jueves, 27 de febrero de 2014
Capitulo 4 ♥
Avanzo hacia la puerta. Tiene la mirada clavada en mí; me siento
como si me agujerease el vestido con su fuego. Giro el cuello a un lado y a
otro para intentar controlar la piel de gallina que me eriza la nuca.
Salgo a trompicones del despacho y avanzo por el pasillo antes de
cruzar el salón de verano y tropezar con unos baños ridículamente pijos.
Me abrazo frente al lavabo y me miro al espejo.
—Por Dios, Paula, ¡contrólate! —le gruño a mi reflejo.
—Ha conocido al señor, ¿verdad?
Me doy la vuelta y veo a una mujer de negocios muy atractiva que
juguetea con su pelo en el otro extremo del baño. No sé qué decir, pero
acaba de confirmar lo que yo ya sospechaba: produce este efecto en todas
las mujeres. Cuando mi cerebro fracasa y no consigo decir nada apropiado,
me limito a sonreír.
Me devuelve la sonrisa. Se está divirtiendo y sabe por qué estoy tan
aturullada. Luego desaparece de los servicios. Si no tuviera tanto calor y no
estuviese tan nerviosa, me sentiría avergonzada por lo evidente de mi
estado. Pero tengo calor y estoy muy nerviosa, así que me olvido de la
humillación, respiro hondo un par de veces y me lavo las manos sudadas
con jabón Noble Isle. Debería haberme traído el bolso. Me vendría bien un
poco de cacao para los labios. Sigo teniendo la boca seca y eso hace que
mis labios se resientan.
Vale, tengo que volver a salir ahí fuera, que me den los detalles y
largarme. El corazón me suplica que me relaje. Estoy muy avergonzada de
mí misma. Vuelvo a recogerme el pelo, salgo de los servicios y regreso al
despacho del señor Alfonso. No sé si voy a ser capaz de trabajar para este
hombre; me afecta demasiado.
Llamo a la puerta antes de entrar y lo encuentro sentado en el sofá
mirando mi portafolio.
Alza la vista y sonríe. Ahora sé que tengo que marcharme, de verdad.
Me es imposible trabajar con este hombre. Todas las moléculas de mi
inteligencia y mis facultades mentales se desvanecen súbitamente en su
presencia. Y lo peor de todo es que él lo sabe.
Me arengo mentalmente para animarme y me acerco a la mesa
ignorando el hecho de que Alfonso sigue cada uno de mis movimientos con la
mirada. Se reclina hacia atrás en el sofá para que pase por delante de él,
pero no lo hago. Me siento en el sofá de enfrente, justo en el borde.
Me lanza una mirada inquisitiva.
—¿Te encuentras bien?
—Sí —respondo sin más. Lo sabe—. ¿Quiere mostrarme dónde se
encuentra el futuro proyecto para que podamos hablar de los pormenores?
Obligo a mi voz a mostrar seguridad. Ahora sólo debo seguir el
protocolo. No tengo la menor intención de aceptar este contrato, pero
tampoco puedo marcharme así como así, por muy tentador que sea.
Enarca las cejas, sorprendido por mi cambio de estrategia.
—Claro.
Se levanta del sofá y da unas zancadas hacia el escritorio para coger el
móvil. Recojo mis cosas, las meto en el bolso y sigo su gesto, que me
indica el camino.
Me adelanta rápidamente, me abre la puerta y me hace una reverencia
galante y exagerada mientras la mantiene abierta. Le sonrío con educación,
a pesar de que sé que está jugando conmigo, y salgo al pasillo, hacia el
salón de verano. Me tenso en cuanto me pone la mano en la cintura para
guiarme.
¿A qué está jugando? Me esfuerzo cuanto puedo por ignorarlo, pero
tendría que estar muerta para no percibir el efecto que este hombre tiene en
mí. Sé que lo sabe. Tengo la piel ardiendo —seguro que le está calentando
la mano a través del vestido—, no puedo controlar la respiración y andar
me exige toda mi capacidad de coordinación y de todas mis fuerzas.
Soy patética, y es más que evidente que Alfonso está disfrutando con las
reacciones que provoca en mí. Debo de ser la mar de entretenida.
Enfadada conmigo misma, camino un poco más de prisa para romper
el contacto con la mano que mantiene en mi cintura. Me detengo al llegar a
un punto en el que hay dos rutas posibles.
Me alcanza y señala el exterior, el césped de las canchas de tenis.
—¿Sabes jugar?
Me entra la risa, pero es una risa incómoda.
—No. —Suelo correr y poco más. Dame un bate, una raqueta o una
pelota y ya verás la que lío. Ante mi reacción, las comisuras de sus labios
forman una sonrisa que resalta el verde de sus ojos y alarga sus generosas
pestañas. Sonrío y sacudo la cabeza, admirada ante este hombre glorioso.
—¿Y usted? —pregunto.
Continúa por el recibidor y yo lo sigo.
—No me importa jugar de vez en cuando, pero me van más los
deportes extremos.
Se detiene y yo con él. Tiene una forma física y un tono muscular que
son demasiado.
—¿Qué clase de deportes extremos?
—Snowboard, sobre todo. Pero he probado el rafting en aguas rápidas,
el puenting y el paracaidismo. Soy un poco adicto a la adrenalina. Me gusta
sentir la sangre bombeando en las venas. —Me observa mientras habla y
siento que me está analizando. Tendrían que anestesiarme para que yo me
atreviese con esos pasatiempos que bombean sangre en las venas. Prefiero
salir a correr de vez en cuando.
—Extremos —digo sin dejar de estudiar a ese hombre cuya edad
desconozco.
—Muy extremos —confirma en voz baja. La respiración se me
acelera de nuevo y cierro los ojos mientras me grito mentalmente por ser
tan patética.
—¿Seguimos? —pregunta. Percibo la sorna que tiñe su voz.
Abro los ojos y me encuentro con su penetrante mirada verde.
—Sí, por favor.
Ojalá dejase de mirarme así. Medio sonríe otra vez y se encamina
hacia el bar. Saluda a los hombres que he visto antes, dándoles palmaditas
en los hombros. La mujer ya no está. Los dos clientes del bar son muy
atractivos, jóvenes —probablemente aún no hayan cumplido los treinta— y
están sentados en los taburetes mientras beben botellines de cerveza.
—Chicos, os presento a Paula. Paula, éstos son Sam Ketl y Drew Davies.
—Buenas tardes —dice Drew con voz cansada. Parece un poco triste.
Su aspecto (es guapo si te gustan los tipos duros) y su carácter me dicen
que es inteligente, seguro de sí mismo y probablemente un hombre de
negocios. Lleva el pelo negro peinado a la perfección, el traje impoluto y
hace gala de una mirada astuta.
—Hola —sonrío educadamente.
—Bienvenida a la catedral del placer —ríe Sam al tiempo que levanta
el botellín—. ¿Puedo invitarte a una copa?
Veo que Alfonso sacude un poco la cabeza y pone los ojos en blanco.
Sam sonríe. Es el polo opuesto a Drew: informal y relajado, con unos
vaqueros viejos, una camiseta de Superdry y unas Converse. Tiene un
rostro insolente con un hoyuelo en la mejilla izquierda que lo favorece. Sus
ojos azules brillan, cosa que lo hace parecer aún más insolente, y lleva el
pelo rubio ceniza a la altura de los hombros y hecho un desastre.
—No, gracias —contesto.
Mueve la cabeza hacia Alfonso.
—¿Pedro?
—No, gracias. Le estoy enseñando a Paula la ampliación. Va a
encargarse del interiorismo —dice sonriéndome.
Me río por dentro. No lo haré si puedo evitarlo. De todos modos, se
está precipitando un poco, ¿no? Todavía no hemos hablado de las tarifas,
de lo que quiere, ni de nada.
—Ya era hora. Nunca hay habitaciones libres —gruñe Drew pegado a
su botellín. ¿Por qué nunca he oído hablar de este sitio?
—¿Qué tal el snowboard en Cortina, amigo mío? —pregunta Sam.
Alfonso se sienta en un taburete.
—Alucinante. La forma de esquiar de los italianos se parece bastante
a su estilo de vida relajado. —Esboza una gran sonrisa (la primera sonrisa
de verdad desde que lo conozco), recta, blanca y exuberante. Este hombre
es un dios—. Me levantaba tarde, encontraba una buena montaña, bajaba
las laderas hasta que me cedían las piernas, echaba la siesta, comía tarde y,
al día siguiente, vuelta a empezar. —Está hablando con todos pero me mira
a mí. Su pasión por los descensos queda reflejada en su amplia sonrisa.
No puedo evitar devolvérsela.
—¿Se le da bien? —pregunto, porque es lo único que se me ocurre.
Imagino que todo se le da bien.
—Muy bien —confirma. Asiento con un gesto de aprobación y, por
unos segundos, nuestras miradas se entrelazan. Soy la primera en apartarla.
—¿Continuamos? —pregunta tras bajarse del taburete y señalar la
salida.—
Sí. —Sonrío. Al fin y al cabo, se supone que he venido aquí a
trabajar. Lo único que he conseguido hasta el momento es un sofocón y una
lista de deportes extremos. Siento que estoy como en trance.
Desde el momento en que he atravesado las puertas he sabido que no
iba a ser una reunión normal y corriente, y estaba en lo cierto. A lo largo de
los cuatro años que llevo visitando a gente en sus casas, sus lugares de
trabajo y en edificios de nueva construcción, nunca me he topado con un
Pedro Alfonso.
Probablemente no vuelva a hacerlo. Sin duda, tengo un buen trabajo.
Me vuelvo hacia los dos chicos de la barra y me despido con una
sonrisa. Ellos levantan los botellines hacia mí antes de continuar con su
conversación. Camino en dirección a la puerta que lleva de vuelta al
recibidor y lo siento cerca, detrás de mí. Tan cerca que puedo olerlo. Cierro
los ojos y rezo una plegaria a Dios para que me saque pronto de ésta y, al
menos, con un mínimo de dignidad intacta. Es demasiado intenso y
estimula mis sentidos en un millón de direcciones distintas.
—Y ahora, la atracción principal. —Empieza a subir la amplia
escalera. Lo sigo mientras contemplo el vacío colosal que lleva a una zona
muy espaciosa—. Éstas son las habitaciones privadas —dice señalando
varias puertas.
Camino detrás de él admirando su adorable trasero, pensando que es
posible que tenga los andares más sexys que jamás haya tenido el
privilegio de ver. Cuando consigo apartar los ojos de su culo prieto veo
que, a intervalos regulares, hay al menos veinte puertas que llevan a otras
habitaciones Avanzamos hasta otra escalera grandiosa que lleva a un piso
superior.
Al pie de la escalera hay una preciosa vidriera y un arco que conduce
a otra ala.
—Ésta es la ampliación. —Me guía por una nueva ala de la mansión
—. Aquí es donde necesito tu ayuda —añade, y se detiene en la entrada de
un pasillo que lleva a diez habitaciones más.
—¿Es todo nuevo? —pregunto.
—Sí. De momento son cascarones vacíos, pero estoy seguro de que le
pondrás remedio. Te las enseñaré.
Me deja más que asombrada cuando me coge de la mano y tira de mí
por el pasillo hasta que alcanzamos la última puerta. ¡Qué inapropiado!
Todavía le suda la mano y estoy segura de que la mía tiembla entre sus
dedos. La sonrisa que me lanza con una ceja arqueada me dice que estoy en
lo cierto. Hay una especie de corriente eléctrica que fluye entre los dos y
hace que me estremezca.
LEAN EL SIGUIENTE....
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