viernes, 28 de febrero de 2014

Capitulo 10 ♥



Vuelvo a la oficina y me paso el resto del día sin hacer absolutamente

nada. Jugueteo con el boli, voy al baño quince veces y finjo escuchar a

Tom hablar sin cesar del Orgullo Gay y todo lo demás. Mi teléfono suena

cuatro veces —y las cuatro resulta ser Pedro Alfonso— y rechazo todas y cada

una de las llamadas. Me asombra la persistencia de ese hombre, y la

confianza que tiene en sí mismo.

¿Cuánto gritaría?

¡Estoy perpleja!

Soy feliz, estoy disfrutando de mi libertad y no tengo intención de

modificar mis planes de seguir soltera y sin compromiso. No voy a liarme

con un extraño, por muy guapo que sea. Y lo cierto es que está para

chuparse los dedos. Además, es demasiado mayor para mí y, todavía más

importante, está claro que ya está pillado, lo que hace aún más evidente el

hecho de que es todo un donjuán. No es la clase de hombre por la que me

conviene sentir atracción, caramba, y menos después de Matias y sus

infidelidades. Necesito un hombre que sea fiel, protector y que cuide de

mí. Y a ser posible que tenga mi edad. ¿Cuántos años tendrá?

El teléfono me informa de que tengo un mensaje de texto y doy un

salto que me saca de mis cavilaciones. Sé de quién es antes de verlo.

"No es agradable que te rechacen. ¿Por qué no me coges el teléfono? Bs, P"

Me río sola, lo que llama la atención de Victoria, que está rebuscando

en el archivador que hay cerca de mi mesa. Sus cejas perfectamente

depiladas se arquean. No creo que ese tío esté acostumbrado al rechazo.

—Es Kate —digo a modo de explicación, y ella vuelve a rebuscar en

el archivador.

Debería ser obvio por qué no le cojo el dichoso teléfono. No quiero

hablar con él. Me pone de los nervios, me provoca demasiadas reacciones

y, para ser sincera, no confío en mi cuerpo cuando lo tengo cerca. Parece

que responde a su presencia sin que ni mi cerebro ni yo le digamos nada, y

eso puede ser muy peligroso.

Mi móvil vuelve a sonar y rechazo la llamada rápidamente. ¡Dame un

minuto para que responda! ¿Acaso voy a responder? No voy a librarme

nunca de él. Necesito mostrarme implacable.

Si tiene que hablar de las especificaciones, debería llamar a Patrick, no a mí.

Toma. Sin firma y, desde luego, sin beso. No se lo he deletreado, pero

debería captar el mensaje. Dejo el móvil en la mesa, decidida a hacer algo

productivo, pero vuelve a sonar. Lo levanto de inmediato y, con la mano

libre, cojo el café.

"Mis especificaciones son hacerte gritar. No creo que Patrick pueda ayudarme con eso.

Me muero de ganas. ¿Crees que tendré que amordazarte? Bs, P"

Me atraganto y escupo el café sobre la mesa. ¡Será descarado! ¿Hasta

dónde llega la desfachatez y la desvergüenza de un hombre? ¿Me ha

tomado por una chica fácil o algo así?

Pongo el móvil en silencio y lo aprieto asqueada contra la mesa. No

tengo intención de contestarle. Si lo hago, lo estaré animando. Existe una

línea muy fina entre la confianza en uno mismo y la arrogancia, y Pedro

Alfonso la supera con creces. Siento lástima por la pobre morritos carnosos.

¿Sabe que su hombre se dedica a perseguir a mujeres jóvenes?

La pantalla del móvil se ilumina de nuevo. Lo cojo y lo apago antes de

que nadie se dé cuenta. Abro un cajón, lo meto dentro y cierro de golpe.

Captará el mensaje.

Intento sacar adelante algo de trabajo, pero estoy demasiado distraída.

En mis correos electrónicos aparecen palabras extrañas —que no tienen

cabida en la correspondencia profesional— mientras tecleo en el

ordenador, ausente. Suena el teléfono de la oficina.

Levanto la vista y veo que Sally no está en su mesa, así que lo cojo yo.

—Buenas tardes. Rococo Union.

—¡No cuelgues! —dice a toda velocidad.

Me yergo en la silla. Incluso su tono de urgencia me pone la piel de

gallina. No va a ceder. Está muy curtido.

—Paula, lo siento. Lo siento mucho.

—¿De verdad? —No puedo ocultar la sorpresa de mi voz. Pedro Alfonso

no parece la clase de hombre que se disculpa porque sí.

—Sí, de verdad. Te he hecho sentir incómoda. Me he pasado de la

raya. —Parece sincero—. Te he molestado. Por favor, acepta mis

disculpas.

Yo no diría que su atrevimiento y sus comentarios me hayan

molestado. Me han dejado a cuadros, más bien. Supongo que hay quien

incluso admiraría la confianza en sí mismo que tiene.

—De acuerdo —digo vacilante—. ¿Así que ya no quiere hacerme

gritar ni amordazarme?

—Pareces decepcionada, Paula.

—Para nada —le suelto.

Hay un breve silencio antes de que él vuelva a hablar.

—¿Podemos empezar de cero? Nos centraremos en lo profesional, por

supuesto.

Ah, no. Quizá lo sienta de verdad, pero eso no elimina el efecto que

tiene sobre mí. Y tampoco se me quita de la cabeza que todo podría ser un

plan para camelarme y así poder perseguirme a gusto.

—Señor Alfonso, de verdad que no soy la persona adecuada para este

trabajo. —Me doy la vuelta en la silla para ver si Patrick está en su

despacho. Así es—. Señor Alfonso, ¿le paso con Patrick? —Rezo

mentalmente para que pille la indirecta.

—Llámame Pedro. Me haces sentir mayor cuando me llamas «señor

Alfonso» —gruñe. Cierro el pico cuando mis labios se abren y casi se me

escapa la pregunta. Todavía siento curiosidad, pero no voy a volver a

preguntárselo—. Paula, si te hace sentir mejor, puedes tratar con John. ¿Cuál

es el siguiente paso?

¿Sí? ¿Me haría sentir mejor? Todo lo que Alfonso tiene de atrevido, lo

tiene el grandullón de intimidatorio. No estoy segura de que me sintiese

más cómoda con su oferta de tratar con John en vez de con él, pero el

hecho de que esté dispuesto a hacerlo me dice que de verdad quiere que yo

me encargue del diseño. Me imagino que es un cumplido. La Mansión

quedaría genial en mi portafolio.

—Necesito medir las habitaciones y hacer algunos bocetos. —Escupo

las palabras impulsivamente.

—Perfecto. —Parece aliviado—. Haré que John te acompañe por las

habitaciones. Puede aguantarte la cinta métrica. ¿Qué tal mañana?

¿Mañana? Sí que está impaciente. Resulta que no puedo. Tengo varias

citas a lo largo del día.

Y el miércoles tampoco puede ser.

—No puedo ni mañana ni el miércoles. Lo siento.

—Vaya —dice en voz baja—. ¿Trabajas por las noches?

¿Trabajo por las noches? Bueno, no me gusta en especial, pero

muchos de mis clientes están en sus despachos de nueve a cinco y no

pueden quedar en horas de oficina. Prefiero trabajar hasta última hora los

fines de semana. Nunca dejo que me convenzan para visitas en fin de

semana.

—Podría ir mañana por la tarde —digo pasando la página de mi

agenda para ver lo que tengo al día siguiente. Mi última cita es a las cinco,

con la señora Kent—. ¿A eso de las siete? —pregunto mientras anoto su

nombre a lápiz.

—Perfecto. Me gustaría decir que me hace mucha ilusión, pero no

puede ser porque no te veré. —No lo veo, pero sé que, seguramente, está

sonriendo. Su tono de voz lo delata. No puede evitarlo—. Avisaré a John de

que llegarás a las siete.

—Alrededor de las siete —añado. No sé cuánto tardaré en salir de la

ciudad a esa hora.

—Alrededor de las siete —confirma—. Gracias, Paula.

—De nada, señor Alfonso. Adiós. —Cuelgo y empiezo a darme

golpecitos con la uña en uno de los dientes de arriba.

—¿Paula? —Patrick me llama desde su despacho.

—¿Sí? —Giro la silla para verlo.

—La Mansión. Te quieren a ti, flor. —Se encoge de hombros y vuelve

a la pantalla de su ordenador.

No, Alfonso me quiere a mí.




GRACIAS POR LEER! ♥


Capitulo 9 ♥



—Señoritas. —Su voz grave y profunda me hace cosquillas en la piel.

No me ayuda a relajarme, precisamente.

—Hola —escupe Kate, y mastica a toda velocidad para librar a su

boca de la obstrucción que le impide hablar.

—¿Paula? —me saluda. Muevo mi hoja de lechuga en dirección a él

para indicarle que sé que está ahí sin tener que mirarlo. Se ríe un poco.

Con el rabillo del ojo, veo que se agacha hasta ponerse en cuclillas a

mi lado, pero aun así me niego a mirarlo. Apoya un brazo en la mesa y

oigo a Kate toser y escupir los restos de comida.

—Así está mejor —dice. Puedo sentir su aliento en la mejilla.

De mala gana, levanto la vista y bajo las pestañas veo que Kate me

está mirando boquiabierta, con los ojos como platos y en plan: «¡Sigue

aquí! ¡Habla con él, idiota!» No se me ocurre nada que decir. Este hombre

me ha dejado inútil otra vez.

Lo oigo suspirar.

—Soy Pedro Alfonso, encantado de conocerte. —Tiende la mano hacia el

otro lado de la mesa.

Kate la coge encantada.

—¿Pedro? —farfulla—. ¡Ah, Pedro! —Me mira de forma acusadora—.

Yo soy Kate. Paula me ha dicho que tienes un hotel pijo.

Le lanzo una mirada furibunda.

—¿Me ha mencionado? —pregunta con suavidad. No tengo que

mirarlo para saber que ha puesto cara de engreído satisfecho ante la noticia

—. Me gustaría saber qué más te habrá dicho.

—Nada. Poco más —dice Kate intentando arreglarlo, pero ya es

demasiado tarde para retractarse de la última frase. Le lanzo mi peor

mirada asesina.

—Poco más —contraataca él.

—Sí, poco más —sostiene Kate.

Harta del pequeño intercambio estéril con el que los dos parecen estar

disfrutando, me hago cargo de la situación y lo miro.

—Ha sido agradable volver a verlo. Adiós.

Nuestras miradas se cruzan de inmediato y sus ojos verdes, con los

párpados pesados, oscuros y exigentes, acaban conmigo. Siento su

respiración vacilante y aparto la mirada de la suya, pero sólo para llevarla

a su boca. Tiene los labios húmedos, entreabiertos, y, lentamente, saca un

poco la lengua y se la pasa muy despacio por el labio inferior. No puedo

dejar de mirarlo. Sin que nadie se lo ordene, mi lengua responde con una

feliz expedición por mi labio inferior. Traiciona mis intentos por aparentar

frialdad, como si aquello no me afectara... Pero más bien ocurre todo lo

contrario.

Esto es una locura. Esto... lo que sea que es... es una locura. Tiene

demasiada confianza en sí mismo y es un arrogante, pero probablemente

tenga motivos para serlo. Deseo desesperadamente que este hombre deje de

afectarme.

—¿Agradable? —Se inclina hacia adelante, me coge el muslo y la

lava líquida me inunda las ingles. Muevo las piernas y junto los muslos

para controlar la pulsación que amenaza con convertirse en una palpitación

tremenda—. Se me ocurren muchas palabras, Paula. «Agradable» no es una

de ellas. Te dejo para que medites sobre mi pregunta.

¡Por el amor de Dios! Trago saliva cuando se inclina hacia mí a media

altura y me posa los labios húmedos en la mejilla prolongando el beso toda

una eternidad. Aprieto los dientes intentando no volverme hacia él.

—Hasta pronto —susurra. Es una promesa. Suelta mi muslo tenso y se

levanta—. Encantado de conocerte, Kate.

—Mmm, lo mismo digo —responde pensativa.

Se marcha hacia la parte de atrás del bar. Ay, Dios, camina con

decisión y es de lo más sexy. Cierro los ojos para recuperar mis

habilidades mentales, que ahora mismo están hechas pedazos por el suelo

del bar. No tiene remedio. Me vuelvo hacia Kate y me encuentro con unos

acusadores ojos azules abiertos como platos y que me miran como si me

hubieran salido colmillos.

Las cejas le llegan a la línea de nacimiento del pelo.

—Joder, eso ha sido intenso —escupe hacia mi lado de la mesa.

—¿Tú crees? —Empiezo a juguetear con mi sándwich por el plato.

—Corta el rollo del bla-bla-bla ahora mismo o te meto el tenedor por

el culo, tan adentro que vas a masticar metal. ¿Sobre qué pregunta tienes

que meditar? —Su tono es fiero.

—No lo sé. —Me la quito de encima—. Es atractivo, arrogante y tiene

novia. —Le doy datos vagos.

Kate suelta un silbido largo y amplificado.

—Nunca había sentido nada parecido. Había oído hablar de ello, pero

nunca lo había presenciado.

—¿A qué te refieres? —le espeto.

Se inclina sobre la mesa, muy seria.

—¡Paula, la tensión sexual entre ese hombre y tú era tan fuerte que

hasta yo me he puesto cachonda! —ríe—. Te desea con ganas. No podría

haberlo dejado más claro ni aunque te hubiera abierto de piernas sobre la

mesa de billar. —Señala con el dedo, y voy yo y miro.

—Eso son imaginaciones tuyas —resoplo. Sé que no se inventa nada,

pero ¿qué puedo decirle?

—He visto el mensaje de texto y ahora al hombre en carne y hueso.

Está muy bueno... para ser mayor. —Se encoge de hombros.

—No me interesa.

—¡Ja! No te lo crees ni tú.

Le lanzo una mirada furibunda a mi mejor amiga.

—Me lo creeré.

—Ya me dirás qué tal te va. —Me la devuelve, más bien

entusiasmada.


LEAN EL SIGUIENTE.....


Capitulo 8 ♥



Lo oigo suspirar.

—No creo que lo sientas, Paula. —Mi nombre suena a terciopelo en sus

labios, y me provoca un estremecimiento familiar. ¿Cómo sabe que no lo

siento?—. Creo que me estás evitando —añade.

Como esto siga así, voy a dislocarme la mandíbula. Provoca

sentimientos nada deseables en mí, y el hecho de saber que tiene una

relación con alguien no ayuda nada.

—¿Por qué iba a hacer yo algo así? —digo con atrevimiento. Eso

debería obligarlo a callar.

—Pues porque te sientes atraída hacia mí.

—¿Perdone? —le espeto. Su soberbia no tiene límites. ¿Es que no

tiene vergüenza? El hecho de que haya dado en el clavo no es relevante.

Habría que estar ciega, sorda y tonta para no sentirse atraída por aquel

hombre. Es la perfección personificada, y está claro que lo sabe.

Suspira.

—He dicho que...

—Ya, le he oído —lo interrumpo—. Es que no puedo creerme que lo

haya dicho. —Me desplomo sobre mi silla.

Nunca he visto nada parecido. Me deja pasmada. ¿El tipo tiene a una

persona especial en su vida y está flirteando por teléfono conmigo?

¡Menudo donjuán! Tengo que volver a centrar la conversación en lo

profesional y colgar cuanto antes.

—Le pido disculpas por no estar disponible para su proyecto —suelto

de un tirón, y cuelgo. Me quedo mirando el teléfono.

Ha sido una falta de educación y nada profesional, pero es tan lanzado

que me ha dejado estupefacta. Cada minuto que transcurre tengo más claro

que pasarle el contrato a Patrick ha sido lo más sensato. Me llega un

mensaje de texto.

No lo has negado. Que sepas que el sentimiento es mutuo. Bs, P

«¡Me cago en la hostia!» Me llevo la mano a la boca y aprieto con

fuerza para evitar que las palabrotas mentales salgan de mis labios. No, no

lo he negado. ¿Y él se siente atraído por mí? ¿Soy un pelín joven para él o

él es demasiado mayor para mí? ¿Besos? Cabrón engreído. No contesto; no

tengo ni idea de cómo responder. En vez de eso, meto el móvil en el bolso

y me voy a comer con Kate.

—¡Madre mía! —exclama Kate al mirar mi móvil. Su pelo rojo,

recogido en una cola de caballo, ondea de un lado a otro cuando menea la

cabeza—. ¿Le has contestado? —Me mira expectante.

—Dios, no —me río. ¿Qué me aconsejaría que le dijese? Me tiene

pasmada.

—¿Y tiene novia?

—Sí —asiento al tiempo que enarco las cejas.

Deja el teléfono encima de la mesa.

—Qué pena.

¿Sí? La verdad es que simplifica bastante las cosas. Eso supera sin

duda las reacciones que provoca en mí. Kate es mucho más atrevida que

yo. Le habría contestado algo sorprendente y sugerente, y es probable que

lo hubiese dejado boquiabierto. Esta chica podría competir con cualquier

devoradora de hombres. Como es muy lanzada, los espanta a casi todos en

la primera cita; sólo los más fuertes sobreviven. El pelo rojo y largo de

Kate tiene tanta personalidad como ella. Es una mujer segura de sí misma,

independiente y decidida.

—La verdad es que no —musito, y cojo mi vaso de vino de la hora de

comer para darle un sorbo—. Además, sólo hace cuatro semanas que Matias

y yo hemos roto. No quiero hombres en mi vida, de ninguna clase. —Me

gusta sonar decidida—. Estoy disfrutando de estar soltera y sin ataduras

por primera vez en mi vida —añado. Así es como me siento. Estuve cuatro

años con Matias y, antes de eso, mantuve una relación de tres años con

Adam. —¿Has visto al capullo? —Kate pone cara de asco cuando menciono

el nombre de mi ex.

No soporta a Matias, y se alegró de que rompiera con él. Que Kate lo

pillara in fraganti con una compañera de trabajo en un taxi sólo confirmó

lo que yo ya sabía. No sé por qué hice la vista gorda durante tanto tiempo.

Cuando hablé con él, con calma, se deshizo en disculpas y casi se desmaya

cuando le dije que no me importaba. Era verdad, y yo también estaba

sorprendida. La relación se había terminado y él opinaba lo mismo. Todo

fue muy amistoso, para disgusto de Kate. Ella quería vajillas rotas e

intervenciones policiales.

—No —respondo.

—Nos lo estamos pasando bien, ¿verdad? —Me sonríe, y entonces

llega la camarera con nuestra comida.

—Voy al servicio. —Me levanto y dejo a Kate comiendo patatas fritas

con mayonesa.

Después de entrar en el baño, me miro al espejo, me retoco el brillo de

labios y me atuso el pelo.

Hoy se está portando bien, así que lo llevo suelto sobre los hombros.

Me aliso los pantalones capri negros y me quito un par de pelos de la blusa

de color crema. El teléfono suena cuando voy de camino al bar. Lo saco de

bolso y pongo los ojos en blanco al ver que es él otra vez. Probablemente

se esté preguntando dónde está mi respuesta a su nada apropiado mensaje

de texto. No voy a entrar en ese juego.

—Rechazar —le digo al teléfono. Aprieto con decisión el botón rojo y

vuelvo a guardarlo en el bolso mientras avanzo por el pasillo—. Uy, lo

siento mucho —farfullo al darme de bruces contra un tórax.

Es un torso firme, y el embriagador perfume a agua fresca que me

inunda me resulta muy familiar. Mis piernas se niegan a moverse y no sé

qué voy a ver si levanto la vista. Sus brazos ya están alrededor de mi

cintura, sujetándome, y mis ojos quedan a la altura de la parte superior de

su pecho.

Veo cómo le late el corazón a través de la camisa.

—¿Rechazar? —dice en voz baja—. Eso me ha dolido.

Me aparto de su abrazo e intento recobrar la compostura. Está

impresionante, con un traje gris marengo y una camisa blanca y planchada.

Mi incapacidad para apartar la vista de su pecho por miedo a quedar

hipnotizada por sus potentes ojos verdes hace que me entre la risa.

—¿Qué te hace tanta gracia? —me pregunta. Sospecho que frunce el

ceño ante mis carcajadas, aunque, como me niego a mirarlo, no puedo

confirmarlo.

—Lo siento. No miraba por dónde iba. —Lo esquivo, pero me coge

del codo y detiene mi huida.

—Antes de irte, dime una cosa, Paula. —Su voz despierta mis sentidos

y mis ojos viajan por su cuerpo esbelto hasta que nuestras miradas se

encuentran. Está serio, pero sigue siendo impresionante—. ¿Cuánto crees

que vas a gritar cuando te folle?

«¿QUÉ?»

—¿Perdone? —consigo espetarle pese a que mi lengua parece de

trapo.Medio sonríe ante mi sorpresa. Me levanta la barbilla con el índice y

la empuja hacia arriba para hacerme callar.

—Piénsalo. —Me suelta el codo.

Le lanzo una mirada furibunda antes de volver a nuestra mesa con el

paso más firme que mis temblorosas piernas me permiten. ¿Lo he oído

bien? Me siento en la silla y me bebo todo el vino intentando humedecer

mi boca seca.

Cuando miro a Kate, está boquiabierta. Sobre su lengua veo los trozos

a medio masticar de patatas fritas y de pan. No es nada bonito.

—¿Quién coño es ése? —balbucea con la boca llena.

—¿Quién? —Miro alrededor haciéndome la loca.

—Ése. —Kate señala con el tenedor—. ¡Mira!

—Lo he visto, pero no lo conozco —respondo molesta.

«¡Déjalo ya!»

—Viene hacia aquí. ¿Seguro que no lo conoces? Joder, está

buenísimo. —Me mira. Me encojo de hombros.

Vete, por favor. Vete. ¡Vete! Cojo un solitario trozo de lechuga de mi

sándwich de beicon, lechuga y tomate y empiezo a mordisquear los bordes.

Me pongo tensa y sé que se está acercando porque Kate levanta la vista

para adaptarla a su altura. ¡Ojalá cerrase la dichosa boca de una vez!


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Capitulo 7 ♥



Después de dos reuniones de seguimiento con clientes y de parar en la

nueva casa del señor Muller en Holland Park para dejarle unas cuantas

muestras, estoy de vuelta en la oficina escuchando cómo Patrick despotrica

de Irene. Es lo habitual los lunes por la mañana después de que haya

soportado todo el fin de semana con su mujer y lejos de la oficina. La

verdad es que no sé cómo el pobre hombre la aguanta.

Tom entra con una sonrisa de oreja a oreja y de inmediato sé que ha

ligado durante el fin de semana.

—Cielo, ¡cuánto te he echado de menos! —Me da un beso sin llegar a

tocarme y se vuelve hacia Patrick, que se protege con las manos en un

gesto que dice: «¡Ni se te ocurra!» Tom pone los ojos en blanco, sin

ofenderse ni un ápice, y baila hasta llegar a su mesa.

—Buenos días, Tom —lo saludo con alegría.

—Esta mañana ha sido de lo más estresante. El señor y la señora

Baines han cambiado de opinión por enésima vez. He debido cancelar

todos los pedidos y reorganizar a una docena de obreros. —Mueve la

mano, frustrado—. Me han puesto una maldita multa por no colocar la

tarjeta de aparcamiento de residentes y, además, me he enganchado el

jersey nuevo en uno de esos horrendos pasamanos que hay a la salida del

Starbucks. —Se pone a tirar de la lana desgarrada del dobladillo de su

jersey rosa fucsia con cuello en V—. ¡Míralo, jolines! Menos mal que eché

un polvo anoche, porque si no estaría en el pozo de la desesperación. —Me

sonríe.

Lo sabía.

Patrick se va negando con la cabeza. Todos sus intentos por disminuir

el amaneramiento de Tom hasta niveles más tolerables han fracasado.

Ahora ya se ha rendido.

—¿Una buena noche? —pregunto.

—Maravillosa. He conocido a un hombre divino. Va a llevarme al

Museo de Historia Natural el fin de semana que viene. Es científico.

Somos almas gemelas, estoy seguro.

—¿Qué ha pasado con el entrenador personal? —vuelvo a preguntar.

Era su alma gemela de la semana pasada.

—Olvídalo, un desastre. Apareció el viernes en mi apartamento con

un DVD de Dirty Dancing y comida india para dos. ¿Te lo puedes creer?

—Me dejas de piedra —me burlo.

—Lo peor. No hace falta que te diga que no voy a volver a verlo. ¿Y

qué hay de ti, cielo? ¿Qué tal ese guapísimo ex novio tuyo? —Me guiña el

ojo. Tom no oculta que Matias lo atrae, cosa que a mí me hace gracia pero

que incomoda a Matias.

—Está bien. Sigue siendo mi ex y sigue siendo hetero.

—Qué lástima. Avísame cuando entre en razón. —Tom se marcha

tranquilamente, retocándose el tupé rubio y perfecto.

—Sally, te mando por correo electrónico la factura por una consulta

de diseño para el señor Alfonso. ¿Podrías asegurarte de que se envía hoy

mismo?

—Así lo haré, Paula. ¿Pago a siete días?

—Sí, gracias. —Regreso a mi mesa y continúo casando colores.

Alargo el brazo para coger el móvil cuando empieza a bailar por mi mesa.

Miro la pantalla y casi me caigo de la silla al ver en ella el nombre de

«Pedro». Lo miro durante unos segundos, hasta que mi cerebro se repone

del susto y el corazón se me acelera en el pecho. Pero ¿qué demonios...?

Yo no guardé su número, Patrick no me lo dio y, tras pasarle el

proyecto el viernes, ya no lo necesitaba. Decía en serio lo de que no iba a

volver. Y, en cualquier caso, no lo habría grabado con su nombre de pila.

Sostengo el teléfono en la mano, echo un vistazo a la oficina para ver si el

ruido ha llamado la atención de alguno de mis compañeros. No lo ha

hecho. Lo dejo sonar. ¿Qué querrá?

Voy al despacho de Patrick a preguntarle si ha informado al señor

Alfonso del cambio de planes, pero entonces vuelve a sonar y me frena en

seco. Respiro hondo y contesto.

Si Patrick no ha hablado aún con él, lo haré yo. Y si no le gusta, mala

suerte. A duras penas he logrado convencerme a mí misma de que le he

pasado el contrato a Patrick porque él es más apto que yo para el proyecto.

Sé muy bien que ésa no es toda la verdad.

—Hola —respondo. Pataleo ligeramente en el suelo porque el saludo

suena un tanto receloso. Quería sonar segura y llena de confianza en mí

misma.

—¿Paula? —Su voz ronca tiene el mismo impacto que el viernes en

mis débiles sentidos, pero al menos por teléfono no puede ver cómo

tiemblo.

—¿Quién es? —Muy bien. Mucho mejor. Profesional y tranquila.

Se ríe y me hace bajar la guardia.

—Sé que sabes la respuesta a esa pregunta porque mi nombre aparece

en tu teléfono. —Tierra trágame—. ¿Estás intentando hacerte la

interesante?

¡Será arrogante! ¿Cómo lo sabe? Pero entonces caigo en la cuenta.

—Metió su teléfono en mi lista de contactos. —Ya lo entiendo.

¿Cuándo lo hizo? Repaso mentalmente nuestra reunión y decido que fue

durante mi visita al baño, porque dejé el portafolio y el móvil en la mesa.

¡No puedo creer que curioseara en mi móvil!

—Necesito poder localizarte.

Oh, no. Está claro que Patrick no se lo ha dicho. De todos modos, uno

no va por ahí tocando móviles ajenos. Se lo tiene muy creído. ¿Y lo de

grabarse como «Pedro»? Es un pelín demasiado familiar.

—Patrick debería haber contactado con usted —lo informo con

frialdad—. Me temo que no puedo ayudarlo, pero él estará encantado de

hacerlo.

—Patrick ya ha hablado conmigo —responde. Suspiro de alivio, pero

en seguida frunzo el ceño. Entonces ¿por qué me llama?—. Estoy seguro

de que Patrick estará encantado de ayudarme, pero yo no tanto.

Me quedo boquiabierta. ¿Quién se cree que es? ¿Me ha llamado para

decirme que no le gusta? Este hombre se pasa de arrogante. Cierro la boca.

—Siento mucho oírlo. —No parece que lo sienta; parece que estoy

enfadada.

—¿De verdad?

Y vuelve a pillarme por sorpresa. No, no lo siento, pero eso no voy a

decírselo.

—Sí —miento. Quiero añadir que nunca podría trabajar con un cerdo

guapo y arrogante como él, pero me contengo. No sería muy profesional.


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jueves, 27 de febrero de 2014

Capitulo 6 ♥



Vale, supongo que debe de ser la esposa. Pero no lleva anillo, así que

quizá sea la novia. Sea como sea, me quedo perpleja, porque él no me quita

los ojos de encima ni se molesta en contestar a su pregunta. Ella se da la

vuelta para ver qué le está robando su atención y me mira con recelo. Me

cae mal al instante, y no tiene nada que ver con el hombre al que está

abrazando.

—¿Y tú eres...? —ronronea.

Cambio de postura, incómoda. Me siento como si me hubieran pillado

haciendo una travesura.

Bueno, es que me han pillado. He tenido reacciones extremadamente

indeseadas hacia su novio.

Una irracional punzada de celos me apuñala. ¡Esto es ridículo!

Sonrío con dulzura.

—Yo ya me iba. Adiós. —Me doy la vuelta y prácticamente salgo

corriendo hacia la puerta y escalones abajo. Me subo de un salto al coche,

dejo escapar un enorme suspiro y, cuando mis pulmones me agradecen el

aire fresco, me reclino en el asiento y empiezo a hacer ejercicios para

normalizar la respiración.

Voy a tener que pasarle el proyecto a Tom. Me echo a reír, es una idea

estúpida. Tom es gay. Alfonso le afectará tanto como a mí. A pesar de que

está pillado, sigo sin poder trabajar con él. Sacudo la cabeza, incrédula, y

arranco el coche.

Mientras conduzco por el camino de grava, miro cómo la imponente

mansión se hace cada vez más pequeña en mi retrovisor. Y allí, de pie en lo

alto de la escalera, viéndome marchar, está Pedro Alfonso.

—¡Has vuelto! Estaba a punto de llamarte —exclama Kate sin

levantar la vista de la figura de los novios que está colocando sobre la tarta

de bodas que debe decorar. Tiene la lengua fuera, apoyada sobre el labio

inferior. Me hace sonreír—. ¿Te apetece salir? —Sigue sin mirarme.

Es algo bueno. Estoy segura de que mi cara me delataría si intentara

fingir que no pasa nada. Todavía estoy alterada por mi cita del mediodía

con cierto señor de La Mansión. No tengo energía para arreglarme y salir.

—¿Y si guardamos fuerzas para mañana? —Tengo que intentarlo. Sé

que eso significa una botella de vino en el sofá, pero al menos podré

ponerme el pijama y relajarme. Después del día que he tenido, mi mente va

a toda pastilla y necesito desconectar. Me duele la cabeza y no he podido

concentrarme en todo el día.

—Perfecto. Termino la tarta y soy toda tuya. —Le da la vuelta al

pastel de fruta sobre el pedestal y echa unas gotas de pegamento

comestible en la cobertura—. ¿Qué tal el día en el campo?

¡Ja! ¿Qué le digo? Esperaba encontrarme a un paleto pomposo que ha

resultado ser un dios, guapo a rabiar. Pidió que fuera yo expresamente, su

tacto me convirtió en lava ardiendo, no puedo mirarlo a los ojos por miedo

a desmayarme y le ha gustado mi vestido. En vez de eso, contesto:

—Interesante.

Levanta la vista.

—Cuenta —me responde. Le brillan los ojos y se inclina de nuevo

sobre la tarta, con la lengua fuera otra vez.

—No era lo que me esperaba. —Me quito una pelusa imaginaria del

vestido azul marino para intentar restarle importancia.

—No me cuentes lo que te esperabas y dime qué te has encontrado. —

Ha dejado de intentar colocar a los novios en lo alto de la tarta. En vez de

eso, me mira fijamente. Tiene cobertura en la punta de la nariz, pero la

ignoro.—

El dueño. —Me encojo de hombros mientras jugueteo con mi

cinturón marrón tostado.

—¿El dueño? —pregunta con los labios fruncidos.

—Sí, Pedro Alfonso, el dueño. —Me quito más pelusas imaginarias del

vestido.

—Pedro Alfonso, el dueño. —Me imita, y a continuación hace un gesto

hacia uno de los sillones semicirculares de su taller—. ¡Siéntate! ¿Por qué

intentas parecer tan tranquila? No engañas a nadie. Tienes las mejillas del

color de esa cobertura. —Señala una tarta con forma de camión de

bombero que hay en la estantería de metal—. ¿Por qué el dueño, Pedro Alfonso, no era como esperabas?

«¡Porque estaba muy bueno!» Me dejo caer en el sillón con el bolso

en el regazo mientras Kate, de pie, se da golpecitos en la palma de la mano

con el mango de una espátula. Al final, se acerca y se sienta en el sillón de

enfrente.

—Cuéntame —me presiona. Sabe que tengo algo que contar.

Me encojo de hombros.

—El hombre es atractivo y lo sabe. —Los ojos se le iluminan y los

golpes de la espátula se tornan cada vez más rápidos. Quiere más drama.

Le encanta. Cuando Matias y yo rompimos, fue la primera en aparecer para

ver el espectáculo en calidad de amiga. No tenía por qué haberse

molestado. Lo dejamos de mutuo acuerdo. Fue una ruptura amistosa y

bastante aburrida. No destrozamos la vajilla y ningún vecino tuvo que

llamar a la policía.

—¿Qué edad tiene? —pregunta con avidez.

Ahí me ha pillado. Todavía me tortura haber soltado una pregunta tan

inapropiada en una reunión de negocios. No valía la pena ni que me

sintiera avergonzada, porque estaba claro que estaba jugando conmigo.

Me encojo de hombros.

—Dijo que veintiuno, pero por lo menos tiene diez más.

—¿Se lo has preguntado? —La mandíbula le llega al regazo.

—Sí. Se me escapó en un momento en el que el filtro cerebro-boca me

falló del todo. No me siento orgullosa —murmuro—. He quedado como

una idiota, Kate. Nunca me había sentido así con un hombre. Pero éste... En

fin, te habrías avergonzado de mí.

Suelta una sonora carcajada.

—¡Paula, tengo que enseñarte habilidades sociales! —Se recuesta con

brusquedad sobre el respaldo del sillón y lame la cobertura de la espátula.

—Sí, por favor —gruño, y estiro la mano hacia ella. Me pasa la

espátula y empiezo a lamer los bordes. Hace un mes que vivo con Kate y

sobrevivo a base de vino, azúcar para cobertura y masa para tartas. No

puede decirse que la ruptura me haya quitado el apetito—. Estaba muy

seguro de sí mismo —digo entre lametones.

—¿En qué sentido?

—Ese tío sabía que provocaba ciertas reacciones en mí. Seguro que

daba pena verme. Ha sido patético.

—¿Tanto?

Sacudo la cabeza.

—Exageradamente patético.

—Seguro que no vale nada en la cama —musita Kate—. Todos los

guapos son así. ¿Y las especificaciones?

—Una ampliación de diez dormitorios. Pensaba que iba a una

mansión de campo, pero es un superhotel pijo con spa. La Mansión. ¿Lo

conoces?

Kate pone cara de no tener ni idea.

—No —responde, y se levanta para apagar el horno—. ¿Puedo ir

contigo la próxima vez?

—No. No pienso regresar. No puedo trabajar así. Además, tiene novia

y no puedo volver a mirarlo a los ojos, no después del numerito de hoy. —

Me levanto del sillón y tiro la espátula al cuenco vacío—. Se lo he pasado

a Patrick. ¿Y el vino?

—En la nevera.

Subimos al apartamento y nos ponemos el pijama. Dejo el bolso en la

cama y la cala hace su aparición estelar. Elegancia sencilla. La cojo y le

doy vueltas entre los dedos; luego la tiro a la papelera. Olvidado...

Ya con la ropa cómoda, meto en el reproductor de DVD la última

novedad del videoclub, salto al sofá con Kate e intento concentrarme en la

película.

Es imposible. El ojo de mi mente está invadido por las imágenes de

un hombre de ojos verdes, rubio, esbelto y de edad desconocida con unos

andares para babear y toneladas de atractivo sexual. Me quedo dormida con

las palabras «Pero te quiero a ti» rebotando en mi cabeza. No tan olvidado...



GRACIAS POR LEER!! ♥♥



Capitulo 5 ♥



Abre las puertas y me mete en una habitación recién enlucida. Es

enorme, y las ventanas encajan con el resto de la propiedad. Quien quiera

que la construyese hizo un trabajo excelente.

—¿Son todas tan grandes? —pregunto, y doblo los dedos hasta que

me suelta la mano. ¿Se comporta así con todas las mujeres? Es

desconcertante.

—Sí.

Me dirijo hacia al centro de la habitación mientras miro a mi

alrededor. Tiene un buen tamaño.

Veo que hay otra puerta.

—¿Tiene baño? —Mientras hablo, voy hacia la puerta y entro.

—Sí.

Las habitaciones son enormes, especialmente teniendo en cuenta

cómo suelen ser en los hoteles. Podrían hacerse muchas cosas. Me sentiría

muy emocionada si no estuviese tan preocupada por lo que se espera de mí.

Esto no es el Lusso. Salgo del cuarto de baño y encuentro a Alfonso apoyado

en la pared, con las manos en los bolsillos, los párpados caídos y los ojos

oscuros mirándome. Dios mío, este hombre es puro sexo. Es casi una pena

que el diseño tradicional no tenga cabida en mi historia como diseñadora.

No me interesa lo más mínimo.

—No estoy segura de ser la persona adecuada para este trabajo. —

Sueno apesadumbrada. No pasa nada, porque lo estoy. Me apena no poder

controlarme. Me mira, con esos ojos verde pardusco que atacan mis

defensas, y me doy la vuelta sobre los talones.

—Creo que tienes lo que quiero —dice en voz baja.

«¡Mi madre!»

—Lo mío siempre ha sido el lujo moderno. —Echo otro vistazo a la

habitación y, despacio, vuelvo a dejar que mi mirada se pose en él—. Estoy

segura de que quedará más satisfecho con Patrick o con Tom. Ellos se

encargan de nuestros proyectos de época.

Reflexiona sobre lo que he dicho durante un segundo, hace de nuevo

ese movimiento de cabeza y se aparta de la pared impulsándose con los

omoplatos.

—Pero te quiero a ti.

—¿Por qué?

—Tienes pinta de ser muy buena.

Se me escapa un suspiro involuntario entre los labios al escuchar sus

palabras. No sé cómo interpretarlas. ¿Se refiere a mi habilidad como

diseñadora o a otra cosa? El modo en que me mira me dice que es a la otra

cosa. Está un pelín demasiado seguro de sí mismo.

—¿Especificaciones? —pregunto. De nuevo, no se me ocurre otra

cosa. Vuelvo a sonrojarme.

Una sonrisa juguetea en las comisuras de sus labios.

—Sensual, íntimo, lujoso, estimulante, reconstituyente... —Hace una

pausa para valorar mi reacción.

Frunzo el ceño. No es lo habitual. No ha mencionado ni relajante, ni

funcional, ni práctico.

—Vale. ¿Hay algo en particular que deba incluir? —vuelvo a

preguntar. ¿Por qué me molesto en averiguar las respuestas?

—Una cama grande y muchas aplicaciones de pared —contesta de una

tirada.—

¿Qué clase de aplicaciones?

—Grandes, de madera. Ah, la iluminación tiene que ser la adecuada.

—¿La adecuada para qué? —No puedo evitar el tono de confusión.

Sonríe y me derrito en un charco de hormonas calientes.

—Para las especificaciones, claro.

Ay, Dios, debe de estar pensando que soy una lerda.

—Sí, claro. —Levanto la vista y veo que unas vigas robustas cruzan el

techo. El edificio es nuevo pero no son vigas falsas—. ¿Las hay en todas

las habitaciones?

Vuelvo a mirarlo a los ojos.

—Sí, son esenciales. —Su voz es grave y seductora. No estoy segura

de poder aguantar mucho más.

Cojo el cuaderno de especificaciones del cliente y empiezo a tomar

notas.—

¿Hay algún color en particular que deba incluir o evitar?

—No, puedes volverte loca.

Levanto la cabeza para mirarlo.

—¿Perdone?

Sonríe.

—Que hagas lo que quieras.

Ah, bueno, no voy a volverme loca con nada porque no va a volver a

verme por aquí. Pero debería conseguir la máxima información para poder

pasársela a Patrick o a Tom con al menos un mínimo de datos.

—Ha mencionado una cama grande. ¿De algún tipo en particular? —

pregunto intentando mantener la profesionalidad.

—No. Sólo que sea muy grande.

Flaqueo a mitad de la nota, levanto la vista y veo que me está

observando. Me siento idiota porque me pone muy nerviosa.

—¿Qué hay de los tejidos?

—Sí, muchos tejidos. —Empieza a caminar hacia mí—. Me gusta tu

vestido —susurra.

Mierda, ¡tengo que salir de aquí!

—Gracias —digo con un gritito agudo mientras voy de camino a la

puerta—. Ya tengo todo lo que necesito. —No es verdad, pero no puedo

quedarme ni un minuto más. Este hombre me nubla los sentidos—.

Prepararé algunos bocetos. —Salgo al pasillo y voy directa al comienzo de

la escalera.

Maldita sea, cuando me he despertado esta mañana esto era lo último

que me esperaba. Una mansión de campo pija —con un dueño guapísimo

como colofón— no forma parte de mi rutina diaria.

Consigo llegar a la escalera y la bajo a una velocidad estúpida,

teniendo en cuenta los altísimos tacones marrón tostado que llevo puestos.

Pongo los pies en el suelo de parquet preguntándome cómo diablos he

llegado aquí.

—Espero noticias tuyas, Paula. —Su voz ronca me recorre el cuerpo.

Alfonso me alcanza al final de la escalera y me tiende la mano. La acepto por

temor a que, si no lo hago, se acerque y vuelva a ponerme los labios

encima.

—Tiene un hotel encantador —digo de corazón. Estoy empezando a

desear que el contenido de mi bolso consistiera en unas bragas limpias, una

venda, tapones para los oídos y algún tipo de armadura. Con eso habría

estado más preparada.

Levanta las cejas, mantiene mi mano en la suya y, lentamente, la

aprieta. La corriente que viaja por nuestras manos unidas hace que me

tense de pies a cabeza.

—Tengo un hotel encantador —repite pensativo. La corriente se

convierte en una descarga eléctrica y retiro la mano en un acto reflejo. Me

mira inquisitivo—. Ha sido un placer conocerte, Paula. De verdad. —Hace

énfasis en «De verdad».

—Lo mismo digo —susurro.

Veo que su mirada se clava en mí durante un instante y empieza a

mordisquearse el labio inferior. Se desplaza hacia la mesa central del

recibidor. Saca una sola cala del jarrón que preside el mueble y la estudia

un momento antes de ofrecérmela.

—Elegancia sencilla —dice con suavidad.

No sé por qué, quizá porque mi cerebro está muerto, pero la cojo.

—Gracias.

Se mete la otra mano en el bolsillo y me observa de cerca.

—De nada. —Su mirada viaja de mis ojos a mis labios. Retrocedo

unos pasos.

—¡Por fin te encuentro! —Una mujer sale del bar y se acerca a Alfonso.

Es atractiva: rubia, de estatura media, con el pelo escalado y labios rojos y

carnosos. Lo besa en la mejilla—. ¿Estás listo?


LEAN EL SIGUIENTE...



Capitulo 4 ♥



Avanzo hacia la puerta. Tiene la mirada clavada en mí; me siento

como si me agujerease el vestido con su fuego. Giro el cuello a un lado y a

otro para intentar controlar la piel de gallina que me eriza la nuca.

Salgo a trompicones del despacho y avanzo por el pasillo antes de

cruzar el salón de verano y tropezar con unos baños ridículamente pijos.

Me abrazo frente al lavabo y me miro al espejo.

—Por Dios, Paula, ¡contrólate! —le gruño a mi reflejo.

—Ha conocido al señor, ¿verdad?

Me doy la vuelta y veo a una mujer de negocios muy atractiva que

juguetea con su pelo en el otro extremo del baño. No sé qué decir, pero

acaba de confirmar lo que yo ya sospechaba: produce este efecto en todas

las mujeres. Cuando mi cerebro fracasa y no consigo decir nada apropiado,

me limito a sonreír.

Me devuelve la sonrisa. Se está divirtiendo y sabe por qué estoy tan

aturullada. Luego desaparece de los servicios. Si no tuviera tanto calor y no

estuviese tan nerviosa, me sentiría avergonzada por lo evidente de mi

estado. Pero tengo calor y estoy muy nerviosa, así que me olvido de la

humillación, respiro hondo un par de veces y me lavo las manos sudadas

con jabón Noble Isle. Debería haberme traído el bolso. Me vendría bien un

poco de cacao para los labios. Sigo teniendo la boca seca y eso hace que

mis labios se resientan.

Vale, tengo que volver a salir ahí fuera, que me den los detalles y

largarme. El corazón me suplica que me relaje. Estoy muy avergonzada de

mí misma. Vuelvo a recogerme el pelo, salgo de los servicios y regreso al

despacho del señor Alfonso. No sé si voy a ser capaz de trabajar para este

hombre; me afecta demasiado.

Llamo a la puerta antes de entrar y lo encuentro sentado en el sofá

mirando mi portafolio.

Alza la vista y sonríe. Ahora sé que tengo que marcharme, de verdad.

Me es imposible trabajar con este hombre. Todas las moléculas de mi

inteligencia y mis facultades mentales se desvanecen súbitamente en su

presencia. Y lo peor de todo es que él lo sabe.

Me arengo mentalmente para animarme y me acerco a la mesa

ignorando el hecho de que Alfonso sigue cada uno de mis movimientos con la

mirada. Se reclina hacia atrás en el sofá para que pase por delante de él,

pero no lo hago. Me siento en el sofá de enfrente, justo en el borde.

Me lanza una mirada inquisitiva.

—¿Te encuentras bien?

—Sí —respondo sin más. Lo sabe—. ¿Quiere mostrarme dónde se

encuentra el futuro proyecto para que podamos hablar de los pormenores?

Obligo a mi voz a mostrar seguridad. Ahora sólo debo seguir el

protocolo. No tengo la menor intención de aceptar este contrato, pero

tampoco puedo marcharme así como así, por muy tentador que sea.

Enarca las cejas, sorprendido por mi cambio de estrategia.

—Claro.

Se levanta del sofá y da unas zancadas hacia el escritorio para coger el

móvil. Recojo mis cosas, las meto en el bolso y sigo su gesto, que me

indica el camino.

Me adelanta rápidamente, me abre la puerta y me hace una reverencia

galante y exagerada mientras la mantiene abierta. Le sonrío con educación,

a pesar de que sé que está jugando conmigo, y salgo al pasillo, hacia el

salón de verano. Me tenso en cuanto me pone la mano en la cintura para

guiarme.

¿A qué está jugando? Me esfuerzo cuanto puedo por ignorarlo, pero

tendría que estar muerta para no percibir el efecto que este hombre tiene en

mí. Sé que lo sabe. Tengo la piel ardiendo —seguro que le está calentando

la mano a través del vestido—, no puedo controlar la respiración y andar

me exige toda mi capacidad de coordinación y de todas mis fuerzas.

Soy patética, y es más que evidente que Alfonso está disfrutando con las

reacciones que provoca en mí. Debo de ser la mar de entretenida.

Enfadada conmigo misma, camino un poco más de prisa para romper

el contacto con la mano que mantiene en mi cintura. Me detengo al llegar a

un punto en el que hay dos rutas posibles.

Me alcanza y señala el exterior, el césped de las canchas de tenis.

—¿Sabes jugar?

Me entra la risa, pero es una risa incómoda.

—No. —Suelo correr y poco más. Dame un bate, una raqueta o una

pelota y ya verás la que lío. Ante mi reacción, las comisuras de sus labios

forman una sonrisa que resalta el verde de sus ojos y alarga sus generosas

pestañas. Sonrío y sacudo la cabeza, admirada ante este hombre glorioso.

—¿Y usted? —pregunto.

Continúa por el recibidor y yo lo sigo.

—No me importa jugar de vez en cuando, pero me van más los

deportes extremos.

Se detiene y yo con él. Tiene una forma física y un tono muscular que

son demasiado.

—¿Qué clase de deportes extremos?

—Snowboard, sobre todo. Pero he probado el rafting en aguas rápidas,

el puenting y el paracaidismo. Soy un poco adicto a la adrenalina. Me gusta

sentir la sangre bombeando en las venas. —Me observa mientras habla y

siento que me está analizando. Tendrían que anestesiarme para que yo me

atreviese con esos pasatiempos que bombean sangre en las venas. Prefiero

salir a correr de vez en cuando.

—Extremos —digo sin dejar de estudiar a ese hombre cuya edad

desconozco.

—Muy extremos —confirma en voz baja. La respiración se me

acelera de nuevo y cierro los ojos mientras me grito mentalmente por ser

tan patética.

—¿Seguimos? —pregunta. Percibo la sorna que tiñe su voz.

Abro los ojos y me encuentro con su penetrante mirada verde.

—Sí, por favor.

Ojalá dejase de mirarme así. Medio sonríe otra vez y se encamina

hacia el bar. Saluda a los hombres que he visto antes, dándoles palmaditas

en los hombros. La mujer ya no está. Los dos clientes del bar son muy

atractivos, jóvenes —probablemente aún no hayan cumplido los treinta— y

están sentados en los taburetes mientras beben botellines de cerveza.

—Chicos, os presento a Paula. Paula, éstos son Sam Ketl y Drew Davies.

—Buenas tardes —dice Drew con voz cansada. Parece un poco triste.

Su aspecto (es guapo si te gustan los tipos duros) y su carácter me dicen

que es inteligente, seguro de sí mismo y probablemente un hombre de

negocios. Lleva el pelo negro peinado a la perfección, el traje impoluto y

hace gala de una mirada astuta.

—Hola —sonrío educadamente.

—Bienvenida a la catedral del placer —ríe Sam al tiempo que levanta

el botellín—. ¿Puedo invitarte a una copa?

Veo que Alfonso sacude un poco la cabeza y pone los ojos en blanco.

Sam sonríe. Es el polo opuesto a Drew: informal y relajado, con unos

vaqueros viejos, una camiseta de Superdry y unas Converse. Tiene un

rostro insolente con un hoyuelo en la mejilla izquierda que lo favorece. Sus

ojos azules brillan, cosa que lo hace parecer aún más insolente, y lleva el

pelo rubio ceniza a la altura de los hombros y hecho un desastre.

—No, gracias —contesto.

Mueve la cabeza hacia Alfonso.

—¿Pedro?

—No, gracias. Le estoy enseñando a Paula la ampliación. Va a

encargarse del interiorismo —dice sonriéndome.

Me río por dentro. No lo haré si puedo evitarlo. De todos modos, se

está precipitando un poco, ¿no? Todavía no hemos hablado de las tarifas,

de lo que quiere, ni de nada.

—Ya era hora. Nunca hay habitaciones libres —gruñe Drew pegado a

su botellín. ¿Por qué nunca he oído hablar de este sitio?

—¿Qué tal el snowboard en Cortina, amigo mío? —pregunta Sam.

Alfonso se sienta en un taburete.

—Alucinante. La forma de esquiar de los italianos se parece bastante

a su estilo de vida relajado. —Esboza una gran sonrisa (la primera sonrisa

de verdad desde que lo conozco), recta, blanca y exuberante. Este hombre

es un dios—. Me levantaba tarde, encontraba una buena montaña, bajaba

las laderas hasta que me cedían las piernas, echaba la siesta, comía tarde y,

al día siguiente, vuelta a empezar. —Está hablando con todos pero me mira

a mí. Su pasión por los descensos queda reflejada en su amplia sonrisa.

No puedo evitar devolvérsela.

—¿Se le da bien? —pregunto, porque es lo único que se me ocurre.

Imagino que todo se le da bien.

—Muy bien —confirma. Asiento con un gesto de aprobación y, por

unos segundos, nuestras miradas se entrelazan. Soy la primera en apartarla.

—¿Continuamos? —pregunta tras bajarse del taburete y señalar la

salida.—

Sí. —Sonrío. Al fin y al cabo, se supone que he venido aquí a

trabajar. Lo único que he conseguido hasta el momento es un sofocón y una

lista de deportes extremos. Siento que estoy como en trance.

Desde el momento en que he atravesado las puertas he sabido que no

iba a ser una reunión normal y corriente, y estaba en lo cierto. A lo largo de

los cuatro años que llevo visitando a gente en sus casas, sus lugares de

trabajo y en edificios de nueva construcción, nunca me he topado con un

Pedro Alfonso.

Probablemente no vuelva a hacerlo. Sin duda, tengo un buen trabajo.

Me vuelvo hacia los dos chicos de la barra y me despido con una

sonrisa. Ellos levantan los botellines hacia mí antes de continuar con su

conversación. Camino en dirección a la puerta que lleva de vuelta al

recibidor y lo siento cerca, detrás de mí. Tan cerca que puedo olerlo. Cierro

los ojos y rezo una plegaria a Dios para que me saque pronto de ésta y, al

menos, con un mínimo de dignidad intacta. Es demasiado intenso y

estimula mis sentidos en un millón de direcciones distintas.

—Y ahora, la atracción principal. —Empieza a subir la amplia

escalera. Lo sigo mientras contemplo el vacío colosal que lleva a una zona

muy espaciosa—. Éstas son las habitaciones privadas —dice señalando

varias puertas.

Camino detrás de él admirando su adorable trasero, pensando que es

posible que tenga los andares más sexys que jamás haya tenido el

privilegio de ver. Cuando consigo apartar los ojos de su culo prieto veo

que, a intervalos regulares, hay al menos veinte puertas que llevan a otras

habitaciones Avanzamos hasta otra escalera grandiosa que lleva a un piso

superior.

Al pie de la escalera hay una preciosa vidriera y un arco que conduce

a otra ala.

—Ésta es la ampliación. —Me guía por una nueva ala de la mansión

—. Aquí es donde necesito tu ayuda —añade, y se detiene en la entrada de

un pasillo que lleva a diez habitaciones más.

—¿Es todo nuevo? —pregunto.

—Sí. De momento son cascarones vacíos, pero estoy seguro de que le

pondrás remedio. Te las enseñaré.

Me deja más que asombrada cuando me coge de la mano y tira de mí

por el pasillo hasta que alcanzamos la última puerta. ¡Qué inapropiado!

Todavía le suda la mano y estoy segura de que la mía tiembla entre sus

dedos. La sonrisa que me lanza con una ceja arqueada me dice que estoy en

lo cierto. Hay una especie de corriente eléctrica que fluye entre los dos y

hace que me estremezca.


LEAN EL SIGUIENTE....



Capitulo 3 ♥



—Pedro, la señorita Chaves, Rococo Union —anuncia el grandullón.

—Perfecto. Gracias, John.

Me sacan de mi estado de admiración y paso directamente al de alerta.

Mi espalda se tensa.

No puedo verlo, el inmenso cuerpo del grandullón lo tapa, pero esa

voz áspera y suave hace que me quede helada en el sitio y sin duda no

parece provenir de un «señor de La Mansión» fumador, obeso y que lleva

gabardina.

El grandullón, o John, ahora que sé cómo se llama, se aparta y me deja

echarle un primer vistazo al señor Pedro Alfonso.

Ay, Dios mío. El corazón me golpea el esternón y mi respiración

alcanza velocidades peligrosas. De repente me siento mareada y mi boca

ignora las instrucciones de mi cerebro para que, al menos, diga algo. Me

quedo ahí parada, sin más, mirando a ese hombre mientras él, a su vez, me

mira a mí. Su voz ronca me ha dejado de piedra, pero verlo... En fin, me he

quedado estupefacta, temblorosa e incapaz de dar señales de inteligencia.

Se levanta de la silla, y mi mirada lo sigue hasta que se pone

completamente en pie.

Es muy alto. Lleva las mangas de la camisa blanca recogidas, pero

conserva la corbata negra, aflojada, colgando delante del ancho tórax.

Rodea el enorme escritorio y camina despacio hacia mí. Es entonces

cuando recibo el verdadero impacto. Trago saliva. Este hombre es tan

perfecto que casi me resulta doloroso. Tiene el pelo rubio oscuro y da la

sensación de que haya intentado arreglárselo de alguna manera pero haya

desistido. Sus ojos son verde pardusco, pero brillantes y demasiado

intensos, y la sombra que le cubre la mandíbula cuadrada no logra ocultar

los hermosos rasgos que hay debajo. Está ligeramente bronceado y tiene el

punto justo de... Ay, Dios mío, es devastador. ¿El señor de La Mansión?

—Señorita Chaves. —Su mano viene hacia mí, pero no consigo que

mi brazo se levante y la estreche. Es guapísimo.

Cuando no le ofrezco la mano, se acerca y me pone las suyas sobre los

hombros; luego se inclina para besarme y sus labios rozan ligeramente mi

mejilla ardiente. Me tenso de pies a cabeza. Noto los latidos de mi corazón

en los oídos y, aunque es del todo inapropiado para una reunión de

negocios, no hago nada para detenerlo. No doy una.

—Es un placer —me susurra al oído, lo cual sólo sirve para hacerme

emitir un pequeño gemido.

Sé que nota lo tensa que estoy —no es difícil, me he quedado rígida —, porque afloja las manos y baja el rostro para ponerlo a mi altura. Me

mira directamente a los ojos.

—¿Se encuentra bien? —pregunta con una de las comisuras de los

labios levantada en una especie de sonrisa. Veo que una sola arruga le

cruza la frente.

Salgo de mi ridículo estado inerte y de repente me doy cuenta de que

todavía no he dicho nada. ¿Ha notado mi reacción ante él? ¿Y el

grandullón? Miro alrededor y lo veo inmóvil, con las gafas todavía puestas,

pero sé que me está mirando a los ojos. Me doy un empujón mental y

retrocedo un paso, lejos de Alfonso y de su potente abrazo. Deja caer las

manos a los costados.

—Hola —carraspeo para aclararme la garganta—. Paula. Me llamo

Paula. —Le tiendo la mano, pero no se da prisa en aceptarla; es como si no

tuviera claro si es seguro o no, pero la estrecha...

Al final.

Tiene la mano algo sudada y le tiembla un poco cuando aprieta la mía

con firmeza. Saltan chispas y una mirada curiosa revolotea por su increíble

rostro. Ambos retiramos las manos, sorprendidos.

—Paula. —Prueba mi nombre entre sus labios y tengo que recurrir a

todas mis fuerzas para no volver a gemir. Debería dejar de hablar, de

inmediato.

—Sí, Paula —le confirmo. Ahora es él quien parece haberse retirado a

su Nirvana particular, mientras que yo soy cada vez más consciente de que

me está subiendo la temperatura.

De pronto, parece recobrar la compostura, se mete las manos en los

bolsillos del pantalón, mueve ligeramente la cabeza y se retira hacia atrás.

—Gracias, John. —Hace un gesto con la cabeza al grandullón, que le devuelve una pequeña sonrisa que suaviza sus rasgos duros. Luego se

marcha.

Estoy a solas con este hombre que me ha dejado sin habla, inmóvil y

prácticamente inútil.

Señala hacia dos sillones de cuero marrón situados uno frente a otro

en el mirador, con una mesita de café entre ambos.

—Por favor, toma asiento. ¿Puedo ofrecerte algo para beber? —

Aparta la mirada de la mía y camina hacia un mueble con varias botellas

de licor alineadas encima. Seguro que no se refiere a algo con alcohol. Es

mediodía. Es demasiado pronto incluso para mí. Observo que se queda

junto al mueble durante unos segundos antes de volver el rostro hacia mí y

mirarme expectante.

—No, gracias. —Niego con la cabeza mientras hablo, por si acaso no

me salen las palabras.

—¿Agua? —pregunta con esa sonrisa jugando en las comisuras de su

boca.

«Por Dios, no me mires.»

—Por favor. —Me sale una sonrisa nerviosa. Tengo la boca seca.

Coge dos botellas de agua de la nevera integrada y regresa hacia mí.

Es entonces cuando logro convencer a mis piernas temblorosas de que me

lleven al otro lado del despacho, al sofá.

—¿Paula? —Su voz me atraviesa y me hace titubear a mitad de camino.

Me doy la vuelta para mirarlo. Probablemente sea una mala idea.

—¿Sí?

Sostiene un vaso de tubo.

—¿Vaso?

—Sí, por favor. —Sonrío. Debe de pensar que no soy nada

profesional. Me acomodo en el sofá de cuero, saco mi carpeta y mi

teléfono del bolso y los coloco en la mesa que tengo delante.

Me doy cuenta de que me tiemblan las manos.

Venga, mujer, ¡tranquilízate! Finjo tomar notas cuando se acerca y

coloca una botella de agua y un vaso para mí en la mesita. Se sienta en el

otro sofá y cruza una pierna por encima de la otra, de manera que un

tobillo descansa sobre el muslo. Se recuesta contra el respaldo. Se está poniendo cómodo, y el silencio que se impone entre los dos grita mientras

escribo cualquier cosa con tal de no mirarlo. Sé que tengo que mirar a

aquel hombre y decir algo en algún momento, pero todas las preguntas

habituales han huido, gritando y chillando, de mi cerebro.

—¿Por dónde empezamos? —pregunta. Eso me obliga a levantar la

vista y dar señales de que he oído sus palabras. Sonríe. Me derrito.

Me está observando por encima de la botella mientras la levanta para

acercársela a esos labios tan adorables. Rompo el contacto visual para

inclinarme y servirme un poco más de agua en el vaso. Me está costando

dominar los nervios y todavía puedo sentir su mirada. Esto es muy raro.

Nunca me había afectado tanto un hombre.

—Supongo que debería contarme por qué estoy aquí. —¡Puedo

hablar! Le devuelvo la mirada mientras cojo el vaso de la mesita.

—Ah —dice en voz baja. Ahí está la arruga en la frente. Aun así,

sigue siendo guapísimo.

—¿Pidió que viniera yo en concreto? —lo presiono.

—Sí —se limita a responder. Vuelve a sonreír. Tengo que apartar la

mirada.

Bebo un sorbo de agua para humedecerme la boca seca y me aclaro la

garganta antes de volver a enfrentarme a su poderosa mirada.

—¿Puedo preguntar por qué?

—Puedes. —Descruza la pierna, se inclina para dejar la botella en la

mesita y apoya los antebrazos en las rodillas, pero no dice nada más. ¿No

va a continuar la frase?

—Vale. —Me cuesta mantener el contacto visual—. ¿Por qué?

—He oído hablar muy bien de ti.

Noto que la cara se me pone roja.

—Gracias. ¿Por qué estoy aquí?

—Pues para diseñar. —Se echa a reír y me siento estúpida y también

algo molesta. ¿Se está burlando de mí?

—¿Diseñar el qué? —pregunto—. Por lo que he visto, todo está más

bien perfecto. —Estoy segura de que no quiere que modernice este lugar

tan encantador. Quizá no sea mi fuerte, pero reconozco las cosas con clase

cuando las veo.

—Gracias —dice con suavidad—. ¿Has traído tu portafolio?

—Por supuesto —contesto mientras alcanzo mi bolso. Por qué quiere

verlo es algo que no entiendo. No contiene nada que se parezca a este

lugar. Lo pongo sobre la mesita, delante de él, y espero que lo arrastre hacia

sí, pero —¡horror!— se levanta con un movimiento fluido, me rodea y

sienta su adorable y esbelto cuerpo en el sofá que hay a mi lado. Jesús.

Huele a gloria bendita (a agua fresca y mentolada). Contengo la

respiración.

—Eres muy joven para ser una diseñadora consumada —reflexiona

mientras pasa lentamente las páginas de mi portafolio.

Tiene razón, lo soy. Es todo gracias a que Patrick me dio vía libre en

la expansión de su negocio. En cuatro años he dejado la universidad, he

conseguido trabajo en una empresa de diseño de interiores consolidada —

que tenía estabilidad económica, pero que carecía de un enfoque fresco en

nuevas tendencias— y además me he labrado un nombre en la profesión.

He tenido suerte y agradezco la confianza de Patrick en mis habilidades.

Eso, sumado a mi trabajo en el Lusso, es por lo que estoy donde estoy a los

veintiséis años.

Bajo la mirada hacia su encantadora mano. Un precioso Rolex de oro

y grafito le adorna la muñeca.

—¿Qué edad tiene? —digo sin pensar. Madre mía. Mi cerebro es un

huevo revuelto y sé que acabo de sonrojarme hasta adquirir un tono rojo

chillón. Debería mantener la boca cerrada. ¿De dónde diablos ha salido

eso?

Me mira fijamente, sus ojos verdes abrasan los míos.

—Veintiuno —responde con cara de póquer.

Me río burlona y él arquea unas cejas inquisitivas.

—Lo siento —murmuro, y vuelvo a mirar a la mesa. Me pone

nerviosa. Lo oigo exhalar profundamente y su adorable mano se acerca de

nuevo al portafolio y empieza a pasar las páginas otra vez. Mantiene la

mano izquierda apoyada sobre el borde de la mesa.

No veo ningún anillo. ¿No está casado? ¿Cómo es posible?

—Esto me gusta mucho —dice al tiempo que señala una fotografía

del Lusso.

—No estoy segura de que lo que hice en el Lusso funcione aquí —

digo con calma. Es demasiado moderno; muy lujoso, pero demasiado

moderno.

Alza la vista hacia mí.

—Tienes razón, sólo digo... que me gusta mucho.

—Gracias. —Siento que me suben los colores mientras me estudia

atentamente antes de volver a mi portafolio.

Cojo el agua y resisto la tentación de ponerme el vaso en la frente

para calmarme, pero casi lo hago cuando su muslo, embutido en los

pantalones, roza mi rodilla desnuda. Cambio de postura rápidamente para

romper el contacto y, con el rabillo del ojo, veo que en las comisuras de

sus labios se está dibujando una pequeña sonrisa de satisfacción. Lo está

haciendo a propósito. Esto es demasiado.

—¿Dónde está el servicio? —pregunto al volver a dejar el vaso

encima de la mesa.

Necesito ir y recomponerme. Estoy hecha un manojo de nervios.

Se levanta rápidamente del sofá y retrocede para dejarme pasar.

—Cruzando el salón de verano a la izquierda —dice con una sonrisa.

Sabe el efecto que está teniendo sobre mí. El modo en que me sonríe me

dice que es consciente de ello. Apuesto a que las mujeres siempre

reaccionan así con él.

—Gracias. —Me pongo de lado para poder pasar por el hueco que hay

entre el sofá y la mesita, pero se convierte en el más difícil todavía cuando

él no hace el más mínimo esfuerzo para dejarme más espacio. Tengo que

rozarlo para pasar, y eso me hace contener la respiración hasta que estoy lejos de su cuerpo.


ESPERO QUE LES GUSTE! 

GRACIAS POR LEER Y SI QUIEREN QUE SE LAS PASE  ME  AVISAN! ♥


Capitulo 2 ♥



En una placa de oro de uno de los pilares se lee: «La Mansión.»

«¡Madre mía!» Me quito las gafas de sol y miro más allá de las

puertas, hacia el camino de grava que parece prolongarse a lo largo de

varios kilómetros. No hay ni rastro de la casa, sólo un sendero bordeado de

árboles que no parece tener fin. Salgo del coche y camino hacia las puertas.

Les doy una pequeña sacudida pero no ceden. Me quedo de pie un

momento, preguntándome qué hacer.

—Tiene que apretar el botón del portero automático. —Casi doy un

salto del susto cuando la vibración de una voz grave me llega de ninguna

parte y rompe el silencio del campo.

Miro a mi alrededor, pero no hay duda de que estoy sola.

—¿Hola?

—Aquí.

Doy un giro de trescientos sesenta grados y veo el portero automático

un poco más atrás, en el sendero angosto. Lo he pasado de largo cuando iba

conduciendo. Corro hacia él, aprieto el botón y me presento:

—Paula Chaves, de Rococo Union.

—Lo sé.

¿Lo sabe? ¿Y cómo? Echo un vistazo en torno a mí y veo una cámara

instalada en la puerta; luego, el chirrido del metal rompe la paz del entorno

rural. Las puertas comienzan a abrirse.

—Dame un respiro —murmuro mientras corro hacia mi coche. Salto

al interior del Mini y avanzo lentamente hacia las puertas sin dejar de

preguntarme cómo voy a sacarle la copa de oporto y el puro que,

claramente, ese cretino tiene metidos por el culo. Cada minuto que pasa me

apetece menos la cita. La gente pija de campo y sus mansiones de pijos de

campo no son mi especialidad.

Una vez las puertas se abren del todo, las cruzo y continúo por el

sendero de grava bordeado de árboles que parece no tener fin. Los olmos

adultos a ambos lados del camino, a intervalos regulares y equidistantes,

dan la impresión de haber sido colocados estratégicamente para ocultar lo

que hay detrás. Tras unos dos kilómetros de conducción a la sombra, entro

en un patio perfectamente circular. Me quito las gafas y admiro

boquiabierta la enorme casa que se yergue en el centro que reclama toda la

atención. Es espléndida, pero ahora siento todavía más aprensión. Cada

minuto que pasa me entusiasma menos esta reunión.

Las puertas negras —con adornos de oro pulido— están flanqueadas

por cuatro miradores gigantes protegidos por pilares tallados en piedra. La

estructura de la mansión está formada por bloques gigantes de piedra

caliza, y unos frondosos laureles cubren la fachada. La fuente del centro

del patio suelta chorros de agua iluminada y le pone la guinda al pastel. Es

todo muy imponente.

Me detengo, paro el motor y me peleo con el seguro de la puerta para

salir del coche. De pie y agarrándome a la parte superior de la puerta del

Mini, alzo la vista hacia el magnífico edificio e inmediatamente pienso que

tiene que haber un error. Todo el lugar está en muy buen estado.

El césped está más verde que el verde, el exterior de la casa tiene

aspecto de recibir una limpieza diaria y parece que hasta a la grava le

pasan la aspiradora todos los días. A juzgar por el exterior, es imposible

imaginar que el interior necesite trabajo alguno. Miro las decenas de

ventanas correderas en voladizo y las lujosas cortinas que cuelgan de todas

ellas. Me siento tentada a llamar a Patrick para comprobar que me ha dado

la dirección correcta, pero en las puertas ponía La Mansión. Y es obvio que

el cretino miserable del otro lado del portero automático me estaba

esperando.

Mientras sopeso el siguiente movimiento, las puertas se abren y

aparece el hombre negro más grande que he visto en mi vida. Camina

tranquilamente hacia lo alto de la escalera. Parpadeo al verlo y doy un

pequeño paso atrás. Lleva un traje negro —seguro que hecho a medida,

porque no tiene una talla normal—, camisa negra y corbata negra. Da la

sensación de que le hayan sacado brillo a su cabeza afeitada y las gafas de

sol le ocultan el rostro. Si hubiese podido hacerme una imagen mental de

quién esperaba que saliera de detrás de aquellas puertas, seguro que nunca

me lo habría imaginado así. El tío es una montaña, y sé que estoy aquí de

pie mirándolo con la boca abierta y cara de tonta. De repente me preocupa

haber acabado en una especie de centro de control de la mafia y busco en

mi cerebro, intentando recordar si he metido la alarma antiviolación en el

bolso nuevo.

—¿La señorita Chaves? —pregunta arrastrando las palabras.

Me encojo ante su presencia imponente y levanto la mano a modo de

saludo nervioso.

—Hola —susurro. Mi voz se tiñe del recelo que siento en realidad.

—Por aquí —dice con voz profunda y atronadora. Hace un

movimiento limpio con la cabeza, se da la vuelta y regresa al interior de la

mansión.

Pienso seriamente en largarme sin más, aunque mi lado atrevido y

amante del peligro siente curiosidad por lo que hay al otro lado de las

puertas. Cojo el bolso, cierro la puerta del coche y busco mi alarma

antiviolación mientras me dirijo hacia la casa, pero descubro que me la he

dejado en el otro bolso. Sigo adelante de todos modos. Por pura curiosidad,

subo los escalones y cruzo el umbral hasta llegar a un recibidor enorme.

Observo con detenimiento el amplio espacio y de inmediato quedo

impresionada por la grandiosa escalera curvada que ocupa el centro de la

estancia y lleva al primer piso.

Mis miedos se confirman: el lugar está inmaculado.

La decoración es opulenta, lujosa, e intimida mucho. Los azules

profundos, los grises topo con toques de dorado y la ebanistería original,

junto con el suelo de parquet caoba oscuro, hacen que el lugar resulte

impresionante y extravagante en extremo. Es justo como esperaba que

fuera, y nada parecido al estilo de mis diseños. Pero, mirando a mi

alrededor, cada vez entiendo menos qué hace allí una diseñadora de

interiores. Patrick me comentó que pidieron que viniera yo en persona, así

que me había inclinado a pensar que querían modernizar el lugar, pero eso

fue antes de haberle echado un vistazo al exterior y ahora al interior. La

decoración encaja con la época de construcción. Está en perfecto estado.

¿Qué diablos hago yo aquí?

El grandullón gira a la derecha y tengo que seguirlo como puedo. Mis

tacones marrón tostado resuenan contra el suelo de parquet mientras me

conduce más allá de la escalera central, hacia la parte de atrás de La

Mansión.

Oigo el murmullo de una conversación y miro a mi derecha. Veo

mucha gente sentada a varias mesas, comiendo, bebiendo y charlando. Hay camareros sirviendo comida y bebida y las voces inconfundibles de The

Rat Pack ronronean de fondo. Frunzo el entrecejo, pero entonces lo pillo.

Es un hotel, un hotel de campo pijo. El alivio me relaja ligeramente los

hombros cuando llego a tal conclusión, pero eso sigue sin explicar qué

hago yo aquí. Pasamos por delante de unos baños y luego dejamos atrás un

bar. Hay unos cuantos hombres sentados en los taburetes de la barra,

contando chistes y metiéndose con una joven que, por lo que parece, ha

vuelto de los servicios con un trozo de papel higiénico pegado en el tacón.

Le da una palmada en el hombro al más bromista, y lo riñe medio en

broma mientras todos se ríen juntos a carcajadas.

Esto empieza a tener sentido. Quiero decirle algo a la montaña que me

hace de guía y me lleva sólo Dios sabe adónde, pero no ha vuelto la vista

atrás ni una vez para comprobar que lo sigo. Aunque el taconeo de mis

zapatos se lo confirma. No dice gran cosa y sospecho que no me

contestaría ni aunque le hablara.

Pasamos ante otras dos puertas cerradas. A juzgar por el tintineo de

las ollas, imagino que dan a la cocina. Luego me lleva a un salón de

verano: un espacio amplio, luminoso y espléndido, dividido en zonas de

descanso individuales mediante la colocación de los sofás, los sillones y

las mesas. Unas puertas dobles que van del suelo al techo completan el

cuadro de la estancia.

Desembocan en un patio de piedra arenisca de Yorkshire y una vasta

zona de césped. Es verdaderamente impresionante. Trago saliva con

dificultad cuando veo una estructura de cristal que alberga una piscina. Me

estremezco al pensar en el precio por noche de una habitación. Tiene que

ser de cinco estrellas, probablemente más.

Dejamos atrás el salón de verano y el grandullón me conduce por un

pasillo hasta detenerse ante una puerta de paneles de madera.

—El despacho del señor Alfonso —dice como un trueno, y llama a la

puerta con una delicadeza sorprendente, dado su tamaño de mastodonte.

—¿El encargado? —pregunto.

—El dueño —responde, y abre la puerta y entra de una zancada—.

Pase.

Titubeo en el umbral y observo cómo el grandullón entra en la

habitación que tengo delante. Al final, obligo a mis pies a ponerse en

acción, a avanzar hacia la habitación, mientras miro con fijeza el lujoso

despacho del señor Alfonso.


LEAN EL SIGUIENTE.........



Capitulo 1♥



Rebusco entre las montañas y montañas de objetos esparcidos por el suelo de mi dormitorio. Voy a llegar tarde. El viernes, después de haber sido puntual toda la semana, voy a llegar tarde.

—¡Kate! —grito desesperada. ¿Dónde rayos están? Salgo corriendo al descansillo y me inclino sobre la barandilla—. ¡Kate!

Oigo el familiar sonido de una cuchara de madera que golpea los bordes de un cuenco de cerámica y Kate aparece al final de la escalera. Me mira con expresión de cansancio. Es un mohín al que me he acostumbrado últimamente.

—¡Las llaves! ¿Has visto las llaves de mi coche? —pregunto a toda velocidad.

—Están en la mesita de café, donde las dejaste anoche. —Pone los ojos en blanco y ella y la masa para tartas vuelven a meterse en el taller.

Cruzo el descansillo como una flecha y encuentro las llaves de mi coche bajo una pila de revistas del corazón.

—Otra vez jugando al escondite —murmuro para mí misma. Cojo mi cinturón marrón tostado, los tacones y el portátil. Bajo la escalera y encuentro a Kate en el taller echando cucharadas de masa en varios moldes.

—Tienes que ordenar tu habitación, Paula. Es un maldito desastre — protesta.

Sí, mi organización personal es chocante, sobre todo teniendo en cuenta que soy diseñadora de interiores y que me paso el día coordinando y organizando. 


Recojo el teléfono de la robusta mesa de madera y meto el dedo en la masa para tartas de Kate.


—No puedo ser buena en todo.

—¡Fuera de aquí! —Aparta mi mano con la cuchara de madera—.

Además, ¿para qué necesitas el coche? —me pregunta mientras se inclina para alisar la masa. Mantiene la lengua apoyada sobre el labio inferior en
un gesto de concentración.

—Tengo una primera reunión en Surrey Hills, una mansión en el campo. —Meto el cinturón por las trabillas de mi vestido azul marino con falda lápiz, los pies en los tacones marrón tostado y me miro en el espejo de pared.

—¿No ibas a limitarte a la ciudad? —pregunta detrás de mí.

Me atuso la melena larga y oscura unos segundos y la paso de un lado al otro, pero desisto y opto por recogérmela con unas horquillas. Mis ojos castaño oscuro parecen cansados, les falta su chispa habitual. Sin duda es el resultado de tanto madrugar y trasnochar.

Sólo hace un mes que me vine a vivir con Kate, después de haber roto con Matias. Nos estamos comportando como un par de universitarias. Mi hígado pide un descanso a gritos.

—Sí. El campo es territorio de Patrick, no sé por qué me han encargado esto a mí. —Me aplico brillo en los labios con un pincel, los junto y los despego con un chasquido—. Servidora no es partidaria del estilo inglés antiguo y de hacer siempre lo apropiado. —Le doy a Kate un beso en la mejilla—. Esto va a dolerme, lo sé. ¡Te quiero!

—Ídem. Hasta luego. —Kate se ríe sin levantar la cara de su zona de trabajo.

—¡No olvides tus modales!

A pesar de que llego tarde, conduzco mi pequeño Mini hasta mi oficina en Bruton Street con el cuidado de siempre. Me acuerdo de por qué cojo el metro todos los días cuando tardo diez minutos en encontrar aparcamiento.

Entro en la oficina con una exhalación y miro el reloj. Las ocho y cuarenta. Vale. Sólo llego diez minutos tarde, no es tan terrible como pensaba. Paso ante las mesas vacías de Tom y de Victoria de camino a la
mía, y espío a Patrick en su despacho mientras me siento. Saco el portátil y veo que hay un paquete para mí.

—Buenos días, flor. —El grave bramido de Patrick me saluda cuando se acomoda en el borde de mi mesa, que cruje, como siempre, bajo su peso

—. ¿Qué tienes ahí?

—Buenos días. Es la nueva gama de Miller. ¿Te gusta? —Acaricio la lujosa tela.




—Qué maravilla. —Finge interés—. No dejes que Irene lo vea. Acabo de liquidar casi todos mis bienes para pagar los nuevos textiles de casa.

—Vaya. —Pongo cara comprensiva—. ¿Dónde está todo el mundo?

—Victoria tiene el día libre y Tom está en plena pesadilla con el señor y la señora Baines. Hoy sólo estamos tú, Sal y yo, flor. —Saca su peine del
bolsillo interior y se lo pasa por el casquete plateado.

—A mediodía tengo una cita en La Mansión —le recuerdo. No puede haberlo olvidado. Se supone que las casas de campo son su territorio—.

¿Por qué yo, Patrick? —Tengo que preguntarlo. Nunca he trabajado en una finca rural y no estoy segura de poseer el toque necesario para lo antiguo y
lo tradicional.

Trabajo en Rococo Union desde hace cuatro años, y me dejaron bien claro que me contrataban para expandir el negocio hacia el sector más
moderno. En Londres no paraban de construirse apartamentos de lujo, y Patrick y Tom, especialistas en diseño tradicional, estaban perdidos.

Cuando el negocio despegó y empezó a haber demasiado trabajo para mí sola, contrataron a Victoria.

—Será porque preguntaron por ti, flor. —Se pone de pie y mi mesa vuelve a protestar con un crujido. 


Patrick hace caso omiso, pero yo esbozo
una mueca de dolor. Tiene que perder peso o dejar de sentarse en mi mesa.

No podrá soportarlo mucho más tiempo.

Entonces ¿preguntaron por mí? ¿Por qué iban a hacerlo? En mi portafolio no hay nada relacionado con diseño tradicional, nada en absoluto. No puedo evitar pensar que esto es una total pérdida de tiempo.

Deberían ir Patrick o Tom.

—Ah, la inauguración del Lusso. —Patrick se guarda el peine—. El promotor está tirando la casa por la ventana para la fiesta en el ático. Has hecho un trabajo asombroso, Paula. —Las cejas de Patrick asienten junto con su cabeza.

Me sonrojo.

—Gracias. —Estoy más que orgullosa de mí misma y de mi trabajo en el Lusso, es el mayor logro de mi corta carrera.

Está situado en los muelles de Santa Catalina, y los precios van desde los tres millones por un apartamento básico hasta los diez por el ático. Es el mundo de los superricos.

Las especificaciones del diseño son justo lo que el nombre sugiere:

lujo italiano. Busqué todos los materiales, los muebles y las obras de arte en Italia y disfruté de una semana allí organizando las fechas de embarque.

El viernes que viene es la fiesta de inauguración, pero sé que ya han vendido el ático y seis apartamentos, así que la fiesta es más bien para
presumir.

—He despejado mi agenda para poder dar los últimos retoques en cuanto los de la limpieza hayan terminado. —Paso las páginas de la agenda
hasta la del viernes siguiente y vuelvo a garabatear en ella.

—Buena chica. Le he dicho a Victoria que esté allí a las cinco. Es su primera inauguración, así que tendrás que explicarle de qué va. Yo llegaré a las siete, con Tom.

—De acuerdo.

Patrick regresa a su despacho y yo abro mi correo electrónico. Leo los mensajes por encima, y los voy borrando o respondiendo.

A las once en punto guardo el portátil y asomo la cabeza por la puerta del despacho de Patrick. Está absorto en algo con el ordenador.

—Me voy —le digo, pero se limita a mover la mano indicando que me ha oído. Cruzo la oficina y veo a Sally peleándose con la fotocopiadora

—. Hasta luego, Sal.

—Adiós, Paula —me responde, pero está demasiado ocupada sacando el papel atascado como para mirarme. La chica es un desastre.

Salgo a la luz del sol de mayo y camino hacia mi coche. Los viernes a media mañana el tráfico es una pesadilla pero, en cuanto salgo de la

ciudad, la carretera está bastante despejada. Llevo la capota bajada, Adele me hace compañía y es viernes. Un pequeño paseo en coche por el campo es una bonita forma de terminar la semana laboral.

El GPS me dice que salga de la carretera principal y me meta por un camino angosto, donde me encuentro ante las puertas más enormes que
haya visto jamás.


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martes, 25 de febrero de 2014

Prologo



Paula es una joven decoradora que conoce a su cliente Pedro Alfonso, 
un hombre muy atractivo, rico, que sabe lo que quiere y que es el reflejo del exito.
Paula intenta luchar contra la atracción que siente Por él sin poder controlar
el arrollador deseo que le hace sentir. El sabe que la quiere a ella 
y hará todo lo que este en sus manos para conseguirla.

SEDUCCIÓN:
Tres... Sé que él no me conviene.
Dos... Mi instinto me grita que salga corriendo.
Uno... Pero si sigue mirándome así...
¿Qué haré cuando llegue a cero?
Indomable, controlador, autoritario, implacable, dulce, provocador...
Es peligroso.
Es enigmático.
Es absolutamente adictivo.
Es mi hombre.

OBSESIÓN:
He visto cómo lo miran todas. Lo desean, harán lo que sea por conseguirlo. La respiración se me acelera y siento que no podré aguantar mucho más.
Estoy perdiendo el control, y esto empieza a asustarme. Estoy histérica, avergonzada, muerta de celos. Y muy, muy excitada.

CONFESIÓN:
Tengo los nervios a flor de piel. Hoy es el día más importante de mi vida, a partir de mañana seré suya para siempre. Aunque estoy haciendo lo correcto, necesito un momento a solas, porque algo no encaja, Pedro oculta demasiados secretos y quiero saber cuáles son antes de dar el paso. Es hora de que mi hombre confiese.

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Hola Hola! este es una nueva novela que voy adaptar! quien quiera que se la pase me avisa!
Gracias por el apoyo!! ♥♥♥