viernes, 28 de febrero de 2014
Capitulo 9 ♥
—Señoritas. —Su voz grave y profunda me hace cosquillas en la piel.
No me ayuda a relajarme, precisamente.
—Hola —escupe Kate, y mastica a toda velocidad para librar a su
boca de la obstrucción que le impide hablar.
—¿Paula? —me saluda. Muevo mi hoja de lechuga en dirección a él
para indicarle que sé que está ahí sin tener que mirarlo. Se ríe un poco.
Con el rabillo del ojo, veo que se agacha hasta ponerse en cuclillas a
mi lado, pero aun así me niego a mirarlo. Apoya un brazo en la mesa y
oigo a Kate toser y escupir los restos de comida.
—Así está mejor —dice. Puedo sentir su aliento en la mejilla.
De mala gana, levanto la vista y bajo las pestañas veo que Kate me
está mirando boquiabierta, con los ojos como platos y en plan: «¡Sigue
aquí! ¡Habla con él, idiota!» No se me ocurre nada que decir. Este hombre
me ha dejado inútil otra vez.
Lo oigo suspirar.
—Soy Pedro Alfonso, encantado de conocerte. —Tiende la mano hacia el
otro lado de la mesa.
Kate la coge encantada.
—¿Pedro? —farfulla—. ¡Ah, Pedro! —Me mira de forma acusadora—.
Yo soy Kate. Paula me ha dicho que tienes un hotel pijo.
Le lanzo una mirada furibunda.
—¿Me ha mencionado? —pregunta con suavidad. No tengo que
mirarlo para saber que ha puesto cara de engreído satisfecho ante la noticia
—. Me gustaría saber qué más te habrá dicho.
—Nada. Poco más —dice Kate intentando arreglarlo, pero ya es
demasiado tarde para retractarse de la última frase. Le lanzo mi peor
mirada asesina.
—Poco más —contraataca él.
—Sí, poco más —sostiene Kate.
Harta del pequeño intercambio estéril con el que los dos parecen estar
disfrutando, me hago cargo de la situación y lo miro.
—Ha sido agradable volver a verlo. Adiós.
Nuestras miradas se cruzan de inmediato y sus ojos verdes, con los
párpados pesados, oscuros y exigentes, acaban conmigo. Siento su
respiración vacilante y aparto la mirada de la suya, pero sólo para llevarla
a su boca. Tiene los labios húmedos, entreabiertos, y, lentamente, saca un
poco la lengua y se la pasa muy despacio por el labio inferior. No puedo
dejar de mirarlo. Sin que nadie se lo ordene, mi lengua responde con una
feliz expedición por mi labio inferior. Traiciona mis intentos por aparentar
frialdad, como si aquello no me afectara... Pero más bien ocurre todo lo
contrario.
Esto es una locura. Esto... lo que sea que es... es una locura. Tiene
demasiada confianza en sí mismo y es un arrogante, pero probablemente
tenga motivos para serlo. Deseo desesperadamente que este hombre deje de
afectarme.
—¿Agradable? —Se inclina hacia adelante, me coge el muslo y la
lava líquida me inunda las ingles. Muevo las piernas y junto los muslos
para controlar la pulsación que amenaza con convertirse en una palpitación
tremenda—. Se me ocurren muchas palabras, Paula. «Agradable» no es una
de ellas. Te dejo para que medites sobre mi pregunta.
¡Por el amor de Dios! Trago saliva cuando se inclina hacia mí a media
altura y me posa los labios húmedos en la mejilla prolongando el beso toda
una eternidad. Aprieto los dientes intentando no volverme hacia él.
—Hasta pronto —susurra. Es una promesa. Suelta mi muslo tenso y se
levanta—. Encantado de conocerte, Kate.
—Mmm, lo mismo digo —responde pensativa.
Se marcha hacia la parte de atrás del bar. Ay, Dios, camina con
decisión y es de lo más sexy. Cierro los ojos para recuperar mis
habilidades mentales, que ahora mismo están hechas pedazos por el suelo
del bar. No tiene remedio. Me vuelvo hacia Kate y me encuentro con unos
acusadores ojos azules abiertos como platos y que me miran como si me
hubieran salido colmillos.
Las cejas le llegan a la línea de nacimiento del pelo.
—Joder, eso ha sido intenso —escupe hacia mi lado de la mesa.
—¿Tú crees? —Empiezo a juguetear con mi sándwich por el plato.
—Corta el rollo del bla-bla-bla ahora mismo o te meto el tenedor por
el culo, tan adentro que vas a masticar metal. ¿Sobre qué pregunta tienes
que meditar? —Su tono es fiero.
—No lo sé. —Me la quito de encima—. Es atractivo, arrogante y tiene
novia. —Le doy datos vagos.
Kate suelta un silbido largo y amplificado.
—Nunca había sentido nada parecido. Había oído hablar de ello, pero
nunca lo había presenciado.
—¿A qué te refieres? —le espeto.
Se inclina sobre la mesa, muy seria.
—¡Paula, la tensión sexual entre ese hombre y tú era tan fuerte que
hasta yo me he puesto cachonda! —ríe—. Te desea con ganas. No podría
haberlo dejado más claro ni aunque te hubiera abierto de piernas sobre la
mesa de billar. —Señala con el dedo, y voy yo y miro.
—Eso son imaginaciones tuyas —resoplo. Sé que no se inventa nada,
pero ¿qué puedo decirle?
—He visto el mensaje de texto y ahora al hombre en carne y hueso.
Está muy bueno... para ser mayor. —Se encoge de hombros.
—No me interesa.
—¡Ja! No te lo crees ni tú.
Le lanzo una mirada furibunda a mi mejor amiga.
—Me lo creeré.
—Ya me dirás qué tal te va. —Me la devuelve, más bien
entusiasmada.
LEAN EL SIGUIENTE.....
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