle que
acceda al coche. Se lleva las manos al pelo y se tira de él. La expresión de dolor de su rostro me parte
el alma. Sé que sería incapaz de apartar a su madre a la fuerza, así que no hay nada que pueda hacer.
No puedo permanecer aquí sentada viendo cómo se enfrenta a esto solo, por lo tanto salgo y me dirijo
hacia ellos llena de determinación.
Me planto delante de Pedro como si fuera un escudo protector y la miro directamente a los ojos.
—Por favor, le ruego que se aparte.
Él se inclina por encima de mí.
—No deberías estar aquí. ¿Qué haces aquí? —dice con la voz rota y temblorosa, en consonancia
con su cuerpo. Siento las vibraciones en mi espalda—. Luciana se casa este fin de semana en Sevilla.
¿Qué haces aquí?
Entonces me doy cuenta de algo. No leí del todo la invitación, así que no me fijé en la fecha ni en
el lugar, pero está claro que pedro sí. ¿Por qué, si no, iba a traerme aquí sabiendo que sus padres
andarían cerca? Jamás se arriesgaría a encontrárselos. Lo cierto es que me extrañó, pero no quería
agobiarlo con el tema. No obstante, resulta que están aquí, lo que ha sumido a Pedro en un tremendo
estado de confusión.
—Es tu padre —explica ella—. La boda se ha aplazado porque tu padre sufrió un infarto. Luciana
intentó ponerse en contacto contigo al ver que no respondías a su invitación.
Pedro pega su pecho al mío y sé que va a hablar, cosa que me alegra, porque yo no sé qué decir.
Estoy alucinada. Es demasiada información para asimilarla.
—¿Y por qué intentó ponerse en contacto conmigo Luciana y no tú?
—Pensé que a tu hermana sí le cogerías el teléfono —se apresura a responder—. Esperaba que a
ella sí que le contestaras.
—¡Pues te equivocabas! —ruge por encima de mi hombro, y me estremezco—. Ya no puedes
hacerme esto. Ya no, mamá. Tu influencia ya me jodió la vida bastante, ¡pero ahora me va bien por mi
cuenta!
La mujer se encoge pero no intenta defenderse. Sus ojos verdes, iguales que los de Pedro, están
cargados de pesar y de desesperación. Me pasan demasiadas cosas por la cabeza, pero mi prioridad es
mi marido y su evidente sufrimiento. Su madre lo está pasando mal también, pero ella no me gusta,
así que no me afecta cómo pueda sentirse.
—Mellizos —susurra estirando la mano hacia adelante.
Me quedo estupefacta. Soy incapaz de moverme. Estudia mi vientre y veo el dolor dibujado en su
rostro arrugado. Pedro tira de mí evitando en el último momento que su mano me toque la barriga.
Entonces salgo de mi aturdimiento y reevalúo la situación. No me lleva mucho tiempo. Tengo que
sacar a Pedro de aquí.
—Paula. —Me habla al oído con voz suave—. Por favor, sácame de aquí.
El corazón se me parte en dos.
—Se lo pido amablemente. —Miro a su madre, que continúa con la mirada fija en mi abdomen
—. Apártese, por favor.
—Es otra oportunidad, Pedro. —Ahora está sollozando, pero no siento compasión por ella.Pedro
no dice nada. Permanece quieto y callado detrás de mí. Puede que haya entrado en trance, lo que no
me sorprendería en absoluto. Esas palabras no han hecho más que avivar mi determinación y han
transformado mis inminentes lágrimas en pura ira. Aunque no puedo pegarle a su madre...
Me vuelvo y deslizo la mano por el brazo de Pedro.
—Vamos —le digo con cariño tirando de él.
Se deja llevar. Por una vez soy yo quien lo guía a él, y lo hago lo más de prisa que puedo. Estoy
decidida a sacar a mi marido de esta situación que tanta angustia le está causando. Sólo lo he visto así
unas pocas veces, y todas ellas han acabado en dolor. No estoy preparada para exponerlo a él o a mí
misma a más dificultades en nuestra relación.
Abro la puerta del acompañante y lo insto a entrar. Tiene la mirada perdida. Me siento aliviada
cuando veo que su madre se coloca delante del coche, porque eso me permite correr por la parte
trasera y colarme en el asiento del conductor. Lo primero que hago es bloquear los seguros, y después
registro a Pedro para encontrar las llaves. No he conducido nunca por la derecha, ni sentada a la
izquierda, pero no es momento de preocuparse por algo tan trivial. Arranco el motor y apenas miro
mientras doy marcha atrás para salir del aparcamiento y meto primera para avanzar. Echo un vistazo
por el retrovisor y veo a un hombre que abraza a la madre de Pedro. Es su padre.
Observo la carretera que tengo delante y veo las puertas de salida del puerto, pero no me da
tiempo a preocuparme en buscar la tarjeta, ya que éstas empiezan a abrirse al instante y yo alejo a
Pedro de sus padres. Lo miro y no me gusta lo que veo: un hombre angustiado, con la mirada perdida a
través de la ventanilla que no refleja ninguna emoción.
Si estuviera cabreado me sentiría mejor, pero no lo está. Lo único que me resulta familiar es la
profunda arruga que se ha formado en su frente y los engranajes de su mente compleja girando sin
control. Por extraño que parezca, esos pequeños rasgos me reconfortan ligeramente. En cambio, lo que
pueda estar pensando no lo hace.
¿Otra oportunidad? Eso es lo que ha dicho. No me extraña que Pedro haya reaccionado como lo ha
hecho, no cuando su madre acaba de sugerir que todo puede enmendarse con el nacimiento de nuestros
mellizos. Eso es algo cruel y egoísta, y jamás borrará todos estos años de dolor y traición.
Estos pequeños suponen una oportunidad para que Pedro y yo seamos felices, no una oportunidad
para que sus padres corrijan sus errores. Si pretende usar a mis hijos como una especie de terapia
familiar, lo lleva claro.
No tengo ni idea de adónde me dirijo, pero por fin consigo que Pedro empiece a darme algunas
instrucciones. Al percibir la familiar fragancia del Paraíso me relajo por completo. Conduzco por el
camino adoquinado hasta la villa. Mi marido baja del coche y se dirige apresuradamente hacia el
porche, dejándome atrás sin saber si seguirlo o no. No sé qué hacer. Sé que no vamos a hablar, así que
tengo que hacer lo que me dice mi instinto, que es estar ahí para él. No debo pedirle información para
saciar mis ansias de saber, ni patalear exigiendo respuestas. Ya sé lo que tengo que hacer, y sé que los
padres de Pedro han influido demasiado en su vida. Ahora le va bien por su cuenta, como él mismo ha
dicho, y tengo que dejarlo tranquilo.
Lo sigo hasta la villa y me lo encuentro de pie en medio de la habitación. Me acerco a él en
silencio, pero no se sorprende cuando lo cojo de la mano. Sabía que andaba cerca, siempre lo sabe. Lo
guío hasta el dormitorio y empiezo a desabrocharle la camisa. No hay ninguna tensión sexual entre
nosotros, ni respiraciones agitadas y desesperadas. Sólo estoy cuidando de él.
Tiene la cabeza gacha, está totalmente abatido, pero deja que lo desvista hasta que se encuentra
frente a mí completamente desnudo y callado. Lo dirijo hasta la cama pero él permanece firme y me
pone de espaldas a él. Empieza a bajarme la cremallera del vestido, me alienta a levantar los brazos y
me lo quita por la cabeza. Dejo que haga lo que quiera, cualquier cosa con tal de que salga de este
estado melancólico, de modo que permanezco de pie y en silencio mientras me desabrocha el
sujetador y se arrodilla para bajarme las bragas. Me levanta y enrosco las piernas alrededor de sus
caderas. Se acomoda en la cama con la espalda apoyada en la cabecera y conmigo sentada sobre su
regazo y pegada a su pecho. No está preparado para dejar ningún espacio entre nuestros cuerpos, y no
me importa. Sus brazos me atrapan por completo. Su nariz está hundida en mi pelo, y puedo oír sus
latidos lentos y constantes. Es lo único que puedo hacer por él, y lo haré hasta que me muera si es
necesario.
GRACIAS POR LEER!! ♥
wow que intenso,buenísimos los capítulos!!!
ResponderEliminarCada vez mejores los caps, es atrapante esta historia!!!!
ResponderEliminarMe encanta la novela ¡¡ amo leerla y amo como se aman.. son no mas.. ahora otro problema con los padres
ResponderEliminarme encanto espero el siguiente besos
ResponderEliminarBuenísimos, atrapantes e intrigantes capítulos!! Me encanta la novela! Es muy intenso el amor que sienten!! @AmorPyPybb
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