viernes, 28 de febrero de 2014
Capitulo 8 ♥
Lo oigo suspirar.
—No creo que lo sientas, Paula. —Mi nombre suena a terciopelo en sus
labios, y me provoca un estremecimiento familiar. ¿Cómo sabe que no lo
siento?—. Creo que me estás evitando —añade.
Como esto siga así, voy a dislocarme la mandíbula. Provoca
sentimientos nada deseables en mí, y el hecho de saber que tiene una
relación con alguien no ayuda nada.
—¿Por qué iba a hacer yo algo así? —digo con atrevimiento. Eso
debería obligarlo a callar.
—Pues porque te sientes atraída hacia mí.
—¿Perdone? —le espeto. Su soberbia no tiene límites. ¿Es que no
tiene vergüenza? El hecho de que haya dado en el clavo no es relevante.
Habría que estar ciega, sorda y tonta para no sentirse atraída por aquel
hombre. Es la perfección personificada, y está claro que lo sabe.
Suspira.
—He dicho que...
—Ya, le he oído —lo interrumpo—. Es que no puedo creerme que lo
haya dicho. —Me desplomo sobre mi silla.
Nunca he visto nada parecido. Me deja pasmada. ¿El tipo tiene a una
persona especial en su vida y está flirteando por teléfono conmigo?
¡Menudo donjuán! Tengo que volver a centrar la conversación en lo
profesional y colgar cuanto antes.
—Le pido disculpas por no estar disponible para su proyecto —suelto
de un tirón, y cuelgo. Me quedo mirando el teléfono.
Ha sido una falta de educación y nada profesional, pero es tan lanzado
que me ha dejado estupefacta. Cada minuto que transcurre tengo más claro
que pasarle el contrato a Patrick ha sido lo más sensato. Me llega un
mensaje de texto.
No lo has negado. Que sepas que el sentimiento es mutuo. Bs, P
«¡Me cago en la hostia!» Me llevo la mano a la boca y aprieto con
fuerza para evitar que las palabrotas mentales salgan de mis labios. No, no
lo he negado. ¿Y él se siente atraído por mí? ¿Soy un pelín joven para él o
él es demasiado mayor para mí? ¿Besos? Cabrón engreído. No contesto; no
tengo ni idea de cómo responder. En vez de eso, meto el móvil en el bolso
y me voy a comer con Kate.
—¡Madre mía! —exclama Kate al mirar mi móvil. Su pelo rojo,
recogido en una cola de caballo, ondea de un lado a otro cuando menea la
cabeza—. ¿Le has contestado? —Me mira expectante.
—Dios, no —me río. ¿Qué me aconsejaría que le dijese? Me tiene
pasmada.
—¿Y tiene novia?
—Sí —asiento al tiempo que enarco las cejas.
Deja el teléfono encima de la mesa.
—Qué pena.
¿Sí? La verdad es que simplifica bastante las cosas. Eso supera sin
duda las reacciones que provoca en mí. Kate es mucho más atrevida que
yo. Le habría contestado algo sorprendente y sugerente, y es probable que
lo hubiese dejado boquiabierto. Esta chica podría competir con cualquier
devoradora de hombres. Como es muy lanzada, los espanta a casi todos en
la primera cita; sólo los más fuertes sobreviven. El pelo rojo y largo de
Kate tiene tanta personalidad como ella. Es una mujer segura de sí misma,
independiente y decidida.
—La verdad es que no —musito, y cojo mi vaso de vino de la hora de
comer para darle un sorbo—. Además, sólo hace cuatro semanas que Matias
y yo hemos roto. No quiero hombres en mi vida, de ninguna clase. —Me
gusta sonar decidida—. Estoy disfrutando de estar soltera y sin ataduras
por primera vez en mi vida —añado. Así es como me siento. Estuve cuatro
años con Matias y, antes de eso, mantuve una relación de tres años con
Adam. —¿Has visto al capullo? —Kate pone cara de asco cuando menciono
el nombre de mi ex.
No soporta a Matias, y se alegró de que rompiera con él. Que Kate lo
pillara in fraganti con una compañera de trabajo en un taxi sólo confirmó
lo que yo ya sabía. No sé por qué hice la vista gorda durante tanto tiempo.
Cuando hablé con él, con calma, se deshizo en disculpas y casi se desmaya
cuando le dije que no me importaba. Era verdad, y yo también estaba
sorprendida. La relación se había terminado y él opinaba lo mismo. Todo
fue muy amistoso, para disgusto de Kate. Ella quería vajillas rotas e
intervenciones policiales.
—No —respondo.
—Nos lo estamos pasando bien, ¿verdad? —Me sonríe, y entonces
llega la camarera con nuestra comida.
—Voy al servicio. —Me levanto y dejo a Kate comiendo patatas fritas
con mayonesa.
Después de entrar en el baño, me miro al espejo, me retoco el brillo de
labios y me atuso el pelo.
Hoy se está portando bien, así que lo llevo suelto sobre los hombros.
Me aliso los pantalones capri negros y me quito un par de pelos de la blusa
de color crema. El teléfono suena cuando voy de camino al bar. Lo saco de
bolso y pongo los ojos en blanco al ver que es él otra vez. Probablemente
se esté preguntando dónde está mi respuesta a su nada apropiado mensaje
de texto. No voy a entrar en ese juego.
—Rechazar —le digo al teléfono. Aprieto con decisión el botón rojo y
vuelvo a guardarlo en el bolso mientras avanzo por el pasillo—. Uy, lo
siento mucho —farfullo al darme de bruces contra un tórax.
Es un torso firme, y el embriagador perfume a agua fresca que me
inunda me resulta muy familiar. Mis piernas se niegan a moverse y no sé
qué voy a ver si levanto la vista. Sus brazos ya están alrededor de mi
cintura, sujetándome, y mis ojos quedan a la altura de la parte superior de
su pecho.
Veo cómo le late el corazón a través de la camisa.
—¿Rechazar? —dice en voz baja—. Eso me ha dolido.
Me aparto de su abrazo e intento recobrar la compostura. Está
impresionante, con un traje gris marengo y una camisa blanca y planchada.
Mi incapacidad para apartar la vista de su pecho por miedo a quedar
hipnotizada por sus potentes ojos verdes hace que me entre la risa.
—¿Qué te hace tanta gracia? —me pregunta. Sospecho que frunce el
ceño ante mis carcajadas, aunque, como me niego a mirarlo, no puedo
confirmarlo.
—Lo siento. No miraba por dónde iba. —Lo esquivo, pero me coge
del codo y detiene mi huida.
—Antes de irte, dime una cosa, Paula. —Su voz despierta mis sentidos
y mis ojos viajan por su cuerpo esbelto hasta que nuestras miradas se
encuentran. Está serio, pero sigue siendo impresionante—. ¿Cuánto crees
que vas a gritar cuando te folle?
«¿QUÉ?»
—¿Perdone? —consigo espetarle pese a que mi lengua parece de
trapo.Medio sonríe ante mi sorpresa. Me levanta la barbilla con el índice y
la empuja hacia arriba para hacerme callar.
—Piénsalo. —Me suelta el codo.
Le lanzo una mirada furibunda antes de volver a nuestra mesa con el
paso más firme que mis temblorosas piernas me permiten. ¿Lo he oído
bien? Me siento en la silla y me bebo todo el vino intentando humedecer
mi boca seca.
Cuando miro a Kate, está boquiabierta. Sobre su lengua veo los trozos
a medio masticar de patatas fritas y de pan. No es nada bonito.
—¿Quién coño es ése? —balbucea con la boca llena.
—¿Quién? —Miro alrededor haciéndome la loca.
—Ése. —Kate señala con el tenedor—. ¡Mira!
—Lo he visto, pero no lo conozco —respondo molesta.
«¡Déjalo ya!»
—Viene hacia aquí. ¿Seguro que no lo conoces? Joder, está
buenísimo. —Me mira. Me encojo de hombros.
Vete, por favor. Vete. ¡Vete! Cojo un solitario trozo de lechuga de mi
sándwich de beicon, lechuga y tomate y empiezo a mordisquear los bordes.
Me pongo tensa y sé que se está acercando porque Kate levanta la vista
para adaptarla a su altura. ¡Ojalá cerrase la dichosa boca de una vez!
LEAN EL SIGUIENTE........
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