jueves, 27 de febrero de 2014

Capitulo 6 ♥



Vale, supongo que debe de ser la esposa. Pero no lleva anillo, así que

quizá sea la novia. Sea como sea, me quedo perpleja, porque él no me quita

los ojos de encima ni se molesta en contestar a su pregunta. Ella se da la

vuelta para ver qué le está robando su atención y me mira con recelo. Me

cae mal al instante, y no tiene nada que ver con el hombre al que está

abrazando.

—¿Y tú eres...? —ronronea.

Cambio de postura, incómoda. Me siento como si me hubieran pillado

haciendo una travesura.

Bueno, es que me han pillado. He tenido reacciones extremadamente

indeseadas hacia su novio.

Una irracional punzada de celos me apuñala. ¡Esto es ridículo!

Sonrío con dulzura.

—Yo ya me iba. Adiós. —Me doy la vuelta y prácticamente salgo

corriendo hacia la puerta y escalones abajo. Me subo de un salto al coche,

dejo escapar un enorme suspiro y, cuando mis pulmones me agradecen el

aire fresco, me reclino en el asiento y empiezo a hacer ejercicios para

normalizar la respiración.

Voy a tener que pasarle el proyecto a Tom. Me echo a reír, es una idea

estúpida. Tom es gay. Alfonso le afectará tanto como a mí. A pesar de que

está pillado, sigo sin poder trabajar con él. Sacudo la cabeza, incrédula, y

arranco el coche.

Mientras conduzco por el camino de grava, miro cómo la imponente

mansión se hace cada vez más pequeña en mi retrovisor. Y allí, de pie en lo

alto de la escalera, viéndome marchar, está Pedro Alfonso.

—¡Has vuelto! Estaba a punto de llamarte —exclama Kate sin

levantar la vista de la figura de los novios que está colocando sobre la tarta

de bodas que debe decorar. Tiene la lengua fuera, apoyada sobre el labio

inferior. Me hace sonreír—. ¿Te apetece salir? —Sigue sin mirarme.

Es algo bueno. Estoy segura de que mi cara me delataría si intentara

fingir que no pasa nada. Todavía estoy alterada por mi cita del mediodía

con cierto señor de La Mansión. No tengo energía para arreglarme y salir.

—¿Y si guardamos fuerzas para mañana? —Tengo que intentarlo. Sé

que eso significa una botella de vino en el sofá, pero al menos podré

ponerme el pijama y relajarme. Después del día que he tenido, mi mente va

a toda pastilla y necesito desconectar. Me duele la cabeza y no he podido

concentrarme en todo el día.

—Perfecto. Termino la tarta y soy toda tuya. —Le da la vuelta al

pastel de fruta sobre el pedestal y echa unas gotas de pegamento

comestible en la cobertura—. ¿Qué tal el día en el campo?

¡Ja! ¿Qué le digo? Esperaba encontrarme a un paleto pomposo que ha

resultado ser un dios, guapo a rabiar. Pidió que fuera yo expresamente, su

tacto me convirtió en lava ardiendo, no puedo mirarlo a los ojos por miedo

a desmayarme y le ha gustado mi vestido. En vez de eso, contesto:

—Interesante.

Levanta la vista.

—Cuenta —me responde. Le brillan los ojos y se inclina de nuevo

sobre la tarta, con la lengua fuera otra vez.

—No era lo que me esperaba. —Me quito una pelusa imaginaria del

vestido azul marino para intentar restarle importancia.

—No me cuentes lo que te esperabas y dime qué te has encontrado. —

Ha dejado de intentar colocar a los novios en lo alto de la tarta. En vez de

eso, me mira fijamente. Tiene cobertura en la punta de la nariz, pero la

ignoro.—

El dueño. —Me encojo de hombros mientras jugueteo con mi

cinturón marrón tostado.

—¿El dueño? —pregunta con los labios fruncidos.

—Sí, Pedro Alfonso, el dueño. —Me quito más pelusas imaginarias del

vestido.

—Pedro Alfonso, el dueño. —Me imita, y a continuación hace un gesto

hacia uno de los sillones semicirculares de su taller—. ¡Siéntate! ¿Por qué

intentas parecer tan tranquila? No engañas a nadie. Tienes las mejillas del

color de esa cobertura. —Señala una tarta con forma de camión de

bombero que hay en la estantería de metal—. ¿Por qué el dueño, Pedro Alfonso, no era como esperabas?

«¡Porque estaba muy bueno!» Me dejo caer en el sillón con el bolso

en el regazo mientras Kate, de pie, se da golpecitos en la palma de la mano

con el mango de una espátula. Al final, se acerca y se sienta en el sillón de

enfrente.

—Cuéntame —me presiona. Sabe que tengo algo que contar.

Me encojo de hombros.

—El hombre es atractivo y lo sabe. —Los ojos se le iluminan y los

golpes de la espátula se tornan cada vez más rápidos. Quiere más drama.

Le encanta. Cuando Matias y yo rompimos, fue la primera en aparecer para

ver el espectáculo en calidad de amiga. No tenía por qué haberse

molestado. Lo dejamos de mutuo acuerdo. Fue una ruptura amistosa y

bastante aburrida. No destrozamos la vajilla y ningún vecino tuvo que

llamar a la policía.

—¿Qué edad tiene? —pregunta con avidez.

Ahí me ha pillado. Todavía me tortura haber soltado una pregunta tan

inapropiada en una reunión de negocios. No valía la pena ni que me

sintiera avergonzada, porque estaba claro que estaba jugando conmigo.

Me encojo de hombros.

—Dijo que veintiuno, pero por lo menos tiene diez más.

—¿Se lo has preguntado? —La mandíbula le llega al regazo.

—Sí. Se me escapó en un momento en el que el filtro cerebro-boca me

falló del todo. No me siento orgullosa —murmuro—. He quedado como

una idiota, Kate. Nunca me había sentido así con un hombre. Pero éste... En

fin, te habrías avergonzado de mí.

Suelta una sonora carcajada.

—¡Paula, tengo que enseñarte habilidades sociales! —Se recuesta con

brusquedad sobre el respaldo del sillón y lame la cobertura de la espátula.

—Sí, por favor —gruño, y estiro la mano hacia ella. Me pasa la

espátula y empiezo a lamer los bordes. Hace un mes que vivo con Kate y

sobrevivo a base de vino, azúcar para cobertura y masa para tartas. No

puede decirse que la ruptura me haya quitado el apetito—. Estaba muy

seguro de sí mismo —digo entre lametones.

—¿En qué sentido?

—Ese tío sabía que provocaba ciertas reacciones en mí. Seguro que

daba pena verme. Ha sido patético.

—¿Tanto?

Sacudo la cabeza.

—Exageradamente patético.

—Seguro que no vale nada en la cama —musita Kate—. Todos los

guapos son así. ¿Y las especificaciones?

—Una ampliación de diez dormitorios. Pensaba que iba a una

mansión de campo, pero es un superhotel pijo con spa. La Mansión. ¿Lo

conoces?

Kate pone cara de no tener ni idea.

—No —responde, y se levanta para apagar el horno—. ¿Puedo ir

contigo la próxima vez?

—No. No pienso regresar. No puedo trabajar así. Además, tiene novia

y no puedo volver a mirarlo a los ojos, no después del numerito de hoy. —

Me levanto del sillón y tiro la espátula al cuenco vacío—. Se lo he pasado

a Patrick. ¿Y el vino?

—En la nevera.

Subimos al apartamento y nos ponemos el pijama. Dejo el bolso en la

cama y la cala hace su aparición estelar. Elegancia sencilla. La cojo y le

doy vueltas entre los dedos; luego la tiro a la papelera. Olvidado...

Ya con la ropa cómoda, meto en el reproductor de DVD la última

novedad del videoclub, salto al sofá con Kate e intento concentrarme en la

película.

Es imposible. El ojo de mi mente está invadido por las imágenes de

un hombre de ojos verdes, rubio, esbelto y de edad desconocida con unos

andares para babear y toneladas de atractivo sexual. Me quedo dormida con

las palabras «Pero te quiero a ti» rebotando en mi cabeza. No tan olvidado...



GRACIAS POR LEER!! ♥♥



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