—Pedro, la señorita Chaves, Rococo Union —anuncia el grandullón.
—Perfecto. Gracias, John.
Me sacan de mi estado de admiración y paso directamente al de alerta.
Mi espalda se tensa.
No puedo verlo, el inmenso cuerpo del grandullón lo tapa, pero esa
voz áspera y suave hace que me quede helada en el sitio y sin duda no
parece provenir de un «señor de La Mansión» fumador, obeso y que lleva
gabardina.
El grandullón, o John, ahora que sé cómo se llama, se aparta y me deja
echarle un primer vistazo al señor Pedro Alfonso.
Ay, Dios mío. El corazón me golpea el esternón y mi respiración
alcanza velocidades peligrosas. De repente me siento mareada y mi boca
ignora las instrucciones de mi cerebro para que, al menos, diga algo. Me
quedo ahí parada, sin más, mirando a ese hombre mientras él, a su vez, me
mira a mí. Su voz ronca me ha dejado de piedra, pero verlo... En fin, me he
quedado estupefacta, temblorosa e incapaz de dar señales de inteligencia.
Se levanta de la silla, y mi mirada lo sigue hasta que se pone
completamente en pie.
Es muy alto. Lleva las mangas de la camisa blanca recogidas, pero
conserva la corbata negra, aflojada, colgando delante del ancho tórax.
Rodea el enorme escritorio y camina despacio hacia mí. Es entonces
cuando recibo el verdadero impacto. Trago saliva. Este hombre es tan
perfecto que casi me resulta doloroso. Tiene el pelo rubio oscuro y da la
sensación de que haya intentado arreglárselo de alguna manera pero haya
desistido. Sus ojos son verde pardusco, pero brillantes y demasiado
intensos, y la sombra que le cubre la mandíbula cuadrada no logra ocultar
los hermosos rasgos que hay debajo. Está ligeramente bronceado y tiene el
punto justo de... Ay, Dios mío, es devastador. ¿El señor de La Mansión?
—Señorita Chaves. —Su mano viene hacia mí, pero no consigo que
mi brazo se levante y la estreche. Es guapísimo.
Cuando no le ofrezco la mano, se acerca y me pone las suyas sobre los
hombros; luego se inclina para besarme y sus labios rozan ligeramente mi
mejilla ardiente. Me tenso de pies a cabeza. Noto los latidos de mi corazón
en los oídos y, aunque es del todo inapropiado para una reunión de
negocios, no hago nada para detenerlo. No doy una.
—Es un placer —me susurra al oído, lo cual sólo sirve para hacerme
emitir un pequeño gemido.
Sé que nota lo tensa que estoy —no es difícil, me he quedado rígida —, porque afloja las manos y baja el rostro para ponerlo a mi altura. Me
mira directamente a los ojos.
—¿Se encuentra bien? —pregunta con una de las comisuras de los
labios levantada en una especie de sonrisa. Veo que una sola arruga le
cruza la frente.
Salgo de mi ridículo estado inerte y de repente me doy cuenta de que
todavía no he dicho nada. ¿Ha notado mi reacción ante él? ¿Y el
grandullón? Miro alrededor y lo veo inmóvil, con las gafas todavía puestas,
pero sé que me está mirando a los ojos. Me doy un empujón mental y
retrocedo un paso, lejos de Alfonso y de su potente abrazo. Deja caer las
manos a los costados.
—Hola —carraspeo para aclararme la garganta—. Paula. Me llamo
Paula. —Le tiendo la mano, pero no se da prisa en aceptarla; es como si no
tuviera claro si es seguro o no, pero la estrecha...
Al final.
Tiene la mano algo sudada y le tiembla un poco cuando aprieta la mía
con firmeza. Saltan chispas y una mirada curiosa revolotea por su increíble
rostro. Ambos retiramos las manos, sorprendidos.
—Paula. —Prueba mi nombre entre sus labios y tengo que recurrir a
todas mis fuerzas para no volver a gemir. Debería dejar de hablar, de
inmediato.
—Sí, Paula —le confirmo. Ahora es él quien parece haberse retirado a
su Nirvana particular, mientras que yo soy cada vez más consciente de que
me está subiendo la temperatura.
De pronto, parece recobrar la compostura, se mete las manos en los
bolsillos del pantalón, mueve ligeramente la cabeza y se retira hacia atrás.
—Gracias, John. —Hace un gesto con la cabeza al grandullón, que le devuelve una pequeña sonrisa que suaviza sus rasgos duros. Luego se
marcha.
Estoy a solas con este hombre que me ha dejado sin habla, inmóvil y
prácticamente inútil.
Señala hacia dos sillones de cuero marrón situados uno frente a otro
en el mirador, con una mesita de café entre ambos.
—Por favor, toma asiento. ¿Puedo ofrecerte algo para beber? —
Aparta la mirada de la mía y camina hacia un mueble con varias botellas
de licor alineadas encima. Seguro que no se refiere a algo con alcohol. Es
mediodía. Es demasiado pronto incluso para mí. Observo que se queda
junto al mueble durante unos segundos antes de volver el rostro hacia mí y
mirarme expectante.
—No, gracias. —Niego con la cabeza mientras hablo, por si acaso no
me salen las palabras.
—¿Agua? —pregunta con esa sonrisa jugando en las comisuras de su
boca.
«Por Dios, no me mires.»
—Por favor. —Me sale una sonrisa nerviosa. Tengo la boca seca.
Coge dos botellas de agua de la nevera integrada y regresa hacia mí.
Es entonces cuando logro convencer a mis piernas temblorosas de que me
lleven al otro lado del despacho, al sofá.
—¿Paula? —Su voz me atraviesa y me hace titubear a mitad de camino.
Me doy la vuelta para mirarlo. Probablemente sea una mala idea.
—¿Sí?
Sostiene un vaso de tubo.
—¿Vaso?
—Sí, por favor. —Sonrío. Debe de pensar que no soy nada
profesional. Me acomodo en el sofá de cuero, saco mi carpeta y mi
teléfono del bolso y los coloco en la mesa que tengo delante.
Me doy cuenta de que me tiemblan las manos.
Venga, mujer, ¡tranquilízate! Finjo tomar notas cuando se acerca y
coloca una botella de agua y un vaso para mí en la mesita. Se sienta en el
otro sofá y cruza una pierna por encima de la otra, de manera que un
tobillo descansa sobre el muslo. Se recuesta contra el respaldo. Se está poniendo cómodo, y el silencio que se impone entre los dos grita mientras
escribo cualquier cosa con tal de no mirarlo. Sé que tengo que mirar a
aquel hombre y decir algo en algún momento, pero todas las preguntas
habituales han huido, gritando y chillando, de mi cerebro.
—¿Por dónde empezamos? —pregunta. Eso me obliga a levantar la
vista y dar señales de que he oído sus palabras. Sonríe. Me derrito.
Me está observando por encima de la botella mientras la levanta para
acercársela a esos labios tan adorables. Rompo el contacto visual para
inclinarme y servirme un poco más de agua en el vaso. Me está costando
dominar los nervios y todavía puedo sentir su mirada. Esto es muy raro.
Nunca me había afectado tanto un hombre.
—Supongo que debería contarme por qué estoy aquí. —¡Puedo
hablar! Le devuelvo la mirada mientras cojo el vaso de la mesita.
—Ah —dice en voz baja. Ahí está la arruga en la frente. Aun así,
sigue siendo guapísimo.
—¿Pidió que viniera yo en concreto? —lo presiono.
—Sí —se limita a responder. Vuelve a sonreír. Tengo que apartar la
mirada.
Bebo un sorbo de agua para humedecerme la boca seca y me aclaro la
garganta antes de volver a enfrentarme a su poderosa mirada.
—¿Puedo preguntar por qué?
—Puedes. —Descruza la pierna, se inclina para dejar la botella en la
mesita y apoya los antebrazos en las rodillas, pero no dice nada más. ¿No
va a continuar la frase?
—Vale. —Me cuesta mantener el contacto visual—. ¿Por qué?
—He oído hablar muy bien de ti.
Noto que la cara se me pone roja.
—Gracias. ¿Por qué estoy aquí?
—Pues para diseñar. —Se echa a reír y me siento estúpida y también
algo molesta. ¿Se está burlando de mí?
—¿Diseñar el qué? —pregunto—. Por lo que he visto, todo está más
bien perfecto. —Estoy segura de que no quiere que modernice este lugar
tan encantador. Quizá no sea mi fuerte, pero reconozco las cosas con clase
cuando las veo.
—Gracias —dice con suavidad—. ¿Has traído tu portafolio?
—Por supuesto —contesto mientras alcanzo mi bolso. Por qué quiere
verlo es algo que no entiendo. No contiene nada que se parezca a este
lugar. Lo pongo sobre la mesita, delante de él, y espero que lo arrastre hacia
sí, pero —¡horror!— se levanta con un movimiento fluido, me rodea y
sienta su adorable y esbelto cuerpo en el sofá que hay a mi lado. Jesús.
Huele a gloria bendita (a agua fresca y mentolada). Contengo la
respiración.
—Eres muy joven para ser una diseñadora consumada —reflexiona
mientras pasa lentamente las páginas de mi portafolio.
Tiene razón, lo soy. Es todo gracias a que Patrick me dio vía libre en
la expansión de su negocio. En cuatro años he dejado la universidad, he
conseguido trabajo en una empresa de diseño de interiores consolidada —
que tenía estabilidad económica, pero que carecía de un enfoque fresco en
nuevas tendencias— y además me he labrado un nombre en la profesión.
He tenido suerte y agradezco la confianza de Patrick en mis habilidades.
Eso, sumado a mi trabajo en el Lusso, es por lo que estoy donde estoy a los
veintiséis años.
Bajo la mirada hacia su encantadora mano. Un precioso Rolex de oro
y grafito le adorna la muñeca.
—¿Qué edad tiene? —digo sin pensar. Madre mía. Mi cerebro es un
huevo revuelto y sé que acabo de sonrojarme hasta adquirir un tono rojo
chillón. Debería mantener la boca cerrada. ¿De dónde diablos ha salido
eso?
Me mira fijamente, sus ojos verdes abrasan los míos.
—Veintiuno —responde con cara de póquer.
Me río burlona y él arquea unas cejas inquisitivas.
—Lo siento —murmuro, y vuelvo a mirar a la mesa. Me pone
nerviosa. Lo oigo exhalar profundamente y su adorable mano se acerca de
nuevo al portafolio y empieza a pasar las páginas otra vez. Mantiene la
mano izquierda apoyada sobre el borde de la mesa.
No veo ningún anillo. ¿No está casado? ¿Cómo es posible?
—Esto me gusta mucho —dice al tiempo que señala una fotografía
del Lusso.
—No estoy segura de que lo que hice en el Lusso funcione aquí —
digo con calma. Es demasiado moderno; muy lujoso, pero demasiado
moderno.
Alza la vista hacia mí.
—Tienes razón, sólo digo... que me gusta mucho.
—Gracias. —Siento que me suben los colores mientras me estudia
atentamente antes de volver a mi portafolio.
Cojo el agua y resisto la tentación de ponerme el vaso en la frente
para calmarme, pero casi lo hago cuando su muslo, embutido en los
pantalones, roza mi rodilla desnuda. Cambio de postura rápidamente para
romper el contacto y, con el rabillo del ojo, veo que en las comisuras de
sus labios se está dibujando una pequeña sonrisa de satisfacción. Lo está
haciendo a propósito. Esto es demasiado.
—¿Dónde está el servicio? —pregunto al volver a dejar el vaso
encima de la mesa.
Necesito ir y recomponerme. Estoy hecha un manojo de nervios.
Se levanta rápidamente del sofá y retrocede para dejarme pasar.
—Cruzando el salón de verano a la izquierda —dice con una sonrisa.
Sabe el efecto que está teniendo sobre mí. El modo en que me sonríe me
dice que es consciente de ello. Apuesto a que las mujeres siempre
reaccionan así con él.
—Gracias. —Me pongo de lado para poder pasar por el hueco que hay
entre el sofá y la mesita, pero se convierte en el más difícil todavía cuando
él no hace el más mínimo esfuerzo para dejarme más espacio. Tengo que
rozarlo para pasar, y eso me hace contener la respiración hasta que estoy lejos de su cuerpo.
ESPERO QUE LES GUSTE!
GRACIAS POR LEER Y SI QUIEREN QUE SE LAS PASE ME AVISAN! ♥
buenísimos los capítulos,seguí subiendo.
ResponderEliminarGuauuuu ¡ atracción al 100% jajajaj me gusta :)
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