viernes, 28 de febrero de 2014
Capitulo 7 ♥
Después de dos reuniones de seguimiento con clientes y de parar en la
nueva casa del señor Muller en Holland Park para dejarle unas cuantas
muestras, estoy de vuelta en la oficina escuchando cómo Patrick despotrica
de Irene. Es lo habitual los lunes por la mañana después de que haya
soportado todo el fin de semana con su mujer y lejos de la oficina. La
verdad es que no sé cómo el pobre hombre la aguanta.
Tom entra con una sonrisa de oreja a oreja y de inmediato sé que ha
ligado durante el fin de semana.
—Cielo, ¡cuánto te he echado de menos! —Me da un beso sin llegar a
tocarme y se vuelve hacia Patrick, que se protege con las manos en un
gesto que dice: «¡Ni se te ocurra!» Tom pone los ojos en blanco, sin
ofenderse ni un ápice, y baila hasta llegar a su mesa.
—Buenos días, Tom —lo saludo con alegría.
—Esta mañana ha sido de lo más estresante. El señor y la señora
Baines han cambiado de opinión por enésima vez. He debido cancelar
todos los pedidos y reorganizar a una docena de obreros. —Mueve la
mano, frustrado—. Me han puesto una maldita multa por no colocar la
tarjeta de aparcamiento de residentes y, además, me he enganchado el
jersey nuevo en uno de esos horrendos pasamanos que hay a la salida del
Starbucks. —Se pone a tirar de la lana desgarrada del dobladillo de su
jersey rosa fucsia con cuello en V—. ¡Míralo, jolines! Menos mal que eché
un polvo anoche, porque si no estaría en el pozo de la desesperación. —Me
sonríe.
Lo sabía.
Patrick se va negando con la cabeza. Todos sus intentos por disminuir
el amaneramiento de Tom hasta niveles más tolerables han fracasado.
Ahora ya se ha rendido.
—¿Una buena noche? —pregunto.
—Maravillosa. He conocido a un hombre divino. Va a llevarme al
Museo de Historia Natural el fin de semana que viene. Es científico.
Somos almas gemelas, estoy seguro.
—¿Qué ha pasado con el entrenador personal? —vuelvo a preguntar.
Era su alma gemela de la semana pasada.
—Olvídalo, un desastre. Apareció el viernes en mi apartamento con
un DVD de Dirty Dancing y comida india para dos. ¿Te lo puedes creer?
—Me dejas de piedra —me burlo.
—Lo peor. No hace falta que te diga que no voy a volver a verlo. ¿Y
qué hay de ti, cielo? ¿Qué tal ese guapísimo ex novio tuyo? —Me guiña el
ojo. Tom no oculta que Matias lo atrae, cosa que a mí me hace gracia pero
que incomoda a Matias.
—Está bien. Sigue siendo mi ex y sigue siendo hetero.
—Qué lástima. Avísame cuando entre en razón. —Tom se marcha
tranquilamente, retocándose el tupé rubio y perfecto.
—Sally, te mando por correo electrónico la factura por una consulta
de diseño para el señor Alfonso. ¿Podrías asegurarte de que se envía hoy
mismo?
—Así lo haré, Paula. ¿Pago a siete días?
—Sí, gracias. —Regreso a mi mesa y continúo casando colores.
Alargo el brazo para coger el móvil cuando empieza a bailar por mi mesa.
Miro la pantalla y casi me caigo de la silla al ver en ella el nombre de
«Pedro». Lo miro durante unos segundos, hasta que mi cerebro se repone
del susto y el corazón se me acelera en el pecho. Pero ¿qué demonios...?
Yo no guardé su número, Patrick no me lo dio y, tras pasarle el
proyecto el viernes, ya no lo necesitaba. Decía en serio lo de que no iba a
volver. Y, en cualquier caso, no lo habría grabado con su nombre de pila.
Sostengo el teléfono en la mano, echo un vistazo a la oficina para ver si el
ruido ha llamado la atención de alguno de mis compañeros. No lo ha
hecho. Lo dejo sonar. ¿Qué querrá?
Voy al despacho de Patrick a preguntarle si ha informado al señor
Alfonso del cambio de planes, pero entonces vuelve a sonar y me frena en
seco. Respiro hondo y contesto.
Si Patrick no ha hablado aún con él, lo haré yo. Y si no le gusta, mala
suerte. A duras penas he logrado convencerme a mí misma de que le he
pasado el contrato a Patrick porque él es más apto que yo para el proyecto.
Sé muy bien que ésa no es toda la verdad.
—Hola —respondo. Pataleo ligeramente en el suelo porque el saludo
suena un tanto receloso. Quería sonar segura y llena de confianza en mí
misma.
—¿Paula? —Su voz ronca tiene el mismo impacto que el viernes en
mis débiles sentidos, pero al menos por teléfono no puede ver cómo
tiemblo.
—¿Quién es? —Muy bien. Mucho mejor. Profesional y tranquila.
Se ríe y me hace bajar la guardia.
—Sé que sabes la respuesta a esa pregunta porque mi nombre aparece
en tu teléfono. —Tierra trágame—. ¿Estás intentando hacerte la
interesante?
¡Será arrogante! ¿Cómo lo sabe? Pero entonces caigo en la cuenta.
—Metió su teléfono en mi lista de contactos. —Ya lo entiendo.
¿Cuándo lo hizo? Repaso mentalmente nuestra reunión y decido que fue
durante mi visita al baño, porque dejé el portafolio y el móvil en la mesa.
¡No puedo creer que curioseara en mi móvil!
—Necesito poder localizarte.
Oh, no. Está claro que Patrick no se lo ha dicho. De todos modos, uno
no va por ahí tocando móviles ajenos. Se lo tiene muy creído. ¿Y lo de
grabarse como «Pedro»? Es un pelín demasiado familiar.
—Patrick debería haber contactado con usted —lo informo con
frialdad—. Me temo que no puedo ayudarlo, pero él estará encantado de
hacerlo.
—Patrick ya ha hablado conmigo —responde. Suspiro de alivio, pero
en seguida frunzo el ceño. Entonces ¿por qué me llama?—. Estoy seguro
de que Patrick estará encantado de ayudarme, pero yo no tanto.
Me quedo boquiabierta. ¿Quién se cree que es? ¿Me ha llamado para
decirme que no le gusta? Este hombre se pasa de arrogante. Cierro la boca.
—Siento mucho oírlo. —No parece que lo sienta; parece que estoy
enfadada.
—¿De verdad?
Y vuelve a pillarme por sorpresa. No, no lo siento, pero eso no voy a
decírselo.
—Sí —miento. Quiero añadir que nunca podría trabajar con un cerdo
guapo y arrogante como él, pero me contengo. No sería muy profesional.
LEAN EL SIGUIENTE........
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