jueves, 27 de febrero de 2014

Capitulo 2 ♥



En una placa de oro de uno de los pilares se lee: «La Mansión.»

«¡Madre mía!» Me quito las gafas de sol y miro más allá de las

puertas, hacia el camino de grava que parece prolongarse a lo largo de

varios kilómetros. No hay ni rastro de la casa, sólo un sendero bordeado de

árboles que no parece tener fin. Salgo del coche y camino hacia las puertas.

Les doy una pequeña sacudida pero no ceden. Me quedo de pie un

momento, preguntándome qué hacer.

—Tiene que apretar el botón del portero automático. —Casi doy un

salto del susto cuando la vibración de una voz grave me llega de ninguna

parte y rompe el silencio del campo.

Miro a mi alrededor, pero no hay duda de que estoy sola.

—¿Hola?

—Aquí.

Doy un giro de trescientos sesenta grados y veo el portero automático

un poco más atrás, en el sendero angosto. Lo he pasado de largo cuando iba

conduciendo. Corro hacia él, aprieto el botón y me presento:

—Paula Chaves, de Rococo Union.

—Lo sé.

¿Lo sabe? ¿Y cómo? Echo un vistazo en torno a mí y veo una cámara

instalada en la puerta; luego, el chirrido del metal rompe la paz del entorno

rural. Las puertas comienzan a abrirse.

—Dame un respiro —murmuro mientras corro hacia mi coche. Salto

al interior del Mini y avanzo lentamente hacia las puertas sin dejar de

preguntarme cómo voy a sacarle la copa de oporto y el puro que,

claramente, ese cretino tiene metidos por el culo. Cada minuto que pasa me

apetece menos la cita. La gente pija de campo y sus mansiones de pijos de

campo no son mi especialidad.

Una vez las puertas se abren del todo, las cruzo y continúo por el

sendero de grava bordeado de árboles que parece no tener fin. Los olmos

adultos a ambos lados del camino, a intervalos regulares y equidistantes,

dan la impresión de haber sido colocados estratégicamente para ocultar lo

que hay detrás. Tras unos dos kilómetros de conducción a la sombra, entro

en un patio perfectamente circular. Me quito las gafas y admiro

boquiabierta la enorme casa que se yergue en el centro que reclama toda la

atención. Es espléndida, pero ahora siento todavía más aprensión. Cada

minuto que pasa me entusiasma menos esta reunión.

Las puertas negras —con adornos de oro pulido— están flanqueadas

por cuatro miradores gigantes protegidos por pilares tallados en piedra. La

estructura de la mansión está formada por bloques gigantes de piedra

caliza, y unos frondosos laureles cubren la fachada. La fuente del centro

del patio suelta chorros de agua iluminada y le pone la guinda al pastel. Es

todo muy imponente.

Me detengo, paro el motor y me peleo con el seguro de la puerta para

salir del coche. De pie y agarrándome a la parte superior de la puerta del

Mini, alzo la vista hacia el magnífico edificio e inmediatamente pienso que

tiene que haber un error. Todo el lugar está en muy buen estado.

El césped está más verde que el verde, el exterior de la casa tiene

aspecto de recibir una limpieza diaria y parece que hasta a la grava le

pasan la aspiradora todos los días. A juzgar por el exterior, es imposible

imaginar que el interior necesite trabajo alguno. Miro las decenas de

ventanas correderas en voladizo y las lujosas cortinas que cuelgan de todas

ellas. Me siento tentada a llamar a Patrick para comprobar que me ha dado

la dirección correcta, pero en las puertas ponía La Mansión. Y es obvio que

el cretino miserable del otro lado del portero automático me estaba

esperando.

Mientras sopeso el siguiente movimiento, las puertas se abren y

aparece el hombre negro más grande que he visto en mi vida. Camina

tranquilamente hacia lo alto de la escalera. Parpadeo al verlo y doy un

pequeño paso atrás. Lleva un traje negro —seguro que hecho a medida,

porque no tiene una talla normal—, camisa negra y corbata negra. Da la

sensación de que le hayan sacado brillo a su cabeza afeitada y las gafas de

sol le ocultan el rostro. Si hubiese podido hacerme una imagen mental de

quién esperaba que saliera de detrás de aquellas puertas, seguro que nunca

me lo habría imaginado así. El tío es una montaña, y sé que estoy aquí de

pie mirándolo con la boca abierta y cara de tonta. De repente me preocupa

haber acabado en una especie de centro de control de la mafia y busco en

mi cerebro, intentando recordar si he metido la alarma antiviolación en el

bolso nuevo.

—¿La señorita Chaves? —pregunta arrastrando las palabras.

Me encojo ante su presencia imponente y levanto la mano a modo de

saludo nervioso.

—Hola —susurro. Mi voz se tiñe del recelo que siento en realidad.

—Por aquí —dice con voz profunda y atronadora. Hace un

movimiento limpio con la cabeza, se da la vuelta y regresa al interior de la

mansión.

Pienso seriamente en largarme sin más, aunque mi lado atrevido y

amante del peligro siente curiosidad por lo que hay al otro lado de las

puertas. Cojo el bolso, cierro la puerta del coche y busco mi alarma

antiviolación mientras me dirijo hacia la casa, pero descubro que me la he

dejado en el otro bolso. Sigo adelante de todos modos. Por pura curiosidad,

subo los escalones y cruzo el umbral hasta llegar a un recibidor enorme.

Observo con detenimiento el amplio espacio y de inmediato quedo

impresionada por la grandiosa escalera curvada que ocupa el centro de la

estancia y lleva al primer piso.

Mis miedos se confirman: el lugar está inmaculado.

La decoración es opulenta, lujosa, e intimida mucho. Los azules

profundos, los grises topo con toques de dorado y la ebanistería original,

junto con el suelo de parquet caoba oscuro, hacen que el lugar resulte

impresionante y extravagante en extremo. Es justo como esperaba que

fuera, y nada parecido al estilo de mis diseños. Pero, mirando a mi

alrededor, cada vez entiendo menos qué hace allí una diseñadora de

interiores. Patrick me comentó que pidieron que viniera yo en persona, así

que me había inclinado a pensar que querían modernizar el lugar, pero eso

fue antes de haberle echado un vistazo al exterior y ahora al interior. La

decoración encaja con la época de construcción. Está en perfecto estado.

¿Qué diablos hago yo aquí?

El grandullón gira a la derecha y tengo que seguirlo como puedo. Mis

tacones marrón tostado resuenan contra el suelo de parquet mientras me

conduce más allá de la escalera central, hacia la parte de atrás de La

Mansión.

Oigo el murmullo de una conversación y miro a mi derecha. Veo

mucha gente sentada a varias mesas, comiendo, bebiendo y charlando. Hay camareros sirviendo comida y bebida y las voces inconfundibles de The

Rat Pack ronronean de fondo. Frunzo el entrecejo, pero entonces lo pillo.

Es un hotel, un hotel de campo pijo. El alivio me relaja ligeramente los

hombros cuando llego a tal conclusión, pero eso sigue sin explicar qué

hago yo aquí. Pasamos por delante de unos baños y luego dejamos atrás un

bar. Hay unos cuantos hombres sentados en los taburetes de la barra,

contando chistes y metiéndose con una joven que, por lo que parece, ha

vuelto de los servicios con un trozo de papel higiénico pegado en el tacón.

Le da una palmada en el hombro al más bromista, y lo riñe medio en

broma mientras todos se ríen juntos a carcajadas.

Esto empieza a tener sentido. Quiero decirle algo a la montaña que me

hace de guía y me lleva sólo Dios sabe adónde, pero no ha vuelto la vista

atrás ni una vez para comprobar que lo sigo. Aunque el taconeo de mis

zapatos se lo confirma. No dice gran cosa y sospecho que no me

contestaría ni aunque le hablara.

Pasamos ante otras dos puertas cerradas. A juzgar por el tintineo de

las ollas, imagino que dan a la cocina. Luego me lleva a un salón de

verano: un espacio amplio, luminoso y espléndido, dividido en zonas de

descanso individuales mediante la colocación de los sofás, los sillones y

las mesas. Unas puertas dobles que van del suelo al techo completan el

cuadro de la estancia.

Desembocan en un patio de piedra arenisca de Yorkshire y una vasta

zona de césped. Es verdaderamente impresionante. Trago saliva con

dificultad cuando veo una estructura de cristal que alberga una piscina. Me

estremezco al pensar en el precio por noche de una habitación. Tiene que

ser de cinco estrellas, probablemente más.

Dejamos atrás el salón de verano y el grandullón me conduce por un

pasillo hasta detenerse ante una puerta de paneles de madera.

—El despacho del señor Alfonso —dice como un trueno, y llama a la

puerta con una delicadeza sorprendente, dado su tamaño de mastodonte.

—¿El encargado? —pregunto.

—El dueño —responde, y abre la puerta y entra de una zancada—.

Pase.

Titubeo en el umbral y observo cómo el grandullón entra en la

habitación que tengo delante. Al final, obligo a mis pies a ponerse en

acción, a avanzar hacia la habitación, mientras miro con fijeza el lujoso

despacho del señor Alfonso.


LEAN EL SIGUIENTE.........



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