jueves, 27 de febrero de 2014

Capitulo 5 ♥



Abre las puertas y me mete en una habitación recién enlucida. Es

enorme, y las ventanas encajan con el resto de la propiedad. Quien quiera

que la construyese hizo un trabajo excelente.

—¿Son todas tan grandes? —pregunto, y doblo los dedos hasta que

me suelta la mano. ¿Se comporta así con todas las mujeres? Es

desconcertante.

—Sí.

Me dirijo hacia al centro de la habitación mientras miro a mi

alrededor. Tiene un buen tamaño.

Veo que hay otra puerta.

—¿Tiene baño? —Mientras hablo, voy hacia la puerta y entro.

—Sí.

Las habitaciones son enormes, especialmente teniendo en cuenta

cómo suelen ser en los hoteles. Podrían hacerse muchas cosas. Me sentiría

muy emocionada si no estuviese tan preocupada por lo que se espera de mí.

Esto no es el Lusso. Salgo del cuarto de baño y encuentro a Alfonso apoyado

en la pared, con las manos en los bolsillos, los párpados caídos y los ojos

oscuros mirándome. Dios mío, este hombre es puro sexo. Es casi una pena

que el diseño tradicional no tenga cabida en mi historia como diseñadora.

No me interesa lo más mínimo.

—No estoy segura de ser la persona adecuada para este trabajo. —

Sueno apesadumbrada. No pasa nada, porque lo estoy. Me apena no poder

controlarme. Me mira, con esos ojos verde pardusco que atacan mis

defensas, y me doy la vuelta sobre los talones.

—Creo que tienes lo que quiero —dice en voz baja.

«¡Mi madre!»

—Lo mío siempre ha sido el lujo moderno. —Echo otro vistazo a la

habitación y, despacio, vuelvo a dejar que mi mirada se pose en él—. Estoy

segura de que quedará más satisfecho con Patrick o con Tom. Ellos se

encargan de nuestros proyectos de época.

Reflexiona sobre lo que he dicho durante un segundo, hace de nuevo

ese movimiento de cabeza y se aparta de la pared impulsándose con los

omoplatos.

—Pero te quiero a ti.

—¿Por qué?

—Tienes pinta de ser muy buena.

Se me escapa un suspiro involuntario entre los labios al escuchar sus

palabras. No sé cómo interpretarlas. ¿Se refiere a mi habilidad como

diseñadora o a otra cosa? El modo en que me mira me dice que es a la otra

cosa. Está un pelín demasiado seguro de sí mismo.

—¿Especificaciones? —pregunto. De nuevo, no se me ocurre otra

cosa. Vuelvo a sonrojarme.

Una sonrisa juguetea en las comisuras de sus labios.

—Sensual, íntimo, lujoso, estimulante, reconstituyente... —Hace una

pausa para valorar mi reacción.

Frunzo el ceño. No es lo habitual. No ha mencionado ni relajante, ni

funcional, ni práctico.

—Vale. ¿Hay algo en particular que deba incluir? —vuelvo a

preguntar. ¿Por qué me molesto en averiguar las respuestas?

—Una cama grande y muchas aplicaciones de pared —contesta de una

tirada.—

¿Qué clase de aplicaciones?

—Grandes, de madera. Ah, la iluminación tiene que ser la adecuada.

—¿La adecuada para qué? —No puedo evitar el tono de confusión.

Sonríe y me derrito en un charco de hormonas calientes.

—Para las especificaciones, claro.

Ay, Dios, debe de estar pensando que soy una lerda.

—Sí, claro. —Levanto la vista y veo que unas vigas robustas cruzan el

techo. El edificio es nuevo pero no son vigas falsas—. ¿Las hay en todas

las habitaciones?

Vuelvo a mirarlo a los ojos.

—Sí, son esenciales. —Su voz es grave y seductora. No estoy segura

de poder aguantar mucho más.

Cojo el cuaderno de especificaciones del cliente y empiezo a tomar

notas.—

¿Hay algún color en particular que deba incluir o evitar?

—No, puedes volverte loca.

Levanto la cabeza para mirarlo.

—¿Perdone?

Sonríe.

—Que hagas lo que quieras.

Ah, bueno, no voy a volverme loca con nada porque no va a volver a

verme por aquí. Pero debería conseguir la máxima información para poder

pasársela a Patrick o a Tom con al menos un mínimo de datos.

—Ha mencionado una cama grande. ¿De algún tipo en particular? —

pregunto intentando mantener la profesionalidad.

—No. Sólo que sea muy grande.

Flaqueo a mitad de la nota, levanto la vista y veo que me está

observando. Me siento idiota porque me pone muy nerviosa.

—¿Qué hay de los tejidos?

—Sí, muchos tejidos. —Empieza a caminar hacia mí—. Me gusta tu

vestido —susurra.

Mierda, ¡tengo que salir de aquí!

—Gracias —digo con un gritito agudo mientras voy de camino a la

puerta—. Ya tengo todo lo que necesito. —No es verdad, pero no puedo

quedarme ni un minuto más. Este hombre me nubla los sentidos—.

Prepararé algunos bocetos. —Salgo al pasillo y voy directa al comienzo de

la escalera.

Maldita sea, cuando me he despertado esta mañana esto era lo último

que me esperaba. Una mansión de campo pija —con un dueño guapísimo

como colofón— no forma parte de mi rutina diaria.

Consigo llegar a la escalera y la bajo a una velocidad estúpida,

teniendo en cuenta los altísimos tacones marrón tostado que llevo puestos.

Pongo los pies en el suelo de parquet preguntándome cómo diablos he

llegado aquí.

—Espero noticias tuyas, Paula. —Su voz ronca me recorre el cuerpo.

Alfonso me alcanza al final de la escalera y me tiende la mano. La acepto por

temor a que, si no lo hago, se acerque y vuelva a ponerme los labios

encima.

—Tiene un hotel encantador —digo de corazón. Estoy empezando a

desear que el contenido de mi bolso consistiera en unas bragas limpias, una

venda, tapones para los oídos y algún tipo de armadura. Con eso habría

estado más preparada.

Levanta las cejas, mantiene mi mano en la suya y, lentamente, la

aprieta. La corriente que viaja por nuestras manos unidas hace que me

tense de pies a cabeza.

—Tengo un hotel encantador —repite pensativo. La corriente se

convierte en una descarga eléctrica y retiro la mano en un acto reflejo. Me

mira inquisitivo—. Ha sido un placer conocerte, Paula. De verdad. —Hace

énfasis en «De verdad».

—Lo mismo digo —susurro.

Veo que su mirada se clava en mí durante un instante y empieza a

mordisquearse el labio inferior. Se desplaza hacia la mesa central del

recibidor. Saca una sola cala del jarrón que preside el mueble y la estudia

un momento antes de ofrecérmela.

—Elegancia sencilla —dice con suavidad.

No sé por qué, quizá porque mi cerebro está muerto, pero la cojo.

—Gracias.

Se mete la otra mano en el bolsillo y me observa de cerca.

—De nada. —Su mirada viaja de mis ojos a mis labios. Retrocedo

unos pasos.

—¡Por fin te encuentro! —Una mujer sale del bar y se acerca a Alfonso.

Es atractiva: rubia, de estatura media, con el pelo escalado y labios rojos y

carnosos. Lo besa en la mejilla—. ¿Estás listo?


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