—¡¿Qué te ha dicho?! —chilla por teléfono. Ni siquiera ha dejado que sonara.
—Me ha pedido perdón. —Me falta el aliento—. Oye, voy a tener el bebé.
Se ríe de mí.
—¡Estaba cantado, so tonta!
Sonrío y corro al parking. Quiero quitarme de en medio la reunión con Ruth Quinn para poder ir
a ver a Pedro.
—¡Paula! —Su sonrisa casi me molesta.
—Hola, Ruth —saludo.
La dejo atrás y me meto en una cocina en obras para evaluar la situación. Todo parece ir según
lo previsto. No hay sorpresas desagradables.
—No puedo quedarme mucho rato, Ruth. Tengo otra reunión —digo volviéndome para mirarla.
—Ah. ¿Quieres un café? —me ofrece, esperanzada.
—No, gracias. ¿Cuál es el problema? —pregunto intentando que se dé prisa.
No obstante, se toma su tiempo para acercarse a una mesa provisional y empezar a llenar una
taza.
—Acabo de prepararlo. Podemos ir a sentarnos al salón, allí hay menos polvo.
Hago una mueca de frustración.
—Lo siento, me espera otro cliente, Ruth. ¿Te importa si nos vemos otro día? —Me está
entrando el pánico.
—No tardaremos mucho. —Sigue haciéndolo todo a la velocidad de un caracol, y yo me
revuelvo, impaciente, detrás de ella. Parece que lo hace a propósito—. ¿Lo has pasado bien con tus
padres este fin de semana?
La pregunta me pilla desprevenida, pero mi cerebro se pone al día rápidamente.
—Muy bien, gracias.
—¿Seguro que no quieres un café? —insiste mientras se acerca a la nevera a por leche.
—No, de veras. —No puedo evitar mi tono de impaciencia. Estoy empezando a enfadarme.
—Es curioso, juraría que te vi el viernes por la noche en un bar —comenta como si nada—.
¿Cómo se llamaba? —Vierte leche en su café muy despacio y lo remueve aún más despacio—. Ya
me acuerdo. Baroque, en Piccadilly.
«¡Mierda!»
—Sí, fui con unos compañeros de trabajo. No gran cosa. Me fui a casa de mis padres el sábado
por la mañana —explico retorciéndome el pelo como una posesa. ¿Por qué me molesto en contarle
una mentira? Lo que yo haga o deje de hacer no es asunto suyo.
Se vuelve, sonriente, pero sus ojos reparan en mi mano izquierda y su expresión no da lugar a
dudas. Me miro el pedrusco que llevo en el dedo y de repente estoy muy incómoda.
—No me has contado que estabas casada. —Se echa a reír—. ¡Qué tonta soy! Yo diciéndote que
te alejaras de los hombres y resulta que estabas casada. —De repente se pone colorada y me doy
cuenta de lo que pasa. Es horrible.
¡Es lesbiana! «¡No, por favor!» Eso lo explica todo: su insistencia en ir de copas, las llamadas,
el querer que nos reunamos a todas horas... Y ahora no les quita ojo a mis anillos. Me desea. Ahora
sí que estoy incómoda.
—Espera un momento. —Frunce el ceño—. Recuerdo que me dijiste que tenías novio. —Frunce
el ceño aún más—. Y la semana pasada no llevabas ningún anillo.
No sé adónde mirar.
—Me casé hace poco —digo. No quiero entrar en detalles—. Me estaban arreglando los
anillos.
No puedo mirarla a la cara. Es una mujer atractiva, pero no en ese sentido.
—¿Por qué no me lo dijiste?
¿Que por qué no se lo dije? ¿Por dónde empiezo?
—Fue una boda muy sencilla, sólo para la familia.
¿Quería que la invitara o intentar impedirla? Esta conversación hace que todavía tenga más
ganas de ver a Pedro. ¿Le cuento que estoy embarazada? Seguro que la remataría. Parece dolida.
—Ruth, tengo que preguntarte de qué querías hablar para poder solucionarlo y marcharme.
Siento mucho tener tanta prisa.
Me dedica una sonrisa muy falsa, no logra disimular el susto que le he dado.
—No, vete. Puede esperar.
Estoy aliviada pero sorprendida. Tal vez haya sido lo mejor. ¿Dejará por fin de invitarme a
salir de copas y de solicitar reuniones? Qué raro que no me diera cuenta antes. ¿Una mujer tan guapa
y soltera? No me paro a pensarlo. Me muero por escapar, y no sólo porque tenga una admiradora.
—Gracias, Ruth. Nos vemos.
No me quedo ni un minuto más. Salgo a toda prisa y le digo adiós con la mano sin dejar de
andar. Soy una idiota.
Subo a mi coche nuevo y me echo a llorar en cuanto Angel comienza a sonar.
Pulso como una posesa el botón del interfono pero, pasados unos minutos eternos, las puertas
siguen cerradas. Meto la mano en el bolso, saco el móvil y llamo a Pedro. Sólo suena una vez.
—¿Paula?
—¡No se abren las puertas! —sueno estresada y enloquecida, pero tengo tantas ganas de verlo
que se me está yendo la pinza.
—Oye, tranquilízate. —Parece nervioso—. ¿Dónde estás?
—¡En la puerta! ¡He estado llamando al interfono pero nadie me abre!
—Paula, tranquila. Me estás preocupando.
—Te necesito —sollozo, y el sentimiento de culpa que lleva días devorándome por dentro se
apodera de mí—. Pedro, te necesito.
Lo oigo respirar con dificultad. Está corriendo.
—Nena, baja el parasol del coche.
Me enjugo las lágrimas y tiro de la visera de cuero blanco. Hay dos pequeños dispositivos
negros. No espero instrucciones. Pulso los dos y las puertas se abren. Arrojo el móvil sobre el
asiento del acompañante y piso a fondo. Estoy llorando como un bebé. Me caen unos lagrimones
como peras mientras serpenteo por el camino bordeado de árboles. Todo está borroso hasta que veo
el Aston Martin de Pedro, que viene hacia mí a toda velocidad. Piso el freno, salgo del vehículo y
voy a su encuentro.
Está aterrorizado cuando baja del coche. Deja la puerta abierta y corre hacia la histérica de su
mujer. No puedo evitarlo, le estoy dando un susto de muerte, pero ahora lo veo todo tan claro que me
ha entrado el pánico. He perdido el dominio de mis emociones. La zorra fría y calculadora que he
sido últimamente se ha desvanecido y por fin veo las cosas como son.
Nuestros cuerpos chocan y me envuelve. Todos sus músculos me protegen. Me coge en brazos y
me aprieta contra su pecho. Lloro desconsoladamente con la cara escondida en su cuello. Él camina
por el sendero sin soltarme. Soy imbécil. Soy una zorra egoísta, estúpida y sin corazón.
—Por Dios,Paula —jadea contra mi cuello.
—Perdóname. —Mi tono es de histérica, a pesar de que en sus brazos me encuentro un millón
de veces mejor.
—¿Qué ha ocurrido?
—Nada. Necesitaba verte —digo al tiempo que lo agarro con más fuerza. Lo siento demasiado
lejos.
—¡Por todos los santos, Paula! ¡Explícate, por favor! —Intenta soltarme, pero soy una lapa y no
voy a consentir que me deje en el suelo—. ¿Paula?
—¿Podemos irnos a casa?
—¡No! ¡No hasta que me expliques por qué estás así! —grita tratando de que lo suelte.
Es más fuerte que yo. Pronto se separa de mí y lo tengo de pie delante, examinando cada
centímetro de mi cuerpo, sujetándome los brazos para que los mantenga extendidos.
—¿Qué te pasa?
—Estoy embarazada —sollozo—. Te engañé. Lo siento.
Se echa a temblar y me suelta. Da un paso atrás, abre unos ojos como platos y frunce el ceño.
—¿Qué?
Me enjugo las lágrimas y bajo la vista. Estoy muy avergonzada. Pedro no es ningún santo, pero
mientras él intentaba crear una vida, yo estaba planeando destruirla. Es imperdonable, y nunca podré
contarle lo que pensaba hacer.
—Me pones furiosa —susurro, lastimera—. Me pones furiosa y luego me haces muy feliz. No
sabía qué hacer. —Es una excusa pobre y patética.
Pasan unos instantes incómodos sin que ninguno de los dos diga nada. De hecho, él no ha dicho
nada aún. Me atrevo a mirarlo. Está estupefacto.
—¡Joder! ¿Es que quieres que acabe en un manicomio, Paula? —Se peina el pelo con los dedos y
alza la vista al cielo—. ¿Estás jugando conmigo? Porque es lo último que necesito, señorita. Acabo
de asimilar que no estás embarazada, ¿y ahora resulta que sí lo estás?
—Siempre lo he estado.
Deja caer la cabeza y los brazos, que cuelgan de sus costados mientras me observa atentamente
con expresión de escepticismo.
—¿Cuándo pensabas decírmelo?
—Cuando me hubiera hecho a la idea —respondo.
Ni siquiera intento mentirle, lo sé porque no necesito controlar el impulso de retorcerme el
pelo. Tal vez estuviera procurando disfrutar al máximo del Pedro dominante antes de que volviera a
tratarme como si fuera de cristal. No lo sé. He sido muy tonta.
—¿Vamos a tener un bebé? —Su voz es apenas un susurro.
Asiento. No puedo hablar. Deja de mirarme a los ojos y me mira el vientre. Una lágrima resbala
por su mejilla. Me siento todavía más culpable pero entonces se pone de rodillas y pierdo el control
de mi llanto. Permanezco de pie, llorando como una magdalena, contemplando cómo su cuerpo caído
derrama una lágrima tras otra delante de mí. Lo he mareado a base de bien, como si el hecho de estar
conmigo no lo volviera ya bastante loco.
Mi respuesta natural a la reacción de mi hombre apuesto y neurótico es acercarme a él y
arrodillarme. Le paso los brazos por los hombros y lo abrazo contra mi cuerpo mientras llora con la
cabeza hundida en mi cuello. Me acaricia la espalda como si intentara cerciorarse de que soy real.
—Perdóname —digo en voz baja.
No dice nada. Se pone de pie y me levanta. Me lleva a su coche y me deja en el asiento del
acompañante. Sigue callado mientras me abrocha el cinturón de seguridad. Saca el teléfono del
bolsillo de su chaqueta, cierra la puerta, se aleja y hace una llamada mientras saca mi coche de en
medio del camino.
Regresa y deja el bolso a mis pies. Luego me lleva a casa en el más absoluto silencio.
Y SE LO DIJO...
GRACIAS POR LEER!
Ayyyyyyyyyyy, qué hermosos los 3 caps!!!!!!!!!!!!! Quiero más caps please!!!!!!!!!!!!
ResponderEliminarhay se lo dijo que lindo espero que tome una postura buena pedro , besos espero el siguiente
ResponderEliminarme encanto,buenísimo!!!
ResponderEliminarMuy buenos capítulos!! Por fin se lo dijo y que haya aceptado no abortar es la mejor decisión!! Con respecto a Ruth yo tenía dos teorías: había tenido una aventura con Pedro o era lesbiana!! @AmorPyPybb
ResponderEliminarque lindos capitulossss! pedro va a estar muerto de felicidad. y lo de Ruth me imaginaba, hasta llegue a pensar q estaba en complicidad con el cliente de pau , no me acuerdo el nombre .. (mucha novela jajajajaj)
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